“Es fundamental defender hoy día los valores ilustrados frente a las amenazas populistas a la democracia constitucional”
Conversamos con Benigno Pendás, presidente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, consejero de Estado, catedrático de Ciencia Política y letrado de las Cortes Generales, sobre su último libro publicado, Jovellanos. Ilustración para españoles. Autor, entre otras obras, de Democracias inquietas (Premio Jovellanos de Ensayo, 2015), La ciudad de las ideas, La sociedad menos injusta y Biografía de la libertad (tomos I y II), Pendás nos presenta ahora una minuciosa biografía sobre el máximo exponente de la ilustración española, Gaspar Melchor de Jovellanos, “un personaje admirable: eminente por aclamación”.
Tras dos años de intensa investigación para la colección de biografías de la Fundación Juan March y Taurus, ¿qué le llevó como historiador de las ideas políticas —y también desde su vinculación personal con Asturias— a adentrarse en la vida de Jovellanos? Más allá de la monumentalidad de su figura pública, ¿qué faceta íntima o rasgo humano le ha sorprendido o conmovido más a lo largo de este proceso de escritura?
Más de dos años conviviendo con Jovellanos, en efecto. Lo más atractivo de mi cátedra, Historia de las Ideas Políticas, es la “conversación” con los grandes pensadores, fuente constante de aprendizaje. Aunque no le había prestado especial atención, Jovellanos me atrajo siempre como máximo representante de la Ilustración española. Es fundamental defender hoy día los valores ilustrados (razón, progreso, libertad) frente a las amenazas populistas a la democracia constitucional. Nuestro autor se sitúa al comienzo de una tradición moderantista que hace falta recuperar en tiempos de polarización. En el plano humano, he descubierto a una excelente persona: trabajador incansable, apasionado por Asturias y por España, plenamente moderno y a la vez amante de las mejores tradiciones. ¡Un gran tipo, don Gaspar! Un solo ejemplo: cuando sale de Gijón huyendo de los franceses, la tempestad le lleva a Puerto de Vega y allí muere poco después en una casa modesta, pero muy digna; al hacer inventario de su equipaje, aparecen ¡387 libros! Un intelectual entusiasta incluso en las circunstancias más adversas.
En su obra desmonta el tópico orteguiano que negaba la existencia de una auténtica Ilustración en España, reivindicando una vía propia. Frente a la corriente francesa, más teórica y especulativa, ¿cuáles son los rasgos distintivos de esa «Ilustración para españoles» que encarna Jovellanos, ¿caracterizada por la búsqueda de soluciones tangibles —caminos, puertos, reformas educativas— y por su convivencia con el arraigo católico?
No hay un modelo único de Ilustración, aunque la francesa sea la más conocida e influyente. Pensemos en David Hume, en Cesare Beccaria o en Immanuel Kant, nada menos. Incluso en Rusia, con Catalina la Grande. Los ilustrados españoles son de muy alto nivel; así lo reconoce el libro seminal de Jean Sarrailh, por mencionar una referencia extranjera. Hablo de Ilustración “para” españoles precisamente por esos dos rasgos. Uno, el catolicismo, con tono jansenista, pero siempre ajeno al escepticismo de un Voltaire. Otro, el sentido práctico: mejorar el estado de la nación a base de educación, obras públicas, reforma agraria… El lema jovellanista, muy significativo, era “libertad, luces y auxilios”. Con Carlos III se producen grandes avances y la Monarquía española recupera en parte su posición internacional. Tras la Revolución francesa, se cierra de nuevo a influencias extranjeras y la política errática de Godoy culmina en los tristes acontecimientos de Bayona. Mientras tanto, Jovellanos sufre un injusto confinamiento en Mallorca, donde dejó huella una vez más de su calidad personal e intelectual.

“En el plano humano, he descubierto a una excelente persona: trabajador incansable, apasionado por Asturias y por España, plenamente moderno y a la vez amante de las mejores tradiciones”
El Informe sobre el expediente de la Ley Agraria (1795) es un hito doctrinal para el Derecho patrimonial. En él, Jovellanos señala a los mayorazgos y a las amortizaciones eclesiásticas y concejiles como los grandes frenos a la riqueza del país. Desde la óptica de la seguridad del tráfico y el derecho de propiedad, ¿cómo articuló la necesidad de desvincular y liberalizar la tierra con el respeto a la legalidad y la estabilidad del orden civil?
El famoso Informe sobre la Ley Agraria es obra personal de don Gaspar, si bien se presenta formalmente por la Sociedad Matritense de Amigos del País. Llama la atención la calidad literaria del texto, aunque trata cuestiones muy técnicas de derecho civil y economía. Miembro de una ilustre familia asturiana y titular de un modesto mayorazgo, tuvo muchas dudas sobre la desamortización: muy crítico en teoría (en línea incluso con Adam Smith), pero prudente en la práctica para salvaguardar los intereses de la nobleza, elemento fundamental para el equilibrio social. Estamos en tiempo de transición: defiende la propiedad y el interés individual como es propio de la burguesía en auge, pero conserva algunos prejuicios propios del Antiguo Régimen.
“Jovellanos era un moderado por convicción y por carácter. Hoy diríamos un genuino centrista. Hubiera sido protagonista importante de la Transición democrática”
A diferencia de otros pensadores que teorizaron desde el aislamiento del gabinete, Jovellanos ejerció durante años como magistrado en la Real Audiencia de Sevilla y en la Sala de Alcaldes de Casa y Corte de Madrid. ¿Hasta qué punto su contacto diario con los pleitos reales, los títulos oscuros y la litigiosidad de su tiempo forjó su desconfianza hacia la hipertrofia normativa y su defensa de la claridad jurídica?
Su ejercicio como magistrado en el ámbito civil y penal le permitió comprender la realidad social mucho mejor que a los escritores de salón. Estaba más a gusto, por cierto, en el ámbito civil, porque era persona exquisita en la apariencia y en el trato; muy incómodo por ello en el terreno de la delincuencia y las prisiones. Eso sí, siempre en contra de la tortura y el oscurantismo procesal. Luego fue también consejero de Estado. Es un pionero en la lucha por la calidad y claridad de las normas jurídicas, influido probablemente por Montesquieu. Esta es una faceta muy característica de los ilustrados en el ámbito jurídico y Jovellanos fue su gran impulsor en España; por ejemplo, con la (decepcionante) Novísima Recopilación que encargó durante su etapa como ministro.
Usted sitúa a Jovellanos en una posición central, equidistante tanto del absolutismo inmovilista como de las corrientes rupturistas que cristalizaron en Cádiz. En su Memoria en defensa de la Junta Central, postula un modelo bicameral y el anclaje en las leyes fundamentales históricas de la monarquía. ¿Fue Jovellanos el verdadero pionero de ese liberalismo templado y reformista que buscaba la evolución institucional sin quiebra revolucionaria?
Jovellanos era un moderado por convicción y por carácter. Hoy diríamos un genuino centrista. Hubiera sido protagonista importante de la Transición democrática. En su época, en efecto, se situaba entre el absolutismo, que le indignaba, y el liberalismo racionalista, demasiado radical a su juicio. Frente a sus discípulos en Cádiz (Toreno, Argüelles…) defendía la soberanía compartida entre el Rey y la nación, las Cortes bicamerales y la existencia de una Constitución Antigua, que se podía modificar con prudencia, pero nunca destruir. Por edad y convicciones, no supo o no quiso dar el salto desde la Ilustración al liberalismo burgués. Pero fue objeto de respeto y admiración y, a su muerte, las Cortes le proclamaron “benemérito de la patria”. Se hubiera sentido muy orgulloso.
“Los franceses, supuestos portadores de la libertad, le decepcionaron profundamente. Era mucho más anglófilo, y sus principales cartas políticas se dirigen a un amigo inglés, lord Holland, gran defensor de los liberales españoles”
Su trayectoria pública conoció episodios de enorme adversidad: el frustrante paso por el Ministerio de Gracia y Justicia con Godoy, el duro e injusto encierro en el castillo de Bellver y su rotunda negativa a sumarse a los afrancesados durante la Guerra de la Independencia. ¿Qué lección de ética pública y sentido del deber arroja hoy su conducta frente a la arbitrariedad y el oportunismo político?
Ética, ante todo, lejos del oportunismo y el afán de poder. Por eso le disgustaba la frivolidad de Godoy en la corte de Carlos y María Luisa: apenas fue ministro durante nueve meses. Es fundamental su decisión de estar con los patriotas y rechazar las ofertas (incluso ministeriales) de sus amigos afrancesados, a pesar de que compartía con ellos fuertes vínculos ideológicos. Un solo ejemplo, sobre Cabarrus: “cuando dejó de ser amigo de mi patria, dejó de serlo mío”. Los franceses, supuestos portadores de la libertad, le decepcionaron profundamente. Era mucho más anglófilo, y sus principales cartas políticas se dirigen a un amigo inglés, lord Holland, gran defensor de los liberales españoles. En el plano personal, su corresponsal favorito era el canónigo y paisano Gonzalez de Posada. A pesar de su timidez natural, se explaya con él en un tono de gran afecto y complicidad.
Jovellanos profesó un amor incondicional a Gijón y a Asturias, pero su horizonte fue siempre articular una nación moderna, abierta y vertebrada. A la luz de los debates contemporáneos sobre la cohesión territorial y el papel de las instituciones del Estado, ¿qué vigencia conserva su concepción de un patriotismo integrador sustentado en la ley, el fomento material y el servicio al interés general?
Conserva toda su vigencia. Más aún: ¡ojalá tuviéramos hoy muchos Jovellanos! Era un modelo de español abierto a Europa y al mundo, defensor a ultranza de la Modernidad frente a las esencias rancias y las instituciones obsoletas. Con sus defectos y contradicciones, faltaría más, como todos los seres humanos que valen la pena. En todo caso, un personaje admirable: eminente por aclamación. El libro termina con una frase que me parece muy adecuada: “brillan todavía las luces que encendió Jovellanos”.
Destacados representantes del mundo jurídico y académico se reunieron en la sede del Colegio de Registradores en un encuentro organizado por la revista Registradores donde el presidente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Benigno Pendás, presentó su última obra, Jovellanos: ilustración para españoles, en diálogo con la directora de Relaciones Institucionales del Colegio, Teresa López. El autor situó a Jovellanos “al comienzo de una tradición moderantista que hace falta recuperar en tiempos de polarizació n”.
El acto contó con presencia de la decana del Colegio de Registradores, María Rosario Jiménez Rubio, y asistieron, entre otros, Mariano Rajoy, ex presidente del Gobierno; Miguel Herrero, consejero de Estado; Luis María Cazorla, presidente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación; Pablo Lucas, ex presidente de la sala Tercera del Tribunal Supremo; Isabel Revuelta, vocal del Consejo General del Poder Judicial; Enrique Arnaldo, magistrado del Tribunal Constitucional; Luis Gollonet, presidente de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del TSJ de Andalucía; Antonio Pau, consejero de Estado; Jaime Alfonsín, académico de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas; Vicente Guilarte, catedrático; Miguel Ángel Cortés, director general de la Fundación Iberoamericana Empresarial; José María Lassalle, escritor y profesor universitario; Álex Grijelmo y Pedro Álvarez de Miranda, académicos de la RAE y José Antonio Zarzalejos, periodista.
Teresa López
















