Foto: María López Jurado

“Me gusta ser riguroso a la hora de escribir en una época que no es la actual”


Jurista de profesión, actualmente es magistrado de la Audiencia Provincial de Palencia, Ignacio Martín Verona ha cultivado desde joven la pasión por la escritura, lo que le ha llevado a obtener diversos premios en certámenes literarios. Autor de Crónica de una conspiración carlista, La corte de los ingenios, La tabla de Himmler, Relatos del diablo y Secundarios de Castilla, hablamos con él en esta entrevista de su última obra, Páramos Negros.


Me gustaría comenzar esta entrevista con una cuestión de género literario, ¿Páramos Negros es una novela histórica ó una historia novelada? 

Como advierto al inicio del libro, el lector que se adentre en sus páginas va a encontrar ficción. Obviamente, se trata de una obra ambientada en un momento histórico determinado, que abarca desde la Desamortización de 1836 hasta el pronunciamiento del general Franco el 18 de julio de 1936, y en un territorio identificado como Tierra de Campos, pero en ambos casos son meros instrumentos narrativos, sólo sirven de telón de fondo para la trama que se va desarrollando a través de las peripecias que viven los diversos personajes, todas ellas producto de la imaginación.

En el libro se hace referencia a muchos de los acontecimientos históricos por los que atravesó España a lo largo del siglo XIX y primer tercio del siglo XX. ¿Cuál ha sido el proceso de documentación?

Me gusta ser riguroso a la hora de escribir en una época que no es la actual. Y ese mismo rigor lo aplico a mis lecturas, así que cuando tengo entre manos una novela que resulta incongruente con la realidad histórica a la que se refiere, me genera una gran desilusión.

Para este libro aproveché mucho material que fui obteniendo durante la investigación de campo que llevé a cabo con Wifredo Román para escribir una obra anterior, un libro de viajes sobre los trenes estratégicos de la comarca de Campos, Secundarios de Castilla.

Cuando pateábamos los pueblos por los que discurrían las líneas de esos trenecillos que dieron vida a los pueblos de Valladolid, Palencia, Zamora y León, entramos en contacto con un riquísimo patrimonio cultural y las vivencias de unas gentes vinculadas al ferrocarril que fueron el caldo de cultivo, enriquecido con muchas lecturas e investigación histórica, de donde nació la idea de Páramos Negros.

“Mi idea era escribir un libro río, al que fueran afluyendo historias individuales y colectivas surgidas en la trasformación que experimentaron las tierras trigueras a lo largo del siglo XIX, y que impulsó la industria harinera y la implantación del ferrocarril”

Decía Camilo José Cela que él empezaba siempre sus libros por el título, y luego venía el resto. ¿A qué te refieres con la expresión páramos negros?

En mi caso, el título se corresponde con el desenlace de la novela, y sobrevino a lo largo del proceso creativo, como una consecuencia casi inesperada de él.

Mi idea era escribir un libro río, al que fueran afluyendo historias individuales y colectivas surgidas en la trasformación que experimentaron las tierras trigueras a lo largo del siglo XIX, y que impulsó la industria harinera y la implantación del ferrocarril. Los protagonistas de ese cambio radical fueron los miembros de la burguesía harinera, los “harinócratas”, que se enriquecieron gracias al comercio de la harina, y que ejercieron su influencia y poder durante el sistema de alternancia política de la Restauración, y luego conservaron con la Segunda República.

Cuando se produjo el golpe del 18 de julio de 1936, los caciques no tuvieron problema alguno en abrazar el fascismo, y la expresión páramos negros se refiere precisamente a las violentas consecuencias que llevó consigo esa dinámica de ostentación del poder para quienes pretendieron cambiarlo oponiéndose a ellos. Los Páramos Negros son los muertos que nos interpelan en silencio desde las cunetas.

Ignacio Martín Verona y Vicente Guilarte. Foto: María López Jurado

Uno de los capítulos del libro se titula, precisamente, “Los Harinócratas”, y en otro te refieres al “crack” financiero en Campos. ¿Qué hay de ficción y qué de realidad en esa imagen de una Tierra de Campos industrializada y con pulso financiero en el siglo XIX? 

Pues más de lo que podría creer la mayoría de la gente. Durante todo el siglo XIX los políticos castellanos defendieron la necesidad de proteger los precios del trigo y la harina, el oro verde, frente a la competencia de otros países o los intereses comerciales de los empresarios catalanes y vascos. Fue lo que se conoció como “cuestión triguera”, que en realidad afectaba a todo un conjunto de intereses económicos de los que participaban las clases altas, incluidos los reyes, que se extendían a fábricas, trasporte a ultramar, importaciones desde América, o el ferrocarril.

La fiebre inversora provocó que Valladolid se convirtiera en esa época en la tercera bolsa de España, por detrás de Madrid y Barcelona, y se crearon sociedades de crédito y bancos para financiar los caminos de hierro, dando lugar a emisiones de acciones y bonos en condiciones cada vez más arriesgadas. Como se comprobó al concluir el tren de Alar a Santander, que ejecutó la compañía de Isabel II, las expectativas de grandes ingresos procedentes de la explotación de la línea férrea eran ficticias y se produjo lo inevitable: la quiebra de uno de los bancos que poseía más títulos sin valor real, el Banco de Valladolid, y una crisis financiera en España que era reflejo de una más amplia que afectó por las mismas causas a toda Europa en la década de los años sesenta del siglo XIX. 

A todos no suena eso de que una entidad bancaria tenga que echar el cierre porque descubre de la noche a la mañana que sus acciones carecen de valor real, y las artimañas de especuladores y asesores financieros para engañar a quienes disponen de peor información, ocasionado graves perjuicios a los accionistas que confiaron en ellos. 

Ese fue nuestro primer crack financiero de naturaleza capitalista, que también tuvo su reflejo en la ciudad imaginaria de Antigua que aparece en mi libro.

Este libro tiene algo también de novela social, por ejemplo, cuando te refieres a la fundación por los jesuitas de cooperativas de labradores. ¿Me equivoco si digo que te has inspirado en la labor del padre Nevares, inspirador del Instituto de Empresarios Agrarios en Valladolid?

Así es. En muchos pueblos de Castilla, además del Círculo o Club Social, todavía se conservan edificios que albergaron los Círculos de Labradores, promovidos en muchos casos por la Compañía de Jesús. Investigando sobre estas asociaciones católicas, me sorprendió saber que hubo sacerdotes que recorrían los caminos de España a lomos de mulas difundiendo la doctrina social de la iglesia en las llamadas campañas de evangelización social.

Eran curas con un discurso muy radical, por supuesto anticomunista, pero también denunciaban la especulación de los ricos y la necesidad de que los labradores se organizaran en cooperativas y bancos de crédito o montes de piedad para administrar ellos mismos la riqueza que producían y dar cobertura económica a quienes lo necesitaban en tiempos de penuria. Un discurso que considero urgente, en un panorama de acaparamiento de la tierra en manos de grades corporaciones movidas por el afán de lucro.

Foto: María López Jurado

“Para este libro aproveché mucho material que fui obteniendo durante la investigación de campo que llevé a cabo con Wifredo Román para escribir una obra anterior, un libro de viajes sobre los trenes estratégicos de la comarca de Campos, Secundarios de Castilla

Háblanos de los personajes de la novela. Al inicio del libro incluyes una relación de ellos donde reflejas sus rasgos principales, al estilo de los dramas de Shakespeare, y destacan dos grandes familias: los Sobral y los Manso. ¿Se puede decir que es una novela de sagas?

En parte, sí. La familia de los Sobral, los caciques de Campos, encarnan los valores de quienes eran propietarios de la tierra desde tiempos inmemoriales, y luego pasaron a protagonizar la revolución industrial harinera y el primer capitalismo de base agraria hasta echarse en manos del fascismo. Y los Manso son el pueblo llano, los campesinos castellanos sometidos a la opresión eclesial y señorial, que no supieron o no pudieron ejercer ningún poder tras la revolución liberal.

Los personajes de estas dos sagas familiares sostienen la línea argumental a lo largo de toda la novela, pero mi intención ha sido reflejar diferentes temas y ambientes característicos de los siglos diecinueve y comienzos del veinte español a través de los tipos que van asomando a las páginas del libro, de modo que no se puede hablar de personajes principales y secundarios, porque todos conforman la voz coral que he tratado de evocar. Así, hay un escándalo amoroso, un duelo a muerte entre las ruinas de un convento neblinoso, un suicidio durante una representación de ópera… En fin, todo muy del gusto de la época, muy dramático, para demostrar que la España rural no fue ni mucho menos ajena a las corrientes artísticas, intelectuales y económicas que imperaban en Europa.

“Siempre he aspirado a formar parte de la exigente y dolorosa cofradía de la verdadera literatura, no a vender páginas al peso, así que creo que este libro está destinado a lectores que no forman parte de la mayoría”

Por último, dinos las razones por las que hay que leer Páramos Negros. ¿A quién y por qué lo recomendarías?

A riesgo de parecer presuntuoso, creo que está bien escrito, al menos es lo que he pretendido, y lo recomendaría a quien disfruta de la lectura atenta y reposada. Siempre he aspirado a formar parte de la exigente y dolorosa cofradía de la verdadera literatura, no a vender páginas al peso, así que creo que está destinado a lectores que no forman parte de la mayoría. También es un libro que abre muchas puertas, contiene mucha información que espero resulte sugerente, y en ocasiones obligará a consultar si lo que estoy narrando es cierto o sólo una mera invención. Aunque, como dijo Borges, todo lo que uno puede imaginar es porque ya existe, por lo que, a la postre, la Verdad resulta indiferente.


Destacados representantes del ámbito político y jurídico asistieron al encuentro organizado por la revista Registradores, donde el escritor y magistrado de la Audiencia Provincial de Palencia, Ignacio Martín Verona, presentó su última obra, Páramos Negros, una novela ambientada en un momento histórico que abarca desde la Desamortización de 1836 hasta el pronunciamiento del general Franco el 18 de julio de 1936, en un lugar como es Tierra de Campos. El autor destacó su intención de reflejar a través de los personajes que van asomando en las páginas del libro, diferentes temas y ambientes característicos de los siglos diecinueve y comienzos del veinte español. Al encuentro asistieron, entre otros, Óscar Puente, ministro de Transportes y Movilidad Sostenible; Ana Redondo, ministra de Igualdad; Manuel Olmedo, secretario de Estado de Justicia; Rafael Guerra, subsecretario del Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible; Sofía Puente, secretaria general para la Innovación y Calidad del Servicio Público de Justicia; Ester Pérez Jerez, directora general de Seguridad Jurídica y Fe Pública; David Vilas, abogado general del Estado; Juan Carlos Campo, magistrado del Tribunal Constitucional; José María Fernández Seijo, vocal del Consejo General del Poder Judicial; Vicente Guilarte, catedrático de Derecho Civil; Arsenio Escolar, presidente de la Asociación Española de Editoriales de Publicaciones Periódicas o Jesús Ruiz Mantilla, escritor y periodista.

Vicente Guilarte