“La Transición fue increíble y difícil de explicar si no lo has vivido”


Nació en Venezuela por el exilio de su padre, Justino de Azcárate. Sobrina nieta de Gumersindo de Azcárate, recibió, a pesar de la distancia con España, una profunda influencia de la Institución Libre de Enseñanza. 

Inició sus estudios de Derecho en Venezuela que más tarde completó en España. A los veinte años se casó con Mariano Rubio, quien sería gobernador del Banco de España, y de quien se separó por carta. Como abogada trabajó en el despacho de Garrigues. Mientras estuvo casada con Mariano Rubio organizó cenas con “personas de ideología muy diversa” que luego harían la exitosa Transición. Posteriormente, trabajó para el Grupo 16, donde, en una exposición del Salón 16, conoció a su segundo marido, el artista Eduardo Arroyo. Directora de la Galería Marlborough en España y secretaria del Patronato de la Fundación Amigos Museo del Prado, entre otras tareas.


Porque tu biografía te acredita como una de las mujeres más influyente de la vida política y social española, desde hace más de cincuenta años. Y apenas sabemos.

Te voy a contar una anécdota reciente. Me invita un amigo a los toros, a la barrera del 9, donde había un fotógrafo esperando a ver quién llegaba a ese lugar tan especial. Al verle me hizo gracia y le dije: “vete, corre, que no soy nadie”, y se fue corriendo. 

Las mujeres en segundo plano, ¿quizás porque nos enseñaron aquello de “calladita estas más guapa”, más bajitas que los hombres…?

Las mujeres en aquella época no teníamos posiciones relevantes. En el despacho Garrigues, fui la primera mujer abogada, contratada para hacer un Archivo de Experiencias. En el Grupo 16 como adjunta a la presidencia me ocupé de organizar una exposición anual con los 16 artistas que hubieran expuesto en algunas de las galerías en Madrid.

Ese es el retrato de una época, Isabel, que aún hoy lo vemos en tantas mujeres “perfectas” como subdirectoras, vice, adjuntas, las número dos… Por fortuna esto va cambiando.

Yo me revelaba a mi manera. Mis padres me inculcaron, igual que a mis hermanos, los principios de la Institución Libre de Enseñanza. Evidentemente las mujeres estábamos subordinadas pero como tú dices por fortuna esto ha cambiado.

Te rebelas tanto que incluso te divorcias en cuanto sale la ley. ¿La estabas esperando?

No, la ley salió un poco antes de mi divorcio. Me despedí con una carta y a mi alrededor nadie comprendió mi forma de actuar. No sé de dónde saqué la fuerza, y sobre todo me afectó mucho la respuesta de mi familia. No tuve el valor de hacerlo de otra manera.

“Don Gumersindo siempre estuvo presente en mi casa. Considero una suerte haberme criado en un ambiente donde el pensamiento, la razón y el respeto eran los valores más importantes”

Cuánto pesa la familia, ¿verdad? Qué maravilla venir de Gumersindo de Azcárate, de su pensamiento liberal, cofundador de la Institución Libre de Enseñanza en España. ¿Esto imprime carácter, se hereda en la educación, va inoculado en los genes…?

Don Gumersindo fue importantísimo en la educación de mi padre, quien se quedó huérfano siendo muy pequeño; Don Gumersindo siempre estuvo presente en mi casa. 

Considero una suerte haberme criado en un ambiente donde el pensamiento, la razón y el respeto eran los valores más importantes. 

Gloria Lomana, Isabel de Azcárate y Antonio Tornel.

¿Qué recuerdo tienes de él, y de esa herencia liberal de la Institución Libre de Enseñanza? 

Recuerdo vivir rodeada de libros, mi madre también se había educado en la Institución. Pero siendo enormemente estrictos con la educación, en todo, incluso en las maneras de la mesa: “no pongas así el brazo, levanta el brazo…”. Eduardo Arroyo, mi segundo marido, me decía cuando venían los sobrinos a casa: Que tengamos que oír como se come la sopa en vez de preguntarles qué libro has leído o qué te ha interesado del periódico. Y tenía razón, también.

Quizás porque la educación para las niñas era más estricta, más de ser modositas. 

Las mujeres en aquella época teníamos un papel secundario. Mi madre lo tuvo mucho peor que yo, fue una mujer inteligentísima pero también a la sombra de mi padre. Hoy en día, gracias a la lucha que hemos entablado las mujeres, la sociedad ha cambiado radicalmente.

¿Cómo te ha marcado esa época y ese entorno? La educación, el tío abuelo liberal, la guerra civil, la prisión del padre, el exilio…

Todo esto pesó muchísimo en nosotros, pero cuando yo nací ya mi padre trabajaba en Caracas y mi educación fue distinta porque tenía una influencia del entorno venezolano. Mis hermanos mayores sí vivieron la cárcel de mi padre, luego la salida a Francia y el exilio a Venezuela. Mis padres fueron muy felices en Venezuela, se adaptaron muy bien a la vida social caraqueña. Mis hermanos hicieron su vida allí, todos mis sobrinos nacieron en Venezuela y gran parte de mi familia vive allí.

“La situación política actual en España deja mucho que desear y habría que cuidar especialmente nuestras instituciones”

Estudias Derecho, trabajas en el bufete de abogados y acabas conectando con el arte de un modo especial. 

He tenido una vida muy activa e interesante. Mis padres estaban marcados por la cárcel, la guerra civil y el exilio. Para ellos la inteligencia era fundamental. A mi madre era la única gente que le interesaba. Te cuento una anécdota: con 8 años mis padres me regalaron un librito de autógrafos, una joya que aún conservo. Mi obsesión era que, cada vez que conociera a alguien inteligente, ahí quedara su firma. De las sesenta firmas que tengo en el librito solo tres son de mujeres. 

Yo elegía quien podía estar (y ríe jugando con la memoria): un tío mío que estaba empeñado en estar, no pudo ser. 

Ser la directora de la Galería Marlborough en España es muy top.

¡Pues ni te imaginas mi sorpresa!, cuando cae el Grupo 16, tras una larga y complicada crisis, yo termino en el paro, y fundo una revista con Miguel Fernández-Cid, “Arte y Parte”, sin sueldo ni nada, como quien dice por amor al arte. 

Y estando ahí, un día me llamó un headhunter y me dice que me quiere ver Pierre Levai (el presidente y responsable de Marlborough en Nueva York). Para sorpresa mía me propone la dirección de Marlborough Madrid, la cual acepto. 

¿Cómo conservas Venezuela? Estarás sufriendo una barbaridad, imagino.

Venezuela para mí es importantísima, es parte de mí, y ahora estoy sumamente afectada por el doble terremoto que acaba de ocurrir. Con respecto a la política tengo grandes esperanzas que en el futuro haya un cambio profundo y positivo para los venezolanos. 

Y la actualidad de aquí…

Haber vivido la Transición en España fue para mi algo tan especial que no se puede explicar sin haberlo vivido. Y muy impresionante cuando en las primeras elecciones el Rey propone a mi padre como senador real, con qué acierto hizo el Rey aquellos nombramientos, esos senadores, personajes de reconciliación desde todos los lados. Fue una época impresionante. La viví intensamente.

La situación política actual en España deja mucho que desear y habría que cuidar especialmente nuestras instituciones.

¿Qué recuerdas de esos cenáculos que hacías en casa?

Fueron cenas muy interesantes, divertidas, y a veces amanecíamos. A Adolfo Suárez tuve la suerte de verlo mucho, tuvo un comportamiento impresionante porque se rodeaba con personas de máximo nivel, como sus ministros.

Isabel de Azcárate y Gloria Lomana.

Esa casa era de puertas abiertas…

Sí. Un día Adolfo Suárez me dijo, ¿por qué no me organizas una cena con gente próxima a ti? Reuní a seis parejas, un 12 de octubre, gente muy diversa, con intereses muy diversos, ni un solo político.

¿Puedes decir lo mismo de Felipe González? 

También. Recuerdo otra comida en mi casa justo al principio de la Transición, con Fraga, Felipe, Guerra, Boyer y Mariano (Rubio).

Otro nivel, ¿con relación a ahora?

Esto de ahora tiene que cambiar, hay que elevar el nivel de las personas que ocupan cargos de máxima responsabilidad. 

¿Te duele más España o Venezuela? 

Lo de Venezuela no tiene nombre. Venezuela es un país rico y sin embargo, en este momento, hay ocho millones de emigrantes. Y aquí si tengo que decir la magnífica acogida que España les ha prestado a todos. Y sobre María Corina no me interesan sus defectos, solo sé que es una mujer valiente, luchadora y lleva trabajando por un cambio en este país desde hace mucho tiempo.

Menuda vida tan apasionante, Isabel, y luego conoces a Eduardo Arroyo, un genio. 

Un genio, sí, muy complicado indudablemente, pero una persona fuera de serie. 

“Lo de Venezuela no tiene nombre. Venezuela es un país rico y sin embargo, en este momento, hay ocho millones de emigrantes. Y aquí si tengo que decir la magnífica acogida que España les ha prestado a todos”

¿Qué te enamoró de él? 

Su casa. 

¡Su casa! ¡Eres una grande! O sea, tú vas allí, ves la casa… 

Él había participado en varias exposiciones del Grupo 16 donde coordinaba el Salón de los 16. Me invitó a un concierto en Robles de Laciana con los otros patronos de la Fundación Sierra Pambley, en una casa de su familia que acababa de restaurar. 

¿Y cómo era la casa? Entras y ves obras de Valerio Adami, Nacho Criado…

En mitad de un pueblo, muy bonita. Respiré las montañas, los árboles, y pensé: este señor se ha hecho esta casa aquí, ¡cómo me gusta! Y desde entonces empezamos una relación.

O sea, tu casa, ahora, es un museo. 

No, pero es muy especial y con mucha obra diversa que Eduardo coleccionó y luego colgamos juntos. Nunca quiso convivir con sus cuadros pero sí con sus esculturas. Ahora, esto ha cambiado y vivo rodeada de sus cuadros.

¿Y cómo es vivir con un artista así?

Difícil. Ahora tengo puesto el último cuadro que pintó y firmó y, claro, es muy impresionante para mí porque le oí tanto esa obsesión por trabajar y terminarlo, a veces se despertaba de madrugaba y lo pintaba…

Quiero que aceptes mis gracias, porque gracias a mujeres como tú, tan independiente, trabajando cuando no se hacía, viviendo de la cultura, respirando libertad… has contribuido a abrir puertas para todas.

Muchas gracias por tus palabras, pero esto ha sido y sigue siendo el esfuerzo y la lucha de muchas mujeres.

Pues ese es tu legado, Isabel.

Y pone gesto de no aceptar ni medio elogio más. 

Gloria Lomana