El autor repasa la trayectoria cinematográfica de Quentin Tarantino, desde las originales y sorprendentes Reservoir dogs y Pulp fiction hasta Érase una vez en Hollywood, presentada en mayo de este año en Cannes en medio de una gran expectación, pero muy alejada de la brillantez de sus primeras creaciones.


En 1992 el estreno de una modesta película de atracos llamó la atención de algunos críticos y cinéfilos. Reservoir dogs era el debut en la realización de un desconocido director. El vigor de la puesta en escena, la fisicidad de la narración, su ritmo trepidante, la precisión de los encuadres y movimientos de cámara atrapaban al espectador y estaban lejos del cada vez más plano y “televisivo” cine de Hollywood. El tono, a caballo entre la comedia y el horror, la brillante dirección de actores y un sentido del espacio en formato ancho -Panavision- eran tan originales como sorprendentes en un director novel.

Su celebrado debut llevó a Quentin Tarantino, su director, a rodar en 1994 Pulp fiction, una película en la misma línea pero aún mejor y con un enorme éxito de crítica y público. Con más medios y de nuevo con una estructura narrativa no convencional ni lineal, en la que jugaba con el tiempo a través de flashbacks y la ruptura de la forma clásica exposición, nudo y desenlace, el director volvía a mezclar suspense, tensión y humor, a combinar géneros, a utilizar diálogos excepcionalmente vivos, ingeniosos y auténticos.

Tras la cámara en el rodaje de Pulp fiction.

Al igual que en su primera película los cambios de ritmo y de tono, el empleo del espacio en off -con atracos y escenas de acción que en una película convencional serían los momentos fuertes pero que se omitían-, del sonido y la música eran brillantes e inventivos. Con naturalidad y un peculiar humor (“me gusta que la gente se ría de cosas que no son graciosas”) Tarantino filmaba la acción y la violencia, sin retórica ni sermones, sin adoptar un punto de vista explícitamente condenatorio ni aparentar horror.

En un cine que ha abandonado el estilo y las formas, o los ha exhibido superficialmente, en las últimas décadas, las dos películas de Tarantino utilizaban las herramientas del cine -el tiempo, el espacio, los actores, el color, la música…- con inusitada brillantez, intensidad y originalidad.

El cine de Tarantino, en sus inicios, siempre hablaba del cine antes que de la vida, pero con una pasión contagiosa. Cada vez más encorsetado en sus clichés y preso de sus tics formales parece haber perdido la vitalidad y energía y preocuparse más de su estatus de autor que de las historias que cuenta

Tarantino -director, guionista, actor, productor- se convirtió en el cineasta más influyente de su generación y ganó dos Oscars, dos Globos de Oro, la Palma de Oro en Cannes y rodó seis películas más, cada vez con más presupuesto y con temas importantes (la II Guerra Mundial, la esclavitud, la historia de Estados Unidos…) tratados irreverentemente, pero cada vez con menos talento, convicción y originalidad. Ninguna de ellas, a pesar de su éxito y de que su director se hubiera convertido en un personaje célebre, mostraban el genio de Reservoir dogs y Pulp fiction.

Así las cosas en mayo de este año se presentó en Cannes en medio de una gran expectación, Érase una vez en Hollywood, producida por motivos evidentes no por su habitual Harvey Weinstein sino, tras una puja entre las grandes productoras, por Columbia. Un presupuesto enorme para la millonaria magdalena del niño cinéfilo que fue Tarantino. Nacido en 1963, la película transcurre en 1969 y cuenta la historia de una estrella de westerns (Leonardo DiCaprio) en decadencia, con ecos de Audie Murphy y Clint Eastwood, que intenta sobrevivir a los cambios de Hollywood con su doble y amigo (Brad Pitt) y es vecino de la joven estrella Sharon Tate (Margot Robbie) recién casada con el director de cine polaco Roman Polanski. La historia de esos personajes se mezcla con la de aquel verano de “paz y amor”, hippies, la familia Manson y extras, dobles y secundarios de Hollywood. Las habituales citas cinéfilas del director encuentran aquí acomodo fácil: Bruce Lee, spaguetti western, cine de explotación, artes marciales, cines de sesión continua, son presencias continuas.

Tarantino en el rodaje de Érase una vez en Hollywood con Brad Pitt y Margot Robbie.

Este último año vio alguno de los más destacados directores de la industria contar su pasado y utilizar su vida como argumento. Ante la falta de historias novedosas los cineastas echaban la vista atrás, en una especie de autoficción tan presente en la literatura contemporánea. Alfonso Cuarón volvía a su infancia en Méjico para conseguir con la premiadísima Roma, producida por Netflix para televisión, con un presupuesto pequeño y en blanco y negro, probablemente su mejor película. Almodóvar en Dolor y gloria narra la trayectoria vital y profesional de un director de cine cercano a la vejez, un trasunto apenas velado del propio cineasta, y el resultado es su mejor película en mucho tiempo.

Sin embargo en su mucho más lujosa producción Tarantino bucea en su pasado y no alcanza los mismos logros artísticos. En Érase una vez en Hollywood vuelve a un pasado inexistente, en extraño, amoral y perverso cuento de hadas. A lo largo de 165 interminables minutos -qué lejos queda la ligereza de los 188 de Pulp fiction– seguimos el deambular de unos personajes inverosímiles. La sobreactuación histriónica, a veces casi grotesca, de estrellas como DiCaprio y Pitt, que nunca han estado peor, no ayuda. Grandilocuente como sus presupuestos, cada vez menos arriesgado, Tarantino ha caído en el gigantismo, la banalidad, el exceso que son distintivos del cine americano contemporáneo. Sus primeras películas eran caricaturas, sátiras, manierismos sobre los géneros clásicos. Ésta es sátira de la sátira, caricatura de la caricatura, manierismo del manierismo, en una acumulación cansina y repetitiva. Los planos son feos, poco nítidos; el montaje repetitivo; la música agotadora. La amistad de los personajes es inverosímil y parece más escrita en el guion que vivida. Las escenas se expanden más allá de su función narrativa sin fuerza ni convicción. La niña actriz sostiene un largo diálogo con DiCaprio que ni es creíble, ni interesante, ni funcional a la historia. Y así una y otra vez. Los personajes, estúpidos, atrabiliarios, son indiferentes al espectador como parecen haberlo sido al director.

Tarantino -director, guionista, actor, productor- se convirtió en el cineasta más influyente de su generación y ganó dos Oscars, dos Globos de Oro y la Palma de Oro en Cannes

El cine de Tarantino, en sus inicios, siempre hablaba del cine antes que de la vida, pero con una pasión contagiosa. Cada vez más encorsetado en sus clichés y preso de sus tics formales (música omnipresente, actuaciones que no se toman en serio, dilatación de escenas, importancia de tiempos muertos…) parece haber perdido la vitalidad y energía y preocuparse más de su estatus de autor que de las historias que cuenta. La agilidad narrativa, obtenida mediante una hábil combinación de movimiento y elipsis ha dado paso a un plúmbeo transcurrir de acciones redundantes e innecesarias. Sólo en la escena final, cuando abandona la realidad, la moral y el respeto a la historia y los personajes, Tarantino parece sentirse a gusto. En el gran guiñol, la caricatura y el exceso del cine de subgénero despierta, a costa de la honestidad y la ética. Un viaje muy caro, muy largo, muy innecesario.