Luis María Cazorla | Editorial Almuzara. Madrid, 2022 | 349 páginas |


Melilla 1936 es la tercera novela de la trilogía que ha ambientado el autor en los años de la II República. Las anteriores son La rebelión del General Sanjurjo, 2018, (que fue reseñada en las páginas de “Registradores”) y La bahía de Venus, 2020, todas publicadas por la Editorial Almuzara.


La de la Segunda República, es una historia que, ya lo sabemos, terminó mal. Por eso las narraciones que la cuentan tienen casi siempre los ingredientes de la tragedia y del suspense: final desastroso que el lector conoce, protagonistas que se mueven olfateando el peligro y que ignoran cada vez menos ese final, peripecias en que los personajes se ocupan o se distraen, dándose o sin darse cuenta de lo que se avecina, y, por último, lo esencial, el tiempo que pasa, los días que ruedan, inexorables, hacia un final que los espectadores conocían y del que, poco a poco, se han ido dando cuenta también, los actores que van a ser triturados. 

Si La rebelión del General Sanjurjo, se desarrolla en los siete meses que van de enero a agosto de 1932, y su marco son los preparativos de la Sanjurjada y La bahía de Venus entre  la victoria de la CEDA en 1933 y la del Frente Popular en 1936, esta Melilla 1936 se desenvuelve entre marzo y julio de 1936, aunque luego haya una coda final, una agonía, que llega al 23 de julio de 1937.

Melilla 1936 narra, pues, los meses previos al alzamiento militar de julio de 1936 y lo hace con el objetivo centrado en la ciudad que fue escenario del primer acto del levantamiento con que comenzó la Guerra Civil. 

El protagonista de la novela es un juez, Joaquín María Polonio Calvente, que llega a Melilla en abril de 1936 en el J.J. Sister, barco de la Transmediterránea, conocido como “el melillero”, que hacía el trayecto Málaga-Melilla, para tomar posesión del juzgado de la ciudad. 

Se trata de un juez joven, treinta y cinco años, recto, trabajador, republicano, de aficiones literarias que vuelca en un diario donde recoge lo que le pasa y las impresiones que le sugieren lo que vive y las personas que trata. En estos meses le toca en dos ocasiones ejercer interinamente de delegado gubernativo, cosa que le hace poca gracia, le complica la vida, le obliga a tomar decisiones políticas y le coloca en una situación más difícil cuando los acontecimientos se desencadenan. Su historia, como era de prever, termina mal. 

El personaje es histórico, nos dice el autor, como lo son todos los que aparecen en esta novela, al contrario de lo que ocurre en otras de la misma trilogía. Desfilan por ella, por ejemplo, don Luis Jordana de Pozas, el general Romerales, los coroneles Solans, Bartomeu y Seguí, los tenientes coroneles Aymat y Antonio Riu Batista (no deja de llamar la atención, por cierto, la abundancia de apellidos catalanes que había entre los militares de la Melilla de la época).

Aunque el que un personaje novelesco sea o deje de ser histórico tiene, desde el punto de vista estrictamente literario, una importancia menor. Y es que, una vez novelados, ¿no se vuelven ficticios los personajes históricos?; y, ¿no consiste el arte del novelista en convertir a los ficticios en históricos? ¿No se ha convertido ahora Joaquín María Polonio Calvente, juez de Melilla, en un personaje literario? ¿Y no son históricos don Quijote, Sancho Panza, Gulliver, Robinson Crusoe, Oliver Twist o la familia Buddenbrook? 

Amena e interesante lectura, la de Melilla 1936, última y brillante novela de Luis María Cazorla, doctor en Derecho, catedrático, abogado del Estado, Letrado de Cortes, Inspector fiscal, Académico de la RAJyLE, presidente de la Fundación Pro Academia de JyLE y novelista.

Manuel Ballesteros