“Dirigir era un deseo oculto en mi subconsciente, y abordo el reto con mucha ilusión”


Hacía décadas que Adriana Ozores no se acercaba a los clásicos. Cambió la CNTC por el cine en 1997, y desde que en 2008 regresó a los escenarios sólo ha representado autores contemporáneos. Pero el año pasado volvió a abrir el baúl de los recuerdos para interpretar, junto a Lluís Homar, textos de San Juan de la Cruz en Alma y palabra. Y acaba de debutar como directora con Troyanas, el primer Séneca de la Compañía Nacional de Teatro Clásico.


Fue una de las principales actrices de la CNTC en sus comienzos y ahora regresa como directora. ¿Cómo se siente?

Muy bien. Seguramente era un deseo oculto en mi subconsciente, y he abordado este reto con mucha ilusión, mucha responsabilidad y con el bagaje como actriz que he acumulado. Creo que eso me da una capacidad de trabajo con los actores que voy a aprovechar.

¿Tenía ganas de asumir una dirección?

Había soñado con dirigir teatro, pero no había tenido el valor de abrirme a esta posibilidad hasta ahora. Imagino que Lluís Homar debió ver algo en mí para proponerme esto, y eso me dio seguridad y dije ‘sí’ sin pensármelo. Y la verdad es que estoy llena de entusiasmo y ganas, y muy comprometida con el proyecto.

Es la primera vez que el Clásico hace una tragedia de Séneca. ¿Le gusta esta línea aperturista?

Creo que, de cuando en cuando, la CNTC tiene que abrir sus puertas a otros autores y otro tipo de teatro, porque es enriquecedor y porque circunscribirse sólo a nuestro Siglo de Oro limita mucho los títulos que se pueden ofrecer. Adolfo Marsillach lo hizo en su momento con un Molière, que dio paso a otros autores, y ahora Lluís lo hace con este Séneca.

¿Por qué la elección del texto de Séneca y no el más conocido de Eurípides para esta versión de Troyanas?

Precisamente porque se ha representado menos creo que hay que rescatarlo. El texto de Eurípides está mucho más en las emociones puras y duras, y Séneca da un paso más allá y lo lleva a la toma de conciencia de esas emociones. Su escritura supone un salto importante en el desarrollo de la capacidad del ser humano. Él y los estoicos empujan el cristianismo y el concepto de derechos humanos que hoy tenemos. Y creo que es importante incorporarlo a nuestra cultura como alguien de confianza y que ha sido un puntal en lo que hoy consideramos Occidente.

“Esta profesión exige un importante compromiso personal para trabajar honestamente cada personaje. Y al hacerlo consigues un mayor conocimiento de la condición humana”

En el 97 cambió los escenarios por el cine y la televisión durante un largo período de tiempo, pero desde que regresó a las tablas en 2008 ha encadenado un proyecto tras otro. ¿Tenía ‘mono’ de teatro?

Tuve una primera etapa picando piedra en el Clásico, donde recibí una formación maravillosa, a la que estoy muy agradecida, porque pude interpretar a los grandes dramaturgos y formarme con los mejores títulos. Fue una lanzadera profesional, pero también estaba enconsertada en el verso y con personajes de mucha responsabilidad siendo aún muy joven. Así que necesité una larga cura en lo audiovisual para volver a coger con ganas los escenarios. Y desde hace tiempo combino cine, teatro y televisión. Así que creo que he tenido mucha fortuna.

Habitar otras pieles, ¿ayuda a ser más tolerante y comprensiva?

Creo que sí. Esta profesión exige un importante compromiso personal para trabajar honestamente cada personaje, aunque sea el más alejado de ti que exista. Y al hacerlo consigues un mayor conocimiento de ti mismo y, por extensión, de la condición humana, porque para encarnarlo con verdad no puedes juzgarlo.

Hace dos años recibió el Premio Corral de Comedias y, en 2020, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. Son dos importantes reconocimientos a su trayectoria profesional, pero ¿qué significan para usted?

En el momento en el que te lo comunican y los recoges, da mucha alegría y lo disfruto mucho, pero se te olvida muy deprisa y vuelves a ser la misma persona, con tus inseguridades, problemas, angustias… 

Con varias generaciones de intérpretes a sus espaldas, ¿se planteó alguna vez romper con la tradición familiar y dedicarse a cualquier otra cosa?

Sí, claro. Empecé con las artes plásticas. Me gustaba pintar y estaba en otro rollo, pero la vida fue siendo tan amable en este camino, que no pude decir ‘no’ a ser actriz. Seguramente, si me hubiera dedicado a las artes plásticas, no hubiera funcionado tan bien. Así que escuché lo que me decía la vida, y me dejé llevar por ella.

¿Sigue pintando?

Sí, sí. Me gusta mucho trabajar con acuarela, porque es muy espontánea y sorprendente. Hay muy poco control en este tipo de pintura, y eso me resulta muy divertido.

¿Con qué otras aficiones ocupa su tiempo libre?

Me gusta mucho viajar, y estar en contacto con la naturaleza. Para mí es un refugio. Siento que nada malo me puede pasar si estoy frente al mar, en la montaña o rodeada de animales. La naturaleza siempre es amiga, es acogedora, y me reconforta. 

Además de Troyanas, ¿qué otros proyectos tiene en el horizonte?

Nada más estrenar Troyanas, comenzaré el rodaje de El comensal, a las órdenes de Ángeles González-Sinde. Es una película muy bonita, basada en la novela homónima de Gabriela Ybarra. Y luego, Daniela Fejerman y Elvira Lindo han escrito Lo que nunca te dije, un guion que van a dirigir, y cuentan conmigo para el proyecto. Y, además, sigo de gira con Lluís Homar y el montaje Alma y palabra.  

 

Gema Fernández