La vida ya no se vive: se graba. Y ya no hay lugar donde esconderse.
Hace unos cincuenta años fuimos unos amigos a vendimiar. Cuando el capataz nos reprendió por hacerlo al revés, nos atrevimos a preguntarle, con sorna, si no daba lo mismo empezar la hilera en un sentido o en el otro.
—¡¡Es igual, pero no es lo mismo!!— sentenció, levantando y bajando los brazos.
En este medio siglo, el mundo sigue siendo bastante igual, pero no es lo mismo la forma de estar en él. Vayas donde vayas, encontrarás personas que no parecen estar allí: pegadas al móvil, con auriculares, enviando fotos de su comida. Hologramas que desaparecerían si se agotara la batería.
No hacen falta oposiciones para ser registradores. Lo que no se registra, no ha sucedido. Incluso en los conciertos, cuando salen las estrellas, se levantan los móviles: son los ojos de los ojos que se abren. Ya no se trata de haber visto, sino de haber visto lo visto.
Desconfiar de la propia mirada hizo que las llamas los envolvieran. Aquella Nochevieja, en una estación de esquí, algunos jóvenes grabaron el nacimiento del incendio que después los alcanzó. Reían, saltaban, bailaban una danza de fuego, persuadidos de que la pantalla los amparaba del peligro.
El fuego grabado no despierta el instinto de huir. Cada uno, ensimismado, fue el árbol del refrán que no deja ver el bosque: narcisos modernos que ya no distinguen el lago de su reflejo. Faltaba el aire… pero seguía el wifi.
Las palabras ya no se las lleva el viento. No escribimos: inscribimos. Y no hay trituradora capaz de destruir lo que queda atrapado en la nube. Cada mensaje de WhatsApp es una nota simple que prueba, policial o judicialmente, o incluso ante las madres del colegio. Los data centers aspiran a convertirse en el fedatario universal.
Las palabras ya no se las lleva el viento. No escribimos: inscribimos. Y no hay trituradora capaz de destruir lo que queda atrapado en la nube. Cada mensaje de WhatsApp es una nota simple que prueba, policial o judicialmente, o incluso ante las madres del colegio. Los data centers aspiran a convertirse en el fedatario universal
A mí, de aquellas jornadas de vendimia, lo que me quedó fue una lumbalgia que me dobló como una erre. A la mañana siguiente, el capataz nos explicó que vendimiar es igual —recoger racimos de uva—, pero no es lo mismo cobrar por horas que a destajo.
Los demás temporeros vaciaron en el remolque sus sesenta y cinco capazos y se marcharon unas horas antes. La vida es un don demasiado precioso como para no sentir las manos pegajosas de mosto, las deportivas hundidas en el barro o caer planchado en la cama recordando la sonrisa del capataz.
Es igual, pero no es lo mismo deslizar el dedo índice —swipear, scrollear— que recordar. A través de un dispositivo no se puede oler, saborear ni hincarle el diente a un solomillo todavía humeante.
Las imágenes circulan vacuas, y el tiempo no puede transformarlas en vino ni decantar lo vivido. La memoria digital almacena datos y carga la mochila del pasado; la memoria natural vive, selecciona y aligera cuanto puede.
Recordar es un acto humano y libre: surge de una emoción, de un instante de orgullo o de una vieja foto encontrada en un libro de seis amigos que evoca una amistad superviviente.
Hoy, en cambio, los recuerdos comparecen cada día convocados por la pantalla, ordenados por fechas, lugares o personas, obligándonos a revivir incluso aquello que preferiríamos dejar atrás. Todos tenemos cosas que no queremos que se sepan, razones que ningún algoritmo podría comprender.
El problema final no es que no nos dejen olvidar, sino que no consientan que nos olviden. Ni siquiera muertos. Por eso resultan casi irónicas esas coronas con cintas funerarias que rezan: «Abuelito, no te olvidaremos». Tal vez habría que fiarse un poco más de los caprichos de esa mala memoria.
Es igual, sí. Pero ya nunca será lo mismo.
Juan Ballester Colomer












