La revolución que plantea Richard Wagner en el siglo XIX no se limita solo al ámbito musical. Trasciende a otros aspectos como el texto, el vestuario, la orquesta, la iluminación… Por eso, el propio compositor decidió crear en Bayreuth un Festival y un nuevo teatro donde representar su música del futuro.


Era mi primera vez en la Colina Verde de Bayreuth y la experiencia no pudo ser más enriquecedora. La organización del festival es impecable y grandiosa, germánicamente montada y desarrollada con una pulcritud inmejorable. Importa destacar la sala de butacas, eso sí, de terrible incomodidad, que no alcanzo a saber si son las originales desde tiempos en las que las ideó el mismo Wagner, la especialidad del foso, como concha que devora la orquesta, que produce el efecto de estarse escondiendo de la acción de la ópera provocando además una acústica espectacular, no escuchada en ningún otro coliseo transportando las notas hasta lo alto con toda nitidez. Estos mimbres y unos preciosos jardines que rodean la sala y el entorno de la Festspielhaus preparan el ambiente de las representaciones. Asistí a dos, Parsifal y Tannhauser. Pasaré a detenerme un poco en ambas funciones cuyo resultado fue completamente exitoso. 

Pablo Heras Casado. Foto: Kirill-Simakov

Parsifal contó con la dirección musical de nuestro director Pablo Heras Casado, que no desmereció en nada a la versión de cualquier otro de los pocos escogidos directores ultra famosos que hacen gala y con razón de ostentar el podio y dirigir estas obras. Su versión fue espléndida, sin salidas de tono, con perfecta armonización con las voces y llena de matices sugerentes. Colaboraron en el éxito los cantantes, especialmente el protagonista Andrea Schager (Parsifal) que fue de menos a más culminando en un grandioso tercer acto; Georg Zeppenfeld como Gurnemanz, redondo y claro; la soprano Ekaterina Gubanova en el papel de Kundry (segundo reparto siendo la del primero Elina Garanca, con grandísimo éxito) y demás voces destacando entre ellas la del tenor sudafricano Siyabonga Maqungo, quienes junto al coro envolvieron una función de primera categoría. La atención desplegada por el público entendido, que se debe saber las óperas de memoria escuchando en un silencio donde no se oye ni el vuelo de un insecto, desembocó en atronadoras ovaciones al caer el telón. Destacados aplausos a los solistas muy bien medidos y conmoción cuando Pablo Heras Casado, salió solo al final a saludar prolongándose la ovación hasta que se cansó el respetable.

Parsifal.

Parsifal contó con la dirección musical de nuestro director Pablo Heras Casado, que no desmereció en nada a la versión de cualquier otro de los pocos escogidos directores ultra famosos que hacen gala y con razón de ostentar el podio y dirigir estas obras

A continuación Tannhauser, ópera de otro color más ligera pero igualmente bella. Esta vez lo dirigía la muy buena contralto francesa, metida a directora de orquesta después Natalie Stutzman. Su labor fue más plana y discreta pero no por ello menos aplaudida. Estuvo rodeada de unos muy buenos solistas en especial la soprano noruega Elizabeth Teige y el tenor Klaus Florian Vogt de buenas condiciones actorales y precioso timbre con su justo volumen, el coro (con algún despiste de ensemble al entrar en algún párrafo) y el tenor sudafricano antes citado, que va a ser una revelación en el futuro. Especial comentario requeriría la puesta en escena de ambas óperas. Para resumir ambos eran exóticos, visualmente espléndidos y la dirección de escena irreprochable dentro del estatismo y duración de ciertos solos de los cantantes, pero hay que decir en favor de la música de Wagner que los montajes no aportaron nada nuevo, ni molestaron ni añadieron, como debe ser en la ópera y desgraciadamente hoy no sucede pues ahora pretenden los directores de escena inventarse los libretos.

Tannhauser.

Para terminar salimos con la impresión de que así es como hay que escuchar a Wagner, pero no hay que hacer un mito sobre esto. Los aficionados al bel canto no son muy proclives en principio a gustarles la música de Wagner, pero conforme avanzan en interés pueden dividirse en aficionados que escuchan una vez una ópera y se encogen de hombros; los amantes de tal tipo de música a la par que les gusta Mozart adoran la ópera italiana, pero revenden la de Ricardo Strauss. Los fans de Wagner en grado o tono menor que se entusiasman y se van especializando y por fin los fanáticos de Wagner que como tales odian todo tipo de ópera que no sea de Don Ricardo. Los que visitan Bayreuth por último, son en el buen sentido de la palabra peregrinos que no adoran a otro Dios en el campo de la música y que quemarían las obras de los músicos nacidos antes del Gran Wagner. Lo cierto y verdad es que personalmente ha sido una experiencia apasionante. 

Javier Navarro