Licenciada y doctora en Filología Española por la Universidad de Barcelona y catedrática emérita de Literatura Española de la Universidad de Zaragoza, Aurora Egido ha ejercido la docencia en distintas universidades nacionales, británicas y estadounidenses. En 2008 fue galardonada con el Premio Nacional de Humanidades Ramón Menéndez Pidal, y en 2014 tomó posesión como académica de número de la Real Academia Española con el discurso titulado La búsqueda de la inmortalidad en las obras de Baltasar Gracián, autor con el que lleva años “en un diálogo permanente y enriquecedor por su agudeza y su profundidad”.


Con su trayectoria y bagaje profesional, ¿le falta algo por leer?

Ya lo creo, muchísimo. Pero, como dijo Borges y salvando las distancias, más de lo que he escrito, estoy orgullosa de los libros que he leído. Y no me refiero solo a aquellos que me han servido de base para los trabajos de investigación, sino a los que, desde niña, me sirvieron para vivir otras vidas a través de otro lenguaje y transitar por caminos distintos a los reales.

¿Dónde ha disfrutado más, en el estudio profundo de la literatura o en la docencia impartida en Universidades españolas y extranjeras?

Yo diría que a partes iguales. Ahora que ya estoy jubilada, echo de menos las clases y el contacto con los alumnos, pues aprendí mucho de ellos. Algunos son ya estupendos profesores e investigadores, aparte de que he tenido la suerte de dar clase a reconocidos novelistas, dramaturgos y poetas. Siempre procuré que la investigación literaria estuviera ligada a la docencia: Aprender enseñando.

¿Qué libros considera imprescindibles para una buena formación de la persona?

Soy partidaria de la variedad en las lecturas, pues, como dice el refrán, en ella reside el gusto. Cada etapa de la vida requiere libros diferentes y cada persona va estableciendo su propio canon. Leer por obligación no suele ser buen sistema, por eso es fundamental hacer atractiva la lectura desde los primeros años, compaginándola con el aprendizaje de poemas y canciones, o practicar el teatro, como hacen los ingleses. Creo sinceramente en un uso creativo de la memoria, que lamentablemente ahora quiere desterrarse de los programas educativos. En la Antigüedad clásica, la memoria era un arte y así se transmitió durante siglos, combinando los lugares con las imágenes. Sin ella, difícilmente podremos entender la historia y el significado de muchas obras literarias y artísticas. En un grabado renacentista de Cesare Ripa, la dama Memoria escribe sobre la espalda del Tiempo; un viejo servidor agachado, que le hace de atril y cuyo simbolismo todavía persiste, por ejemplo, en Negra espalda del tiempo de Javier Marías.

“En la enseñanza o fuera de ella, es fundamental que los profesores y los padres gocen leyendo, porque sin esa transmisión, diríamos pasional, la literatura se convierte en un ejercicio obligatorio previo a los exámenes, y eso lo empaña todo”

¿Qué soñaba la niña que se sentaba en un pupitre del Instituto de Molina de Aragón?

Al Instituto Santo Tomás de Aquino de Molina de Aragón llegué ya con quince años, después de hacer el bachillerato elemental con las monjas de Santa Ana y de estudiar durante un año en Valencia de don Juan (León) tres cursos de Comercio Práctico. Soñaba con ser escritora, periodista, representar obras de teatro, viajar, conocer el mundo… Lo de ser profesora llegó más tarde, al terminar Filología Española en la Universidad de Barcelona y pasar a ser lectora de español en la Universidad de Cardiff y luego en el Westfield College de Londres.

¿Se puede enseñar a amar la lectura? ¿Qué importancia tienen los cuentos y la tradición oral?

Creo que sí, pero, en la enseñanza o fuera de ella, es fundamental que los profesores y los padres gocen leyendo, porque sin esa transmisión, diríamos pasional, la literatura se convierte en un ejercicio obligatorio previo a los exámenes, y eso lo empaña todo. Respecto a lo segundo, la pérdida de la tradición oral ha sido demoledora. Yo todavía disfruté de escuchar refranes, dichos, cuentos, romances, canciones y hasta zarzuelas que se transmitían oralmente de padres a hijos y que se quedaban grabadas para siempre en la memoria. Todo ello enriquecía lo que entendemos por imaginario colectivo y era un patrimonio compartido.

Ha sido profeta en su tierra, ¿qué siente cuando en su pueblo la pequeña biblioteca municipal lleva su nombre?

Fue toda una sorpresa, por lo inesperada, y un honor que dieran mi nombre a una biblioteca pública con cerca de 40.000 volúmenes, que forma parte de la red de bibliotecas de Castilla-La Mancha. Allí han ido a parar la mayor parte de mis libros y allí seguiré enviando los que vaya adquiriendo, pues mis primeros pasos por la lectura los di gracias a los prestados en ese espacio, que, para mí, era como el paraíso.

Si el lenguaje y las palabras pueden cambiar el mundo, ¿cuál de ellas defendería a ultranza o invocaría desde su sillón letra B?

Lo ideal es que las voces y las cosas, para bien o para mal, vayan unidas. En ese sentido, la letra B evoca tanto lo bello como lo bueno y tal vez sea, por ello, la mejor aguja de navegar en estos tiempos convulsos y confusos.

“No creo que la literatura, en el más amplio y genuino sentido, desaparezca con la Inteligencia Artificial”

¿Qué palabras nuevas le gustaría incorporar al Diccionario de RAE?

Hay unas cuantas, pero prefiero y debo esperar a que se consoliden por el uso, pues en el Diccionario de la Lengua Española, publicado por la RAE y por la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), entran todas, por encima del gusto individual o las preferencias de los académicos. Las palabras son entes vivos que nacen, crecen y hasta desaparecen. Lo decía Horacio y lo ha suscrito la Academia en los prólogos de sus diccionarios y gramáticas desde hace tres siglos, teniendo en cuenta que el uso es el árbitro de las lenguas y el que hace que las palabras se conviertan finalmente en norma. Por eso, conviene que se afiancen antes de incorporarlas al Diccionario, teniendo en cuenta que este es labor conjunta de las veintitrés academias que integran la ASALE: desde Estados Unidos hasta Chile y Argentina, además de Filipinas y Guinea Ecuatorial.

En la era de la Inteligencia Artificial, donde una aplicación puede llegar a crear música o componer un relato, ¿qué futuro le augura a la literatura?

La literatura siempre ha creado mundos diferentes. En ese sentido, la informática y la inteligencia artificial influyen e influirán sin duda en las obras literarias. Estas se transformarán y hasta se crearán nuevos géneros, como ocurrió con la invención de la escritura y la de la imprenta, pero no creo que la literatura, en el más amplio y genuino sentido, desaparezca por ello. Ocurre sin embargo que debemos estar sobre aviso a la hora de entender la diferencia entre fines y medios, para no sucumbir ante todo lo que la IA nos ofrece a través de una cultura tecnológica automatizada. Me refiero al peligro de convertirnos en autores y receptores pasivos ante los medios tecnológicos, que hasta nos ofrecen un universo paralelo o metaverso ya construido. Por ello, creo que hay que educar para el buen uso de las tecnologías, sirviéndonos de sus avances, pero impidiendo que estas se sirvan de nosotros impunemente, como ya ocurre. Las Humanidades digitales ofrecen sin duda un panorama riquísimo e impensable hace unas décadas, pero hay que estar prevenidos a la hora de utilizar esos y otros medios virtuales como los GTP-3, Dall-E o Midjourney, sirviéndonos de lo que entendemos por inteligencia natural, así como del genio y del ingenio, que difícilmente nos trasladarán las máquinas.

“Creo sinceramente en un uso creativo de la memoria, que lamentablemente ahora quiere desterrarse de los programas educativos”

Si pudiera sentarse a tomar un café con Gracián, ¿sobre qué cree usted que hablarían?

Lo de vivir en conversación con los difuntos, que decía Quevedo, ya lo hacemos con la lectura, pues los clásicos nos leen y hasta nos adivinan. Con Gracián, llevo años en un diálogo permanente y enriquecedor por su agudeza y su profundidad. Aunque disfruto con san Juan de la Cruz, Cervantes, Machado, Augusto Monterroso y otros muchos autores de ahora, Gracián me ha enseñado sobre todo el valor de ser persona.

Sus obras invitan a la reflexión permanente y a un “pensar anticipado” -como él lo llamaba-, casi de adivino, pues El Criticón dibuja, a través de sus “crisis”, un panorama desolador que desgraciadamente se parece mucho al actual y que debemos entender y analizar con prudencia. Su Oráculo manual se ha convertido en signo y símbolo de la posmodernidad, sirviendo hasta en anuncios de coches, con el aforismo: “La pasión tiñe de sus colores cuanto toca”. Su traducción al inglés, para guía de ejecutivos, tuvo un éxito extraordinario, pues tiene avisos para cualquier ocasión. Que uno de ellos lo citara hace unos meses Elon Musk revolucionó las redes. No en vano el buen jesuita ya dijo en El Discreto: “Quieren algunos ser siempre los gallos de la publicidad, y cantan tanto que enfadan”. Pero habló también de lo saludable que es reír por dentro.

 

María de los Ángeles Ruiz Blasco