“En mis textos suele haber mucho humor, porque es la única forma de poder tragar ciertos temas que, de otra manera, serían indigeribles”
Multipremiada como directora y dramaturga, incluido un Premio Nacional de Literatura Dramática, Laila Ripoll (Madrid, 1964) lleva más de tres décadas dedicada al teatro. En este tiempo, ha liderado más de una treintena de montajes y escrito cerca de medio centenar de obras, que han sido traducidas a varios idiomas. Además, ha tenido tiempo para cofundar Micomicón Teatro, dirigir el Teatro Fernán Gómez de Madrid (2019-2023) y, desde 2026, está al frente de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, convirtiéndose en la segunda mujer que asume este puesto en 40 años de historia.
Tiene una larga relación con la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC): aquí cursó estudios y ha dirigido y versionado varios textos. Asumir la dirección, ¿supone un cierre de ciclo?
Significa mucho para mí. Como has dicho, mi conexión con la compañía es muy fuerte. Aquí me he formado y he hecho muchos trabajos, pero también he participado en la redacción de su estatuto y en la elección de varias generaciones de la Joven CNTC. He seguido todos sus pasos con mucho interés desde el primer estreno de Marsillach porque siempre me ha gustado mucho el mundo de los clásicos, y ahora recojo el testigo. Y eso es un gran honor, una alegría enorme, pero también implica una responsabilidad enorme.
¿Cuál es su proyecto para el Clásico?
Mi objetivo es afianzar textos clásicos que creo son muy importantes y deben representarse periódicamente, para que todas las generaciones tengan la oportunidad de conocerlos y disfrutarlos. Y, por otro lado, quiero ir descubriendo al público otras obras y autores hasta ahora no representados por la compañía, siempre teniendo muy en cuenta las necesidades de la sociedad, el cambio del canon y estando muy en contacto con el mundo académico y con los distintos públicos, para ser sensible a lo que cada uno de ellos demanda.
¿Qué títulos tiene claro que le gustaría se hicieran sí o sí en su mandato?
La temporada pasada ya hicimos Fuenteovejuna, que es uno de esos títulos canónicos imprescindibles; y acabamos de estrenar El caballero de Olmedo en Almagro, con el que pasa exactamente lo mismo. Al mismo tiempo, el año pasado hicimos El escondido y la tapada, de Calderón, que hasta ahora no se había representado en la compañía y, sin embargo, en su momento fue imprescindible. Y esta temporada hemos programado El amor enamorado, de Lope de Vega, que también es un texto que nunca se había hecho en la CNTC y que también considero esencial.
“Pertenezco a una larga tradición de denuncia a través de la mueca, que se remonta a Valle-Inclán y Quevedo”
¿Su idea es dirigir o versionar alguno de esos títulos?
El primer año preferí no hacer nada, porque quería enterarme bien de cómo iban las cosas y estar muy atenta a todo. Pero acabamos de estrenar en Almagro El caballero de Olmedo, con versión y dirección mías, y mi idea es reservarme un título por temporada a partir de ahora.
Ahora que habla de la nueva temporada, cuénteme qué ha programado para 2026-2027.
Abriremos temporada con El caballero de Olmedo; la séptima promoción de la Joven estrenará el que es su segundo montaje: El amor enamorado, de Lope, dirigida por Marta Pazos. Disfrutaremos de un espectáculo de Pepe Viyuela basado en El guitón Onofre, de Gregorio González, una novela picaresca prácticamente desaparecida, que él ha recuperado para hacer una fantástica versión teatral con el título de El pícaro perdido. Tendremos dos conciertos de folías con Jordi Savall, que hacía muchísimo tiempo que no venía a Madrid. Vamos a poder ver una coproducción con la compañía portuguesa Terra Amarela, Jardín de flores curiosas, un espectáculo inclusivo basado en textos del Renacimiento y del Barroco que hablan de seres extraordinarios, desde el hombre pez de Liérganes a sirenas y otras rarezas, que Magda Labarga ha recopilado para crear una dramaturgia que será representada por actores con algún tipo de discapacidad. También tendremos una coproducción con los canarios Unahoramenos, que representarán El anzuelo de Indias, una versión libre y caribeña de El anzuelo de Fenisa de Lope de Vega, que tiene una pinta estupenda… En fin, que hay mucho para elegir y para todo tipo de público.
Este año se cumplen cuatro décadas de la fundación de la CNTC, ¿lo van a celebrar de alguna manera especial?
Lo llevamos celebrando desde principios de año con un proyecto que hemos denominado 40 años, 40 voces. Hemos hecho 40 entrevistas a 40 personas muy vinculadas con la casa, desde exdirectores, a personal de todo tipo, actores, gente que llevaba trabajando aquí desde el principio y se jubila este año precisamente… con el objetivo de tener un testimonio grabado de nuestra historia, de todo lo que ha ocurrido aquí durante estas cuatro décadas de vida de la compañía desde distintos puntos de vista. Ha sido un proyecto muy bonito, porque esas entrevistas, extractadas, se han colgado en YouTube y en nuestra página web. Además, en colaboración con el Museo Nacional de Artes Escénicas, acabamos de inaugurar una exposición sobre estos 40 años, pero basándonos sólo en los montajes de Lope de Vega. Se llama Lope para todos y podrá visitarse hasta el 13 de septiembre en el Espacio de Arte Contemporáneo de Almagro, para luego trasladarse a La Comedia, a nuestra Sala Tirso de Molina, donde estará del 1 al 25 de octubre.

“Escribo de lo que me duele e interesa, de lo que me conmueve”
¿Cómo describiría la situación actual del teatro en España?
Creo que se produce una gran contradicción. A nivel de público, estamos viviendo un momento espectacular; es imposible encontrar entradas, porque se agotan enseguida. Otra cosa es el momento que viven las compañías, que es muy diferente: hay muchas ideas, se está haciendo muy buen teatro, pero tienen problemas de financiación y faltan circuitos donde exhibir sus montajes. Muchas de ellas viven un momento agónico, están echando el cierre y ya apenas quedan grupos con recorrido e historia. Pero no podemos olvidar que son estas compañías las que llevan el teatro a todas partes, incluidos pueblos pequeños y ciudades de provincia a los que no llegan los grandes espectáculos de Madrid o Barcelona. Y tampoco podemos olvidar que hacen montajes de mucha calidad, que también llevan al extranjero, exportando la “marca España”. Por eso, si las compañías no se pueden mantener, todo esto desaparecerá con ellas.
¿Es muy diferente este panorama del que existía cuando usted daba sus primeros pasos en el oficio?
Desde luego. Hemos ido a peor desde la crisis de 2008, que ya supuso un batacazo impresionante. Entonces, se produjeron recortes de los que nunca hemos llegado a recuperarnos y los circuitos de exhibición se han ido reduciendo. Nos han ido asfixiando cada vez más, hasta el punto de que muchas compañías históricas han ido cerrando y las nuevas no aguantan más allá de tres montajes.
Hablando del oficio, ¿cuándo tuvo claro que lo suyo era el teatro?
No tengo ni idea de cuándo sentí por primera vez ese veneno del teatro. Sólo sé que a los 20 años ya tenía clarísimo que quería dedicarme a esto y fue cuando me matriculé en la Resad, por lo que supongo que lo sentiría pronto.

¿En ese momento ya sabía que quería escribir y dirigir?
No, no, no. Eso es una cosa que se va descubriendo poco a poco. Yo quería hacer teatro. Es más, antes, la Resad no tenía ninguna de las especialidades que ofrece ahora; te preparaban para ser actor. Eso sí, yo escribía desde pequeña, aunque no se me pasaba por la cabeza que pudiera dedicarme a ello de una manera profesional. Pero a raíz de crear Micomicón Teatro, las necesidades de la compañía me fueron llevando por estos derroteros y fue aquí donde encontré mi sitio, sobre todo, escribiendo, que es donde más cómoda me siento.
¿Dónde encuentra la inspiración a la hora de ponerse a escribir?
Donde menos te lo esperas. Siempre tengo algo rondándome en la cabeza, una imagen, una idea, que me hacen investigar, tomar notas y, después, volcarlo en un papel. Por eso, no tengo ese miedo al folio en blanco, porque cuando me pongo a escribir ya tengo algo sobre lo que hacerlo.
¿Y cómo ha evolucionado su escritura desde su primer texto, La ciudad sitiada (1996), hasta ahora?
Ha evolucionado muchísimo. Ese título era una especie de oratorio laico, donde no había conflicto, y ahora he acumulado muchos años de oficio, que se notan en mis textos, aunque los temas que me preocupan siguen siendo los mismos, pero más elaborados y mejor construidos.
“Me gusta el género fantástico y siempre se cuela alguna presencia sobrenatural en mis obras”
¿Cuáles son esos temas que atraviesan su obra?
Escribo de lo que me duele e interesa, de lo que me conmueve. Hablo mucho de memoria, de historia; me gusta el género fantástico y siempre se cuela alguna presencia sobrenatural en mis obras (también porque la memoria tiene mucho que ver con los fantasmas del pasado). Pero, sobre todo, en mis textos suele haber mucho humor, porque creo que es la única forma de poder tragar ciertos temas que, de otra manera, sin ese aderezo, serían indigeribles. Y también porque es mi forma de ver la vida, porque soy hija de un país que maneja como nadie el humor negro. Pertenezco a una larga tradición de denuncia a través de la mueca; una tradición que se remonta a Valle-Inclán y Quevedo, dos de mis autores favoritos, cuyas obras tienen humor por arrobas; pero también a las pinturas de Goya, en las que veo mucho de ese humor negro que se parece tanto al mío. Resumiendo, diría que los tres vértices de mi triángulo creativo son: memoria, presencias sobrenaturales y humor.
¿Y qué le duele a Laila Ripoll?
Me duele lo que está pasando en Palestina, todos los conflictos que hay ahora mismo en el mundo, la violencia, las injusticias, el abuso de poder; y, sobre todo, me duele muchísimo la desmemoria.
¿Cómo lleva las críticas?
Procuro no hacer caso ni a las buenas ni a las malas críticas, porque no quiero que me paralicen. Creo que lo importante es estar satisfecha con tu trabajo, porque yo ya soy muy exigente con lo que hago y con el tiempo he aprendido a no tener miedo a equivocarme. Eso sí, suelo escuchar los consejos de la gente con la que tengo mucha confianza y de la que valoro su opinión.
En los últimos años, ¿qué montajes o interpretaciones le han tocado el corazón?
Hay dos montajes de este año que me han emocionado especialmente: Una noche sin luna, de Juan Diego Botto, y Gula, de Oriol Pla. Dos cosas muy diferentes, pero que al verlas sales trasformado, sales distinto.
Muy Personal
Aunque tiene antecedentes artísticos familiares (es hija del realizador y director de televisión Manuel Ripoll y de la actriz Concha Cuetos), confiesa que no tiene muy claro cuándo entró en ella el veneno del teatro, pero sí que leía a los clásicos y le gustaba escribir desde bien pequeña. “Antes de cumplir los 10 años ya leía a Shakespeare. Comencé a leer y escribir muy pronto”, relata. Ahora escribe sobre lo que duele y le conmueve; principalmente sobre verdades incómodas y heridas de un pasado sin curar, como los españoles abandonados en los campos de Mauthausen o las personas con discapacidad exterminadas en las primeras cámaras de gas nazis. Eso sí, siempre desde el humor, un humor negro típicamente español, que bebe de Valle-Inclán, de Quevedo, de Buñuel y hasta de las pinturas de Goya. Y, echando mano de esa forma suya de ver el mundo nos responde a tres preguntas:
Un vicio o una manía confesables.
El tabaco. Porque, aunque llevo 17 años sin fumar, todavía lo llevo fatal. Creo que es el peor vicio que uno puede tener.
Su mayor miedo.
Que le pueda pasar algo malo a la gente que quiero.
¿Cómo le gustaría ser recordada?
Me conformo con ser recordada. Eso ya sería suficiente para mí.
Gema Fernández














