Considerado patrimonio cultural de Austria por la Unesco, este Coro entusiasmó al público a su paso por el Auditorio Nacional de Madrid.


Los famosos niños cantores están de gira una vez más para conmemorar el 525 aniversario de su creación cantando con la orquesta filarmónica de Viena y el coro de la ópera estatal famosa en la capilla imperial. Sin dejar de mencionar que desde 2004 se ha creado las niñas cantoras de Viena (así lo hicieron estas el día del reciente concierto de año nuevo), este coro está compuesto por 100 niños cantantes de entre 9 y 14 años divididos en cuatro coros. Cada coro pasa unas diez semanas al año de gira interpretando unos trescientos conciertos al año.

En el Auditorio Nacional se presentó uno de estos coros, precedido de enorme expectación, a las órdenes del joven y animoso director italiano Manolo Cagnin, que disfruta actuando con ellos, les presta toda la atención, los dirige con mano férrea y guante de seda y consigue que su variado y largo concierto no desmaye en ningún momento. Por cierto, uno de los niños componentes del coro se indispuso en la primera mitad y tuvo que perderse el resto de la función. Valga esto como anécdota.

Una canción italiana cerró el apoteósico concierto que electrizó materialmente al público que ya estaba entregado antes de entrar a la sala

Los niños se dividen en dos bloques dependiendo de la edad, estatura y la riqueza de sus timbres. Lo cierto es que suenan maravillosamente, no gritan –cuestión esta esencial para inmediatamente saber que tienen una buena escuela-. Desarrollaron un programa muy variado y lleno de sorpresas que abundaban conforme se avecinaba el final. Comenzaron con Mozart (Pequeña serenata nocturna) donde las voces imitan a los instrumentos para acabar en los hermanos Strauss (polkas y vals de las golondrinas), pasando por obras de Schubert y hasta de Morricone, la mayoría de ellas famosas. Los niños no solo cantaron sino que algunos de ellos efectuaban una leve percusión con bombo, pandereta, triángulo, otras veces violín y hasta guitarra en una de las canciones de propina en español para que el público se animara a cantar la rondalla de clavelitos de nuestra famosa tuna. El director, atento a las voces, fiato, ritmo y afinación (daba las notas del tono al piano antes de que empezaran a cantar a capella) lo mismo acompañaba que vibraba con las alegres partituras haciendo posible que no decayera la atención en ningún momento. Una canción italiana cerró el apoteósico concierto que electrizó materialmente al público que ya estaba entregado antes de entrar a la sala. De esto debo hacer una reflexión: cuando la infancia canta, toca o baila existe por naturaleza una comprensible benignidad y admiración ciega porque parece que se debe estudiar muchos años para llegar a hacer lo que los niños hacen con total facilidad y la tendencia a la benevolencia es inevitable. Pues bien, en el caso de los niños cantores solo tienen de niños la edad, pero ha llegado a tener tal escuela que les convierte en magníficos profesionales y como tal deben ser juzgados y admirar cuanto de bueno hay detrás de sus blancas y angelicales voces.

 

Javier Navarro