De acuerdo con las estadísticas oficiales, el número de estudiantes universitarios ha pasado, entre el curso 2008-2009 y el curso 2018-2019 de 1,4 millones de estudiantes a 1,3. El profesorado, en cambio, ha pasado de 118.000 (curso 2015-16) a 142.000 (2023-24). Tenemos las mismas universidades públicas que hace 20 años (59), pero entre el año 2006 y hoy se han duplicado. De manera que tenemos menos alumnos, más profesores y más universidades privadas.
Yo creo que, en todo el mundo, en Europa y también en España, muchos especialistas se están preguntando por la calidad de la educación, por su adecuación al mercado laboral y por la influencia de la Inteligencia Artificial en el mundo de la educación. Nadie cree que la calidad haya mejorado en las últimas décadas, ni que la universidad forme los profesionales que empresas y sociedad necesitan.
En cuanto a la Inteligencia Artificial, estamos en el momento de explosión de esta nueva tecnología, ante la que, básicamente, estamos todos aterrorizados. Sabemos que la IA va a sustituir muchos empleos, va a crear mucha riqueza, y va a suponer una disrupción como la humanidad no ha visto desde hace cientos de años.
Cuando las aguas políticas se calmen y volvamos a una normalidad razonable, el asunto de la educación en general y la universidad en particular tienen que ser abordados desde el punto de vista de la universidad pública, que supone un esfuerzo económico extraordinario para la sociedad y tiene que estar íntimamente relacionada con el trabajo y la investigación.
En el Reino Unido es costumbre, en estas situaciones, constituir las llamadas “Royal Commission”. Se trata de escuchar la opinión de expertos, personas del sector y políticos de todas las orientaciones con la finalidad de diagnosticar la situación y prescribir las soluciones adecuadas.
Ningún regulador sabe lo que el mercado de trabajo va a necesitar sólo dentro de cinco años. Es imprescindible dejar que el mercado facilite las soluciones que nuestros alumnos necesitan
Ello supone actuar como adultos y admitir, para empezar, que tenemos un problema. Nuestras universidades no están entre las mejores del mundo, y nuestros mejores estudiantes buscan centros extranjeros donde encontrar la excelencia que aquí no encuentran. Si hace 40 años se trataba de dar acceso a la universidad a quien quisiera, hoy se trata de algo completamente diferente y, en alguna medida contradictorio.
En nuestra sociedad, la adquisición de conocimientos es más fácil y rápida que en ningún momento de la historia. Esa es una necesidad que las administraciones públicas no tienen que ayudar a remediar. Lo que ahora necesitamos es una regulación que busque la calidad. La regulación universitaria, como tantas otras, es rígida, uniformadora y anticuada. Pretende definir un modelo al que toda universidad tiene que adherirse. Es exactamente lo contrario de lo que necesitamos. Necesitamos flexibilidad, pluralismo en medios y objetivos y una mirada que no siga anclada en el siglo XIX, sino que se oriente al futuro.
Ningún regulador sabe lo que el mercado de trabajo va a necesitar sólo dentro de cinco años. Es imprescindible dejar que el mercado facilite las soluciones que nuestros alumnos necesitan. Hace mucho tiempo que nadie cree que la preparación de un graduado sea el que refleja un expediente administrativo, y las empresas han desarrollado métodos para constatarlo. Lo que necesitamos es un mercado con empresas que compitan por ofrecer la mejor calidad a quien está dispuesto a sacrificarse.
Una sola reflexión sobre la IA. La historia de la humanidad nos ofrece momentos como este, en el que una nueva tecnología parece cambiar todos nuestros paradigmas. Ante esta irrupción, caben dos actitudes: la de quienes comprenden que la revolución es inevitable, y que hay que aprovechar todo lo que nos ofrece, y la de quienes se niegan a aceptar la realidad, se esconden, y piensan que es mejor negarse a lo nuevo, ante los riesgos que comporta.
Desgraciadamente, la Unión Europea, y también España, tienen la segunda actitud. Déjenme decirles que no habrá regulación que impida la llegada de la IA, con lo bueno y con lo malo que traerá consigo. En vez de negarnos a verlo, intentemos convertirnos en el centro de lo que pasa en el mundo. No permitamos que nuestros estudiantes tengan que irse fuera para comprobar el enorme avance civilizatorio que va a suponer la Inteligencia Artificial.
Creemos una Royal Commission, estudiemos el asunto, y decidamos qué hacer para que tengamos las mejores universidades. Ojalá.
Pilar García de la Granja












