No hay mal que por bien no venga. El mal fue una vez más el trato otorgado por el presidente Donald Trump a sus aliados europeos. No les informó de que iba a emprender una guerra contra Irán que tendría consecuencias negativas para sus economías, empezando por la inflación, e incluso para miles de sus ciudadanos atrapados durante días en países del Golfo de los que no podían salir.

Este último menosprecio se añade a otros muchos desde que Trump regresó a la Casa Blanca en enero de 2025. Abarcan desde la imposición de aranceles arbitrarios hasta la amenaza de adueñarse de Groenlandia pasando por negociar a solas con su homólogo ruso, Vladimir Putin, el futuro de un país europeo como lo es Ucrania.

Enfrascado en una guerra que ha adquirido proporciones imprevistas, Trump acabó, sin embargo, pidiendo apoyo, el 16 de marzo, a esos socios europeos a los que había ignorado. Quiso que le ayudaran a restablecer la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz bloqueado por Irán. “No” fue la respuesta que obtuvo, por lo menos mientras las armas no se hayan silenciado. “Nunca le he visto tan furioso”, comentó el senador republicano Lindsey Graham al observar la reacción del presidente.

Trump dijo que al denegarle la ayuda la OTAN era “cobarde” y prometió que “no olvidará” lo sucedido. El Tratado del Atlántico Norte no obliga a los socios europeos a pelear a su lado contra Irán. Si el llamado vínculo transatlántico estaba ya debilitado, la guerra en Oriente Medio lo ha resquebrajado aún más. Y Europa sigue, pese a todo, dependiendo en gran medida de EE UU para su defensa

Ese “no” cuasi unánime puso fin la cacofonía con la que el Viejo Continente reaccionó cuando EE UU e Israel iniciaron, el 28 de febrero, su ataque a Irán. En las primeras horas la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von Leyen, y el del Consejo Europeo, Antonio Costa, casi se contradijeron. Entre los 27 Estados miembros hubo un amplio abanico de reacciones desde el presidente Pedro Sánchez, el más crítico, hasta el alemán Friedrich Merz, el más complaciente aunque sin llegar a los extremos del húngaro Viktor Orban.“Esta no es nuestra guerra”, acabó, sin embargo, declarando el ministro alemán de Defensa, Boris Pistorius. Desde entonces este es el leitmotiv de la UE. Aún así, con la excepción de España, los europeos han permitido a EE UU utilizar sus bases para “fines defensivos” en la guerra. Las potencias europeas que, como Reino Unido y Francia, tienen acuerdos militares con emiratos del Golfo les ayudan además a mitigar la eficacia de los bombardeos iraníes. Hasta una fragata española, la Cristóbal Colón, se ha unido al grupo de combate del portaaviones francés Charles de Gaulle para proteger a Chipre, el más oriental de los países de la UE.

Esta cuasi unanimidad que se ha ido forjando en la repulsa de los europeos ante la guerra contrasta con la discordia que hubo en las filas de la UE cuando el presidente George Bush inició, en 2003, la invasión de Irak para derrocar al régimen de Saddam Hussein. Algunos, como el Reino Unido, se embarcaron en esa aventura militar mientras otros, como Francia y Alemania, la criticaban con dureza. España cambió de bando con la sustitución en 2004 del presidente José María Aznar por José Luis Rodríguez Zapatero.

Trump dijo que al denegarle la ayuda la OTAN era “cobarde” y prometió que “no olvidará” lo sucedido. El Tratado del Atlántico Norte no obliga a los socios europeos a pelear a su lado contra Irán. Si el llamado vínculo transatlántico estaba ya debilitado, la guerra en Oriente Medio lo ha resquebrajado aún más. Y Europa sigue, pese a todo, dependiendo en gran medida de EE UU para su defensa.

Europa está, sin embargo, aprendiendo a caminar sola. Las amenazas de Trump de dar un portazo a la OTAN ya no surten efecto atemorizador. El grueso del apoyo militar y financiero a Ucrania lo brindan ahora los europeos sobre los que también recae buena parte de la labor de inteligencia. Sus presupuestos de defensa crecen a buen ritmo en paralelo al desarrollo de su industria armamentística. Se está gestando en la UE un núcleo duro de Estados miembros dispuestos a ahondar su cooperación militar. Ocho países están interesados en compartir la disuasión nuclear de Francia como ofreció el presidente Emmanuel Macron. Todo es para el Viejo Continente el lado menos malo, casi positivo de la guerra en curso contra Irán.

Ignacio Cembrero