España ha sido una de las grandes impulsoras de la universidad en el mundo. Y, posiblemente, uno de los mejores ejemplos de esta inyección de desarrollo universal ha sido la etapa del descubrimiento de América y el nacimiento de la Escuela de Salamanca en pleno Siglo de Oro. La Escuela de Salamanca supuso un avance difícil de igualar en el estudio de los derechos humanos y la defensa de la libertad.
En pleno desafío histórico tras la llegada de España a América, teólogos y juristas de esta escuela de pensamiento desarrollaron el Ius Gentium (Derecho de Gentes), sentando las bases del derecho internacional moderno como esencia de la protección de la dignidad humana y la libertad. Este corpus doctrinal no sólo dotó de armazón intelectual al descubrimiento, sino que ubicó a la dignidad intrínseca del ser humano como eje central del desarrollo jurídico y social en el Nuevo Mundo.
Durante los siglos XVI y XVII, las universidades españolas -con Salamanca, Coímbra y Alcalá de Henares a la vanguardia- se convirtieron en epicentros de una auténtica revolución intelectual tan profunda como, por desgracia, ignorada durante mucho tiempo. La Universidad de Salamanca, en particular, sirvió de incubadora de toda una corriente de pensamiento que transformaría la filosofía jurídica occidental. Así nació la Escuela de Salamanca.
El punto de inflexión del pensamiento salmantino va indisolublemente unido a la figura del dominico Francisco de Vitoria. A través de sus famosas lecciones o Relecciones (especialmente De Indis, 1539), Vitoria desmanteló los denominados títulos justos tradicionales -que respaldaban la sumisión forzosa de los nativos americanos- para dar paso al reconocimiento de su dignidad humana. Eran hijos de Dios. Y, como tales, dotados de dignidad humana, protección legal y, por supuesto, libertad.
Durante los siglos XVI y XVII, las universidades españolas -con Salamanca, Coímbra y Alcalá de Henares a la vanguardia- se convirtieron en epicentros de una auténtica revolución intelectual tan profunda como, por desgracia, ignorada durante mucho tiempo. La Universidad de Salamanca, en particular, sirvió de incubadora de toda una corriente de pensamiento que transformaría la filosofía jurídica occidental. Así nació la Escuela de Salamanca
La premisa base era rotunda: los indígenas eran seres racionales e hijos de Dios y, por ende, legítimos dueños de sus tierras. Y desde ese punto, Vitoria formuló el concepto moderno de Derecho de Gentes (Ius Gentium), una ley de naciones que regularía las relaciones entre comunidades políticas independientes sobre la base de la igualdad jurídica natural.
Melchor Cano, por su parte, avanzó en la sistematización del método teológico. Cano defendió que la revelación divina debía aplicarse a la realidad histórica y política, dotando a la Escuela de Salamanca de un rigor metodológico que permitía juzgar éticamente las acciones en las Indias.
Discípulo directo de Vitoria, Domingo de Soto avanzó en la defensa de los derechos individuales con su obra De iustitia et iure (1553): la libertad es un derecho natural intransferible, argumentó como base de la lucha contra la esclavitud. Francisco Suárez defendió –De legibus (1612)- que Dios otorgaba el poder al pueblo, y éste lo delegaba en el gobernante. Y Martín de Azpilcueta -pionero de la Teoría Monetaria- o Luis de Molina -defensor de la propiedad privada y el libre comercio- terminaron de dar armazón a las tesis económicas.
Todo un avance que dejó constancia del poderío intelectual español. En defensa de la libertad, del derecho internacional y de la más pura defensa de la libertad del ser humano.
Carlos Cuesta











