Cuando yo era niña, en todas las casas había una vajilla de Duralex. Era la vajilla en la que toda la familia comía a diario. No se trataba de modelos especialmente bonitos ni elegantes, ni falta que hacía. Se trataba de que resistieran en hogares con muchos más niños que hoy, con abuelos integrados en la vida familiar y con la necesidad de que las cosas duraran por encima de cualquier otra consideración.
Hace unos años, Duralex quebró. A muchos españoles nos entristeció la desaparición de un fabricante que había marcado nuestra infancia y una marca inconfundible. Hace un par de años, sin embargo, Duralex se constituyó en cooperativa y hoy sigue fabricando vajillas resistentes para el uso cotidiano.
He pensado en Duralex al contemplar la multitud de artículos y reflexiones que ha suscitado el hecho de que nuestra Constitución de 1978 alcanzara un récord: convertirse en la constitución que más tiempo ha estado en vigor en toda nuestra historia. No es una hazaña menor. Nuestra atribulada historia política nos ha legado numerosas constituciones, la mayor parte de las cuales no superaron unos pocos años de vigencia. La más duradera fue la de 1876, vigente hasta 1923, pero con tantos sobresaltos que su vigencia formal y la real son muy distintas.
La Constitución de 1978 es, pues, la más longeva de nuestra historia. Este hecho inédito merece alguna reflexión sosegada. Según los analistas más rigurosos, no es un texto técnicamente perfecto, ni políticamente coherente en todos sus extremos, ni históricamente bien rematado. Es una constitución con imperfecciones notables, con soluciones adoptadas por imperativos del momento y sin la debida perspectiva de futuro. Tampoco puede sorprender: fue redactada en un contexto de urgencia democrática, con actores políticos de muy distinta procedencia y bajo la presión de una transición que exigía acuerdo antes que perfección. Los ejemplos de estas limitaciones son numerosos, pero me permitirán apuntar solo dos de plena actualidad: ¿cómo es posible que no exista mecanismo alguno que impida una legislatura completa sin presupuestos? ¿Qué diseño institucional permite que un Tribunal Constitucional avale una amnistía?
No es la mejor de las constituciones posibles, ni la más elegante en su factura; tiene problemas indudables y carece de elementos que hoy sabemos necesarios. Pero ya ha durado más que ninguna otra y seguirá durando. Porque ofrece un marco razonable. Porque ensaya fórmulas nuevas de las que se derivan tanto problemas como soluciones. Porque reconoce instituciones que podrían ser mejores, pero que son suficientemente sólidas
Y, sin embargo, ahí está. No es la mejor de las constituciones posibles, ni la más elegante en su factura; tiene problemas indudables y carece de elementos que hoy sabemos necesarios. Pero ya ha durado más que ninguna otra y seguirá durando. Porque ofrece un marco razonable. Porque ensaya fórmulas nuevas de las que se derivan tanto problemas como soluciones. Porque reconoce instituciones que podrían ser mejores, pero que son suficientemente sólidas. Porque, con todo, diseña un régimen democrático con tres poderes diferenciados que responden ante los ciudadanos. Y, sobre todo, porque los españoles llevamos décadas demostrando que sabemos discrepar sin violencia, debatir sin imponer y afrontar los problemas comunes mirando hacia adelante, no hacia atrás.
Eso es lo que importa subrayar. Hay actores políticos empeñados en enfrentarnos, mientras otros nos convencen de que todo lo heredado es defectuoso o inservible. Yo no comparto ninguna de las dos posiciones. Tenemos una constitución perfectible y una sociedad mejorable, pero contamos con los mimbres suficientes para construir de nuevo una sociedad próspera, alegre y optimista, como la que sostuvimos durante más de treinta años. Resistente, en definitiva, como la vajilla Duralex.
Pilar García de la Granja












