El autor hace un recorrido por la temporada musical madrileña, desde El Mesías de Haendel hasta el recital antológico que el pianista Grigory Sokolov ofreció en el Auditorio Nacional, pasando también por el estreno de la ópera El pintor, sobre la vida de Picasso, y del musical de Kurt Weil, Street scene, que también era novedad en Madrid.


Como puede comprobar el lector, hacía tiempo que no frecuentaba las páginas de la revista. No se debe a mi pereza en este caso ni se puede achacar al editor, sino a los acontecimientos colegiales causados por las últimas elecciones a la Junta de Gobierno que provocaron el retraso del último ejemplar, del que no se me dio el oportuno aviso y cuando me llamaron para aportar alguna noticia musical relevante yo me encontraba en medio de los trámites de toma de posesión de mi nuevo destino en Madrid, previo cese en el anterior donde desarrolle mi actividad profesional durante ocho años.

Pido al lector que me permita una digresión de actualidad que no es de índole musical. He vuelto de mi destino en tierras catalanas con la tristeza que me produce la situación de crisis actual. Mi percepción de Cataluña no es solamente la de una tierra bella, preciosa y de hondas e intimistas sensaciones sino la de sus gentes, corteses amables discretas y de correctísimo trato. No hablo de política sino de trato personal. Como en mi caso no tengo más que motivos de alabanza para la gente que ha trabajado conmigo muchos años, puedo decirlo sin rubor y sirvan estas líneas de brindis -con cava catalán, por supuesto-, para una mejora lo más pronta posible de la desasosegada realidad. Mi recuerdo a todos los que colaboraron codo con codo conmigo y en especial a Joan en Santa Coloma y a David Aguaviva y a Joan Llunell que me ayudaron a maquetar y pulir los artículos que para esta revista enviaba desde allí dada mi torpeza informática, que con los años se va haciendo crónica.

Ahora retomo el terreno musical y mi retorno a Madrid me ha permitido que, aun llegando a la capital en plena temporada, haya podido embarcarme en alguna ópera y concierto suelto, que es lo que nos trae hasta aquí, y de los que quiero dar somera cuenta porque oportunidades habrá de profundizar más en unos que en otros.

EL MESÍAS DE HAENDEL

Mi camino comenzó con El Mesías de Haendel dirigido por una directora china, Xian Zhang, de enérgico trazo y tempo atinado pero que adoleció del gravísimo defecto de cortar inmisericordemente -quizás por no alargar la obra en función de abono-, prácticamente casi una hora de la partitura que se despachó con los números conocidos en manos de solistas y entusiasmo del coro que aquí salió con notable. Dejando aparte la manía al uso de la mayor de las extravagancias en el attrezzo de los solistas (el barítono lleva traje de calle, la contralto se nos asemejaba a una cantante de rock y la soprano gesticulaba y bailaba ciertas partes del coro con el mayor de los descaros) su presencia y actuación fue de lo más destacable empezando por Sonia Prina, contralto de magnifica voz capaz de sortear los escollos de respiración de ciertas arias con pasmosa facilidad. El barítono de origen chileno, Christian Senn, perfeccionó dos de sus arias con más que correctísimo fraseo y estilo, cumpliendo tenor y soprano junto con orquesta y coro, bien llevados por la directora.

Pocos días después una Bohéme en el Teatro Real que podría codearse con cualquier otra versión sin desmerecer. Brillaron los protagonistas (me refiero al primer reparto) Stephen Costelo y Anna Hartig, muy bien secundados por el resto de papeles con la excepción de Musetta, de bella estampa y notable actriz pero de flojos medios y discreto canto. Destacó el Shaunard de Joan Martín Royo. El montaje ayudó al éxito rotundo pues es hora de que con motivos y vestuario tradicionales se utilicen los medios del teatro para cambiar decorados y escenas que logren un adecuado ambiente.

La rutilante y discreta Mitsuko Uchida ofreció un memorable recital dedicado a Schubert con tres de sus sonatas. La concertista fue pasando por los pentagramas difíciles y agotadores de ciertos tiempos de las sonatas 20 y 21 del autor con facilidad y equilibrio perfectos sin afectación y con impresionante seguridad. En mi opinión podría haber escogido un programa más ligero. Cantó los temas de los movimientos con una exactitud adecuada al terremoto de los pentagramas y salió más que airosa a sus años pues no se notó fatiga en el desarrollo de las obras. En definitiva impartió una lección magistral en toda regla.

Después, el director titular de la Orquesta Nacional se atrevió con la Pasión de San Mateo de Bach. Se rodeó de unos magníficos solistas, encabezados por el evangelista de Michael Schade y Jesucristo del barítono Christian lmmler que interpretaron sus papeles sin mancha. El primero de sobresaliente. Los secundaron los roles de arias, la contralto Paula Murrihy, el tenor Samuel Boden y el barítono Neal Davies entre los más que notables, quedándose atrás la soprano Silvia Schwartz. A esta última debe disculpársele pues fue llamada en el último momento para sustituir a la que estaba programada. La Orquesta Nacional supo estar a la altura de las circunstancias, sin ningún fallo en las aportaciones al contrapunto de los distintos números de la larga obra; violines, oboes, fagots, flautas, cello, etc., no lo pudieron hacer mejor. Sin embargo el coro se descentró en algunos números y no acabó de estar metido de lleno en la magna obra. Del director diré que consiguió párrafos bellísimos pero le faltaron, a mi humilde entender, ensayos, visión de conjunto y tempo adecuado, tendente a cierta inoportuna lentitud.

Volvió la ópera con la esperada representación de la obra del americano Jake Heggie, Dead Man walking, sobre el conocido tema, película incluida, de la hermana monja que ayuda al consuelo de un preso condenado a la pena capital en los momentos anteriores a su ejecución en el corredor de la muerte. No defraudaron para nada las expectativas de la angustiosa trama, con una espléndida actuación de la protagonista, Joyce di Donato, mezzo americana de maravilloso registro y espectacular línea de canto que, metida de lleno en el papel, consiguió sobrecoger al espectador. Le arroparon cuidadosamente especialistas, cantantes y director, dirección de actores y niños con eficacia en un montaje veraz asfixiante, pero nada incómodo ayudándose de videos retrospectivos de la aridez de la Luisiana norteamericana. El conjunto fue excelente destacando el barítono Michael Mayes, protagonista también junto a María Zifchak y la soprano de color Measha Brueggergosman.

ESTRENO

Prácticamente a la par se estrenaba mundialmente otra ópera, esta vez de un español, Juan José Colomer, con libreto de Albert Boadella, titulada El pintor, sobre la vida de Picasso, en los Teatros del Canal. Agotadas todas las localidades se creó la suficiente expectación: la duración no era menor (casi tres horas para tres actos relativamente cortos). Hay que decir que resultó muy agradable e interesante la experiencia pues la obra sin ser atonal combina ciertos tintes tradicionales con superposición de tonalidades y armonías más contemporáneas a medida que avanza la representación. Fantástico montaje, buenos cantantes empezando por el pintor protagonista Alejandro del Cerro, Belén Roig y Josep Miquel Ramón. Mi impresión es que habría que volver a escucharla y dedicarle más tiempo a subrayar pasajes de orquesta y coro, que quizás por falta de algún ensayo o por lo escaso de las tres funciones no se pudieron apreciar en su justa medida. El libreto de Boadella, inteligente, dejaba traslucir su esfuerzo de adecuarse a las exigencias de resumen que supone siempre fabricar una ópera. Enhorabuena por la apuesta del Real.

Vamos finalizando. Cambiamos de ambiente por un momento y nos vamos a la orquesta Filarmónica de Múnich que vino a Madrid a las órdenes de Pablo Heras Casado, con Javier Perianes de solista para el concierto número 3 de Bela Bartok para piano y orquesta. Siendo el menos frecuente es una maravilla fruto de la madurez del compositor. Perianes lo supo entender en inteligente conjunción con la orquesta que le replicaba y acabó en éxito, merecidamente valorado por el auditorio, lo que le llevó a regalar una página de Chopin, de impecable ejecución. Antes, la sinfonía número 50 de las de Haydn. La orquesta no acabó de entrar en la partitura hasta avanzado el tercer tiempo. Después, una espléndida versión de la sinfonía séptima de Dvorak, donde pudo lucir la orquesta su categoría y sonido, empaste y calidad insuperable como instrumento. Pablo Heras Casado la dominó ante un público entusiasmado.

Breve comentario ya, casi para acabar de la ópera (mejor dicho, un musical) de Kurt Weil, Street scene, que también era novedad en Madrid. Todo el conjunto fue de matrícula. Nos transportaron a los mejores tiempos de Broadway y a la inmediata aparición en la memoria de la ópera Porgy and Bess. Los factores de la maravilla llevaban el sello americano de la perfección junto a la más aparente sensación de normalidad. Voces magnificas, música entretenidísima y actores y orquesta como en los mejores tiempos. Hasta ahora, lo mejor de la temporada del Teatro Real.

RECITAL ANTOLÓGICO

Y ya me tengo que ir porque si no, nadie me volverá a leer por pesado en bastante tiempo. Lo que sucede es que lo mejor siempre es al final y para este artículo no podría ser menos. El pianista de San Petersburgo Grigory Sokolov, del que ya he escrito alguna vez en esta revista, acaba de pasar por el Auditorio Nacional con un recital, que como todos los suyos, fue de antología. Tres sonatas de Haydn y cuatro impromptus de Schubert. Las sonatas de Haydn son cortas, en general, como sus sinfonías, pero son cada cual, perlas magnificas que hay que saber tratar. Sokolov, perfectamente concentrado, hace una creación de ellas con una perfección en los ataques fuera de serie y logrando un sonido cabal, equilibrado, sin salirse del estilo y con concepción global de las obras de principio a fin, destacando cada parte del discurso con ayuda eficacísima de los pedales y métrica exacta. De los impromptus de Schubert se ha escrito mucho y son muchas las referencias. La aparente facilidad de las obras, su construcción a modo de sonatas, sus cándidas y encantadoras melodías envueltas en temperamentales cambios de tercio, hacen que muy pocos puedan obtener un resultado óptimo siendo muchos los que los interpretan y muy bien pero se quedan en un lugar plano, con rituario romanticismo. Pues bien, Sokolov les dio vida propia y demostró que es, hoy por hoy, uno de los mejores pianistas del mundo.

Hasta pronto.