“Alfonso XIII no pudo ser el rey de todos los españoles”


Historiador y catedrático de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense de Madrid, Javier Moreno Luzón es especialista en la vida política de la España contemporánea. Ha publicado múltiples trabajos sobre clientelismo, elecciones y parlamento, liberalismo, monarquía y nacionalismo, como Progresistas. Biografías de reformistas españoles, Los colores de la patria. Símbolos nacionales en la España contemporánea o Centenariomanía. Conmemoraciones hispánicas y nacionalismo español. En su último libro, El Rey patriota. Alfonso XIII y la nación, por el que se le concedió el Premio Nacional de Historia de España 2024, estudia la figura del monarca desde un punto de vista inédito: el de las relaciones entre monarquía e identidad nacional.


Quizá podríamos comenzar hablando de tu visión de Alfonso XIII en su lecho de muerte, con la que comienza El rey patriota, una escena empapada de lo que llamas patriotismo providencialista.

Siempre me ha parecido que, al escribir una biografía, el relato de la muerte del personaje es un buen comienzo, porque permite hacer balance de su vida, o señalar algunos de sus rasgos perdurables, para luego ir hacia atrás, hasta sus inicios. Como en una película. En el caso del conde de Romanones, a quien dediqué mi tesis doctoral, su entierro me sirvió para mostrar su enorme poder, tanto en Madrid como en su cacicazgo de Guadalajara. Un recurso narrativo que me gusta.

Me impresionó el final de Alfonso XIII en el exilio, agonizante en un hotel de Roma y obsesionado con la llegada de un manto de la virgen del Pilar. Ahí se ve bien cómo un hombre relativamente joven y poco respetuoso a lo largo de su trayectoria con la moral católica, pero ya muy enfermo, se aferró a la religión en sus últimos momentos, y lo que implicaba ese refugio en términos políticos: la identificación de España, que no se le caía de la boca, con la fe, un nacional-catolicismo que había marcado buena parte de su reinado y que entonces, en 1941, representaba la dictadura de Franco que él mismo había respaldado.

Vamos pues a los inicios. ¿Cómo fue su formación? ¿Qué significó el entorno palaciego en el que creció, su madre viuda y su tía Isabel, el mundo cortesano?

Esta figura tiene una característica casi única: nació rey, como hijo póstumo del anterior monarca, Alfonso XII. De hecho, se esperó a que naciera para decidir quién reinaría, si su hermana mayor, en caso de ser una niña, o él mismo, si era niño. Porque se pensaba que un varón era mejor que una mujer. Eso condicionó todo lo demás. Su madre la regente María Cristina, protectora y a la vez muy estricta, preocupada por su fragilidad física, decidió todo lo relacionado con su educación, sin escuchar a nadie. Con ella tuvo una relación edípica. Su tía la infanta Isabel, la Chata, empleó su autoridad en palacio para mimarlo hasta extremos ridículos: se acostumbró a mandar desde pequeño. Y luego moldeó la corte a su gusto.

Sus profesores fueron, sobre todo, militares y clérigos, que le inculcaron una visión muy tradicional de la monarquía española. Por un lado, se miraban en el ejemplo de las glorias imperiales y católicas de los siglos XVI y XVII, que había que recuperar. Por otro, le convencieron de que el destino de la patria, por voluntad de Dios, dependía de sus propias acciones. Me gusta llamar a Alfonso XIII teenager del Desastre, porque vivió la pérdida de las colonias de Ultramar, en 1898, como un drama nacional, una humillación de la que culpaba a los políticos, lo mismo que los oficiales que lo rodeaban. Así que se propuso regenerar España, como decía en sus diarios, sacarla del atraso, como un monarca muy activo. De ahí lo de rey patriota. 

“El rey patriota se fundía con España a través de las herramientas de una monarquía escénica”

Alfonso XIII fue, según cuentas, algo más que un árbitro en la vida política española, desde las crisis orientales de 1902-1907 hasta la dictadura de Primo de Rivera. Y fue también un rey soldado, ¿no?

La Constitución vigente entonces, la de 1876, como otras parecidas en la Europa de aquel tiempo, daba al rey un enorme poder: encabezaba el gobierno, condicionaba el funcionamiento de las Cortes, le hacía jefe del ejército y le atribuía la dirección de la política exterior. El jovencísimo Alfonso XIII, al cumplir 16 años y llegar a la mayoría de edad en 1902, asumió esas funciones con un enorme entusiasmo, y por eso provocó más de una crisis de gobierno, al chocar con sus ministros. Eran las “crisis orientales”, por el palacio de Oriente y porque a algunos críticos les recordaban las costumbres del Imperio Otomano.

Estaba encantado de intervenir, aunque en realidad su capacidad de influencia dependió de los partidos monárquicos, el Conservador y el Liberal, que se alternaban en el mando. Cuanto más divididos estaban, más cancha dejaban al inquieto Alfonso; si se unían en torno a jefes fuertes, el margen de maniobra de la corona se reducía. A lo largo del reinado, la fragmentación de los partidos se hizo endémica, así que el rey adquirió cada vez más protagonismo. Hasta que dio su consentimiento al golpe de Estado de Primo de Rivera, lo cual, paradójicamente, le obligó a compartir decisiones con el dictador, incluso a someterse a su lógica.

Él se veía a sí mismo como un soldado, y hasta sus habitaciones privadas en palacio recordaban las de un oficial con posibles. Pero, más que rey-soldado, creo que fue un soldado-rey, porque en los conflictos entre poder civil y poder militar, que no dejaron de aumentar durante su mandato, se puso siempre de parte de los militares. Su apoyo a la dictadura se explica porque él mismo, como buena parte del ejército, jugaba con alguna solución autoritaria que acabara con lo que veía como una crónica debilidad del parlamentarismo ante las crecientes amenazas revolucionarias. 

Javier Moreno Luzón y José García-Velasco.

“La Constitución vigente entonces, la de 1876, como otras parecidas en la Europa de aquel tiempo, daba al rey un enorme poder”

Por otro lado, dirigió como dices las relaciones internacionales, con algunas obsesiones como Marruecos y Portugal, representó un notable papel humanitario en la Gran Guerra y acabó fascinado por la Italia fascista.

Esto tampoco era una excepción en la Europa de la época, cuando los reyes y emperadores se reservaban la política exterior, como la militar, como un coto propio. Con la ayuda, además, de la conocida como internacional monárquica, pues casi todos eran familia y manejaban la idea de una cierta solidaridad entre dinastías. Al casarse en 1906 con Victoria Eugenia de Battenberg, sobrina del rey británico Eduardo VII, Alfonso XIII se incorporó plenamente a esa red. Al principio, su principal objetivo, compartido con sus gobiernos, era aproximar a España a la Entente formada por el Reino Unido y Francia, como una pequeña potencia con algún relieve en el Mediterráneo occidental. Y hay que decir que esa estrategia fue un éxito, pues aseguró la soberanía territorial española y le consiguió una porción del pastel en el reparto imperial de Marruecos. No obstante, el rey fracasó a la hora de intervenir en Portugal, una verdadera obsesión desde que se proclamó allí la República en 1910: sus gobiernos, junto a franceses y británicos, no le dejaron llegar tan lejos.

“Azcárate fue llamado a consultas por el monarca en situaciones de emergencia”

La Primera Guerra Mundial cambió todo. El rey tuvo que aceptar, a regañadientes, una neutralidad forzosa, pues ni el ejército español ni la opinión pública estaban preparados para semejante desafío. Hizo de tripas corazón y se decidió por una neutralidad activa, con el fin de representar el papel de mediador entre los bandos en conflicto. Él, que era bastante aliadófilo, terminó por convencerse de que una neutralidad a ultranza era lo mejor, porque salvaría a España de una revolución al estilo ruso. El objetivo de mediar le movió a organizar una oficina en Madrid para localizar desparecidos y luego emprender otras labores humanitarias. Una tarea impresionante, en línea con la labor de la Cruz Roja y del papa Benedicto XV. Sin embargo, no le valió de nada a la hora de la paz, cuando España fue ignorada por los vencedores.

En la postguerra, Marruecos se convirtió en la prioridad absoluta, y en una sangría imparable, por la impericia del ejército colonial español, muy alfonsino. El desastre de Annual, una terrible matanza en 1921, tuvo un gran impacto sobre el régimen constitucional y la imagen del rey, acusado de haber patrocinado las imprudentes operaciones de sus generales. Como otros países, España se vio sacudida asimismo por los conflictos laborales y los proyectos revolucionarios, que se inspiraban en la revolución bolchevique de 1917. La veta reaccionaria llevó a Alfonso XIII a admirar a los fascistas italianos, sin comprender del todo lo que traían consigo como fuerza innovadora y totalitaria, y a creer que Primo de Rivera era su Mussolini e Italia una alternativa a la dependencia anterior respecto a los franceses. La dictadura supuso, eso sí, su perdición, pues al final quedó asociado a la derecha militarista, católica, españolista y autoritaria, inhábil para transitar a una monarquía parlamentaria, compatible con la democracia. 

“Me gusta llamar a Alfonso XIII teenager del Desastre”

En tu trabajo destaca una línea interpretativa, a la que has dedicado muchas reflexiones, la de la “monarquía escénica”. ¿Qué significa esta expresión?

Creo que la historia política no puede limitarse a tratar los temas clásicos, como la personalidad de los gobernantes, la acción de los partidos o la relación entre los poderes del Estado. Ha de contemplar también una dimensión cultural y propagandística, el uso de los símbolos y ritos para asentar la legitimidad de los sistemas políticos, en lo que podríamos denominar una historia cultural de la política. Las monarquías contemporáneas, con mayor énfasis aún que las de la época moderna, se emplearon a fondo en esas tareas, sobre todo al fusionarse con el concepto que encarna el origen del poder en nuestros días: la nación. Los reyes se erigieron en adalides de sus respectivas patrias y en emblemas nacionales. Esa fusión condujo a la “monarquía escénica”, volcada en espectáculos que apelaban a un público masivo, en unos casos con más éxito que en otros: coronaciones, bodas, entierros, jubileos, homenajes a los héroes e inauguración de estatuas, viajes dentro y fuera del país, exposiciones internacionales y un largo etcétera de acontecimientos que difundía la prensa y recogían nuevos medios como el cine.

En el reinado de Alfonso XIII, el despliegue espectacular de la corona fue constante, desde las visitas regias a cualquier rincón del territorio hasta grandes ceremoniales, como la jura de 1902 o la boda de 1906, de las fiestas cortesanas y nacionales a las exposiciones de los años veinte. El rey patriota se fundía con España a través de las herramientas de una monarquía escénica. La evolución de esos rituales refleja la propia evolución del reinado, pues pasaron de divulgar mensajes más liberales, ligados al regeneracionismo que encarnaba el joven monarca, a fundir a la corona con el nacional-catolicismo y las empresas imperiales y militaristas. Que en 1919 el rey consagrara España al Sagrado Corazón de Jesús, símbolo de la reconquista católica del espacio público, ante un monumento erigido cerca de Madrid; o que en 1921 presidiera en Burgos el traslado de los restos del Cid Campeador, el guerrero de la Reconquista que prefiguraba la nueva cruzada en Marruecos, no fueron casualidades. 

“Más que rey-soldado, creo que fue un soldado-rey”

Hablando de historia cultural, prestas mucha atención al círculo que rodeaba a Alfonso XIII y a su relación con los intelectuales, incluso con los de la Institución Libre de Enseñanza. En esta casa es obligada la mención al republicano Gumersindo de Azcárate, que en ciertos momentos se acercó al rey, ¿no es así?

En efecto, el joven rey confió en algunos amigos, artistas y cortesanos que modernizaron la imagen de la monarquía española. Entre ellos destacaron el marqués de la Vega Inclán, un hombre de su confianza que lo asoció a la política cultural y turística a través de museos dedicados a algunos iconos del canon español consagrado entonces, como El Greco y Miguel de Cervantes; el mecenas norteamericano Archer Huntington, que financió muchas iniciativas; o el escultor Mariano Benlliure y el pintor Joaquín Sorolla, que aportaron un toque de modernidad a las representaciones oficiales de un monarca que se mostraba a la vez muy español. Los quince primeros años del reinado fueron de una enorme creatividad en este ámbito.

Además, Sorolla y Vega Inclán lo pusieron en contacto con las gentes de la Institución Libre de Enseñanza, que el rey favoreció durante un breve periodo –el que podríamos llamar momento reformista—en que incluso pareció posible la llegada al poder de los profesionales e intelectuales del republicanismo moderado, dispuestos a reconocer a la monarquía constitucional si esta transitaba hacia presupuestos parlamentarios y democráticos, como en el Reino Unido. En 1913, la visita a palacio de algunos de ellos, con Gumersindo de Azcárate a la cabeza, marcó el punto álgido de esa estrategia, que daba por superados los llamados obstáculos tradicionales. Es decir, la oposición entre corona y democracia. Lamentablemente, eso no ocurrió, pero Azcárate fue llamado a consultas por el monarca en otras situaciones de emergencia.

“La dictadura supuso su perdición, pues quedó asociado a la derecha militarista y autoritaria, inhábil para transitar a una monarquía parlamentaria, compatible con la democracia”

El devenir de los contactos entre Alfonso XIII y el mundo institucionista también nos habla del rumbo del reinado, pues los sectores más conservadores y confesionales ganaron con el tiempo un gran ascendiente sobre el ánimo del monarca. Si el rey regenerador no tenía inconveniente en vincularse a las fundaciones de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, como la Residencia de Estudiantes, el rey católico prefirió entregar la Ciudad Universitaria de Madrid, el gran proyecto educativo de sus bodas de plata con el trono en 1927, a la derecha reaccionaria. Como en otros muchos terrenos, en el cultural Alfonso XIII no pudo ser el rey de todos los españoles. 

 


El historiador Javier Moreno visitó el Colegio de Registradores para presentar y firmar ejemplares de su último libro, El rey patriota. Alfonso XIII y la nación, en un acto al que asistieron destacados representantes del ámbito político, jurídico, cultural y periodístico. Durante el encuentro, que fue moderado por José García-Velasco, presidente de la Institución Libre de Enseñanza, los asistentes pudieron departir con el autor sobre algunos aspectos de la figura de Alfonso XIII, al que Javier Moreno le gusta llamar “teenager del Desastre, porque vivió la pérdida de las colonias de Ultramar, en 1898, como un drama nacional, una humillación de la que culpaba a los políticos, lo mismo que los oficiales que lo rodeaban. Así que se propuso regenerar España, como decía en sus diarios, sacarla del atraso, como un monarca muy activo. De ahí lo de rey patriota”. 

José García-Velasco