Las comidas del Caballo Rojo

El ejercicio de cada profesión tiene unas características determinadas, las cuales pueden dar lugar a que los compañeros además sean amigos o no tanto. Los registradores por la particular idiosincrasia de nuestra profesión tenemos la suerte de pertenecer al primer grupo. En pocas profesiones -por no decir ninguna- he visto amistades tan entrañables como entre compañeros registradores.

Personalmente, excepto en esta última etapa, siempre he estado ejerciendo en provincias andaluzas y en todas ellas me he sentido arropado y querido por los compañeros.

En Almería donde empecé, los compañeros de promociones cercanas me acogieron con un gran cariño, integrándome rápidamente en su grupo, haciendo grandes amigos, cuya amistad he retomado muchos años después al coincidir de nuevo, esta vez en Málaga. Lo mismo, prácticamente puedo decir de Málaga, Jerez, Sevilla, o ahora Mallorca.

Pero en mis ya algunos años de profesión, el ambiente de compañerismo, confraternización y amistad que encontré en Córdoba, y no porque sea mi tierra, solo lo he visto y disfrutado allí.

Pero todo esto no surge por generación espontánea, hace falta que alguien se preocupe, se encargue de fomentar y, en definitiva, organice las reuniones de compañeros, y ese alguien, en la época a la que me refiero era José Gosálvez Roldán. 

Al llegar a Córdoba, Pepe -como todos lo conocíamos-, delegado provincial, te llamaba por teléfono a tu Registro, te daba la bienvenida, te indicaba que quería conocerte y te invitaba a que asistieras con tu cónyuge a la comida que un miércoles al mes todos los compañeros celebrábamos en el restaurante El Caballo Rojo. Luego cada mes te volvía a llamar indicándote el día en cuestión. La primera vez te invitaban el resto de compañeros, cosa que igualmente sucedía cuando te marchabas de la provincia; no, si te cambiabas de Registro dentro de ella.

Para los entonces jóvenes -o por lo menos para mí- aquellas reuniones, al principio, constituían un honor y acudía con cierta timidez, ya que quién hasta hacía poco había sido un mal opositor, ahora, de repente, se veía alternando de tú a tú con esos compañeros a los que tanto admiraba y respetaba, luego se convirtieron debido a la generosidad y cariño de los mismos en agradables reuniones en las que no solo se pasaba bien y se comía espléndidamente, sino que se aprendía bastante de aquellos grandes compañeros. 

Cuando llegué entre los compañeros podíamos distinguir dos grupos: 

Los mayores en edad y autóritas: Toribio de Prado, Federico Santurino, Rafael Molina (recientemente fallecido), Eduardo Ruiz del Portal, Miguel González Laguna, José Gosálvez, Antonio Manzano Solano, José Manuel Rodríguez Poyo, -que entonces ejercía como notario-, Rafael Ramón García-Valdecasas, Ricardo Rojas Mestanza, Carlos Marín Albornoz…

Y los entonces jóvenes, capitaneados por Manolo Galán, preparador de muchos de nosotros, José Luis Aragón, Rafael Castiñeira, Vicente Merino, Juan Carlos Rubiales, Enrique Mariscal, Jesús Camy, Manolo Hernández Mancha, Rafael Rojas, Manolo Fuentes, Pepe Vega, María Valverde, Adolfo Calandria, José Carlos Navajas… Luego vinieron las siguientes generaciones, Eduardo Entrala, Pablo Angulo, Santiago Aliaga, Basilio Aguirre, Diego y Paco Palacios… 

Nos reuníamos en el salón principal que para eventos privados tiene el restaurante, que estaba dividido en dos zonas. En la más pequeña y próxima a la entrada, conforme íbamos llegando, después de los saludos de rigor, formábamos corrillos en los que de forma muy distendida se hablaba de lo divino y de lo humano, se planteaban las dudas jurídicas a los compañeros más experimentados o que más sabían o por lo menos tenían fama de ello. 

Al terminar la siempre extraordinaria comida y prácticamente por orden de escalafón, se iban marchando los comensales, quedándose las parejas jóvenes y Pepe Gosálvez y Mari, su mujer, para disfrutar de la charla sobre los más variados temas, destacando las ocurrencias de Manolo Galán o las agudezas de Rafa Castiñeira, terminando la jornada al caer la tarde.

En definitiva, eran jornadas inolvidables, en las que los registradores nos convertíamos en amigos, amistad que no distinguía edades ni número de escalafón y que superaba con mucho el concepto de compañero, en un gran ambiente de camaradería. 

No quiero terminar sin un entrañable recuerdo a tres grandes compañeros, luego grandes amigos, hoy desgraciadamente desaparecidos: Pepe Gosálvez, Antonio Manzano -Nono- y José Manuel Rodríguez Poyo -Manu-, que junto con sus mujeres, Mari, Mari Carmen y Tere, durante muchos años fueron el alma de estas reuniones. Pepe, era el vitalismo, Nono, la erudición, Manu, la brillantez, y los tres cariñosos, generosos, divertidos… Unos señores en toda la extensión de la palabra, ejemplo de compañeros y amigos y entre sí, ese tipo de amigos entrañables al que me refería al principio.

Por todo esto y mucho más, los que las disfrutamos, siempre recordaremos con cariño «las comidas del Caballo Rojo».

 

Santiago Molina Minero