Desde el regreso de Donald Trump a la presidencia de EEUU, estamos atrapados en un nuevo desorden mundial. El extravagante mandatario ha puesto en solfa las alianzas clásicas, se ha saltado las normas internacionales y ha primado la fuerza sobre la diplomacia. El hombre que prometió no meter a su país en guerras interminables y que aspiraba a conseguir el Nobel de la Paz ha amenazado con tomar Groenlandia, Canadá o el canal de Panamá, ha secuestrado al presidente de Venezuela y atacado a Irán en una operación conjunta con Israel que abre un conflicto de consecuencias planetarias. ¿Por qué Irán? ¿Por qué ahora?
EEUU rompió relaciones con la República Islámica a raíz de la toma de su embajada en Teherán poco después del a la revolución de 1979. Desde entonces, ha planeado sobre Washington el trauma de la “pérdida de Irán”. Sin embargo, eso no impidió una cooperación tácita del régimen iraní contra los talibanes afganos tras los atentados del 11-S de 2001, ni que ambos Gobiernos negociaran, con la mediación de la UE, el acuerdo nuclear de 2015. Trump, que canceló ese pacto tres años después tachándolo de “muy malo”, había abierto nuevas negociaciones para frenar el avance del programa atómico iraní cuando decidió bombardear Irán el pasado 28 de febrero¬. No era la primera vez: En junio de 2025, envió a su aviación a rematar un ataque israelí contra ese mismo proyecto.
Muchos analistas vieron la mano del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, detrás de una operación de objetivos confusos y resultados inciertos. El secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, reforzó esa idea cuando dijo que actuaron porque Israel planeaba atacar de nuevo a Irán y Teherán respondería bombardeando bases estadounidenses en Oriente Próximo.
La rivalidad entre Israel y la República Islámica se fundamenta más en la geopolítica que en la ideología. Como reveló el escándalo Irán Contra, Tel Aviv no tuvo reparo, a mediados de los años ochenta, en ayudar al nuevo régimen iraní frente al Irak de Sadam Husein (que percibía como principal amenaza a su hegemonía regional y cuyo reactor nuclear destruyó en 1981). Pero la apuesta del Irán revolucionario por la causa palestina y su respaldo a grupos armados afines lo convirtió en enemigo acérrimo para Israel, cuya existencia ni siquiera reconocía. Para la retórica oficial iraní, era la “entidad sionista”.
Quizás Trump quiera pasar a la historia como el presidente que recuperó Irán, pero la actual guerra es el triunfo de la apuesta de Netanyahu por imponer su ley en la región
En ese clima, la salida a la luz del programa nuclear secreto de Irán en 2002 permitió a Netanyahu intensificar su campaña para convencer al mundo de que Teherán estaba a punto de hacerse con un arma atómica. Su recelo tal vez provenga de que el propio Israel siguió un camino parecido para lograr su centenar de ojivas nucleares. El primer ministro israelí ha tratado de convencer a los sucesivos presidentes norteamericanos de que la República Islámica era una amenaza. Su empeño ya fue determinante en la decisión de Trump de cancelar el acuerdo nuclear en 2018. A la sintonía entre ambos se suma el peso electoral de los cristianos evangélicos, que ven el apoyo incondicional a Israel como un mandato bíblico.
Quizás Trump quiera pasar a la historia como el presidente que recuperó Irán, pero la actual guerra es el triunfo de la apuesta de Netanyahu por imponer su ley en la región. “Vamos a cambiar Oriente Próximo. Esto es sólo el principio”, advirtió tras el atentado de Hamás del 7 de octubre de 2023, que los dirigentes iraníes celebraron. Durante los dos años siguientes, bombardeó sin piedad Gaza hasta reducirla a escombros (la Corte Internacional de Justicia estudia un posible genocidio). Mientras, Trump coqueteaba con la idea de levantar allí un resort turístico de lujo; sólo cuando las imágenes de esa catástrofe humana empezaron a hacer mella en sus votantes apadrinó un alto el fuego, que no ha evitado que Israel haya matado a cuatro centenares de gazatíes más.
Los planes de Netanyahu no se han limitado a Gaza. Mientras el mundo miraba horrorizado hacia esa franja de arena, Israel procedía a una anexión de facto de Cisjordania y sus colonos forzaban el desplazamiento de 36.000 palestinos; también aprovechó la caída del régimen de El Asad para ampliar su ocupación en Siria, y con el pretexto de aniquilar a Hezbolá ha seguido bombardeando Líbano, cuyo sur sopesa volver a ocupar. Irán es la joya de la corona, un país que le plantó cara y que quiere ver destruido.
Ángeles Espinosa











