España es el segundo país del mundo por número de turistas extranjeros que acoge; es el que más estudiantes recibe (73.600) en el marco del programa de intercambio Erasmus de la Unión Europea y, desde la pandemia, el número de expatriados que lo han elegido para trabajar online se ha disparado.
Pero, por otro lado, está casi en la cola de Europa por número de estudiantes internacionales que cursan estudios de grado, másters o doctorados en sus universidades. Las estadísticas varían un poco en función del organismo que las proporciona, pero el porcentaje de estudiantes extranjeros en las universidades españolas (entre el 4,3% y el 4,8%) equivale a la mitad de la media de la UE (entre 8,4% y el 9,4%).
A este déficit se añaden un par de problemas. Los más de 180.000 estudiantes -un 2,1% del total mundial- que se trasladan a España a estudiar un grado o un máster se concentran en un 60% en solo 20 de las 92 universidades con las que cuenta el país. El 73% se instalan además en las capitales de tres comunidades autónomas Madrid, Cataluña, Valencia y en tres grandes ciudades de Andalucía (Sevilla, Málaga y Granada).
Desde principios de este siglo -este es el segundo desafío- los estudiantes que cursan estudios fuera de su país aumentan en el mundo al ritmo anual de 5,5%, pero el incremento de los que se matriculan en España es solo de media del 4,1%, según un reciente estudio de la Fundación BBVA y del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas.
Las causas del retraso en la internacionalización de las universidades españolas son múltiples, pero destaca una sobre todas las demás: Atraen pocos estudiantes de los mayores mercados emisores, es decir de India, China, Indonesia, Vietnam, etcétera. Hay nada menos que 1,34 millones de indios matriculados fuera de sus fronteras y más de 900.000 chinos.
España es, sobre todo, el destino prioritario de jóvenes procedentes de América Latina (44,3%) motivados por la facilidad de estudiar en su idioma y a los que EE UU pone crecientes pegas para acogerles. En segundo lugar figuran los europeos (35,5%) que suelen haber tenido contactos previos, de vacaciones o con motivo de un Erasmus, con el país elegido para continuar su carrera.
Es imposible que España alcance los niveles de internacionalización de algunos pequeños Estados de la UE como Luxemburgo, en el que el 52,3% de los estudiantes son extranjeros o Malta (29,6%). Sí debería aspirar a equipararse con Alemania (12%) o Francia (10,6%).
La receta para mejorar la posición de España en el mercado global de la educación empieza por promocionar a las universidades españolas en Asia, pero no basta con eso. A estos estudiantes asiáticos, desconocedores de la cultura española, hay que ofrecerles un mayor número de grados y másters científicos en inglés con la oportunidad de aprender español en paralelo y de acercarse así no sólo a España sino al universo latinoamericano.
Para que la oferta seduzca hay que intentar mejorar la colocación de las universidades españolas en los rankings internacionales. Francia lleva tres lustros instando a sus universidades a reagruparse y fusionarse para que suban de nivel. Es una tarea difícil en España donde la educación superior está en manos de las comunidades autónomas que a veces han esparcido facultades por toda su geografía. Atraer profesorado extranjero y ofrecer títulos conjuntos con otras universidades europeas acentuaría también la internacionalización.
La receta para mejorar la posición de España en el mercado global de la educación empieza por promocionar a las universidades españolas en Asia, pero no basta con eso. A estos estudiantes asiáticos, desconocedores de la cultura española, hay que ofrecerles un mayor número de grados y másters científicos en inglés con la oportunidad de aprender español en paralelo y de acercarse así no sólo a España sino al universo latinoamericano
Convendría, por último, reducir la burocracia instaurando una “ventanilla única” en la que el joven que vaya a iniciar estudios en España pueda matricularse, tramitar el permiso de residencia, etcétera. La universidad ha también de ayudarle activamente a buscar alojamiento, un problema acuciante en las grandes ciudades para los estudiantes extranjeros, incluso aquellos de familias acomodadas.
Atraer a estudiantes extranjeros, sobre todo de máster, tiene un impacto económico que va más allá del pago de la matrícula que, para los no europeos, puede ser cara incluso en las universidades públicas. Entre transporte, vivienda, ocio, etcétera, los extranjeros gastaron el año pasado unos 8.316 millones de euros, el 0,55% del PIB.
El verdadero beneficio trasciende, sin embargo, la economía. Los estudiantes que pasan por las universidades españolas se llevan consigo una imagen harto positiva del país. A lo largo de su vida profesional actuarán como prescriptores naturales de España: favorecerán relaciones comerciales, impulsarán proyectos conjuntos y la recomendarán tanto como destino turístico como lugar de estudio para nuevas generaciones de estudiantes.
Ignacio Cembrero











