Durante décadas hemos vivido en un sistema que, con todas sus imperfecciones, tenía una arquitectura reconocible: la potencia predominante era EEUU; había unas reglas claras; las instituciones multilaterales funcionaban, mejor o peor; y había una convicción extendida de que la interdependencia económica hacía la guerra menos probable.

Este mundo se ha ido desdibujando, con la erosión de sus pilares y el regreso del poder duro al centro de la política internacional. La anexión de Crimea y la invasión rusa de Ucrania evidencian que la fuerza vuelve a ser un instrumento de revisión del status quo. A ello se suman los conflictos en Gaza e Irán, donde se impone la escalada, el castigo y el control territorial.

Por otro lado, la economía ha dejado de ser un espacio neutro. La lógica de la eficiencia económica ha sido sustituida por la de la seguridad económica, y la rivalidad entre EEUU y China ha convertido el comercio, la tecnología y las cadenas de suministro en instrumentos estratégicos.

Al mismo tiempo, China se alza como segunda economía del mundo y la hegemonía regional en Asia. Es al mismo tiempo socio, competidor y rival, y una potencia paciente que persigue reconfigurar el sistema internacional para que refleje mejor su peso económico y político. Pero también se enfrenta a límites como la desaceleración económica, las tensiones demográficas, la dependencia de mercados exteriores y la desconfianza en Europa y EEUU.

Rusia sigue una lógica distinta, optando por la fuerza como pilar de su política exterior. No compite desde la dimensión económica, sino que utiliza la energía, la desinformación, los ciberataques y la coerción militar para alterar equilibrios y fragmentar consensos occidentales.

Este mundo se ha ido desdibujando, con la erosión de sus pilares y el regreso del poder duro al centro de la política internacional. La anexión de Crimea y la invasión rusa de Ucrania evidencian que la fuerza vuelve a ser un instrumento de revisión del status quo. A ello se suman los conflictos en Gaza e Irán, donde se impone la escalada, el castigo y el control territorial

También las potencias medias están cambiando. En un orden más competitivo, más fragmentado ya no quieren ser actores secundarios. Corea del Sur, Turquía o Brasil diversifican alianzas, reducen dependencias y negocian simultáneamente con los dos grandes polos de poder. No quieren romper el sistema, pero tampoco quieren quedar atrapadas en la rivalidad entre EEUU y China.

Si las potencias medias buscan equilibrar el sistema, China reajustarlo y Rusia alterarlo, ¿qué busca EEUU?

Ya no actúa como el hegemón benévolo que durante décadas facilitó que los aliados asumieran el paraguas de seguridad casi como un automatismo. Hoy Washington prioriza, calcula y selecciona. La lógica ya no es la del compromiso estructural, sino la de una transacción, con apoyo a cambio de contribución, garantías condicionadas y compromisos revisables. La alianza deja de ser un marco estable y pasa a ser un instrumento.

De la mano de Donald Trump, EEUU se comporta como una superpotencia unilateral, coercitiva e impredecible, pero crecientemente poco fiable. Quizá uno de los cambios más significativos es cómo usa la fuerza. No solo en el exterior —como ilustra la actual crisis con Irán o episodios como la operación contra Maduro—, sino también en la difuminación de la frontera entre seguridad interna y externa. La fuerza militar deja de ser un último recurso para convertirse en una herramienta más, integrada en una lógica de presión continua. La retórica reciente sobre posibles ataques a infraestructuras civiles o el uso instrumental de la coerción refuerzan esa percepción de normalización del poder duro.

El resultado es una política exterior más instrumental, menos sujeta a normas, y profundamente subordinada a prioridades domésticas. A ello se añade una dimensión ideológica explícita, especialmente en la relación con Europa: Washington ya no solo presiona por más gasto en defensa o por ajustes comerciales, sino que cuestiona abiertamente el modelo político, regulatorio y social europeo por considerarlo incompatible con el proyecto político del trumpismo. En este contexto, la relación transatlántica deja de ser una comunidad de valores con tensiones puntuales para convertirse en un espacio de fricción estructural.

EEUU sigue siendo la potencia indispensable. Ningún otro actor combina su capacidad militar global, su densa —aunque hoy tensionada— red de alianzas, el peso del dólar y su centralidad tecnológica. Pero el contexto en el que opera Washington ha cambiado profundamente. Las actuales perturbaciones —cambio climático, presión sobre recursos estratégicos, debilitamiento institucional, transformaciones demográficas— desborda a cualquier liderazgo individual, incluso al de un presidente de EEUU. Y Trump ha convertido al propio gobierno estadounidense en un problema más que en una solución. Aunque los retos continuarán después de que él se haya ido.

Trump será recordado como una figura de transición y perturbadora, pero no como una figura transformadora. Está acelerando la transición lejos de un orden internacional liderado por EEUU, pero carece de la visión, la disciplina y el liderazgo necesarios para unir a los países en torno a un plan para lo que vendrá después.

Carlota García Encina