“Escribir sigue siendo mi manera de entenderme, de ordenar lo externo, de cuestionar lo injusto”
Espido Freire es una de las voces más reconocibles de la narrativa española contemporánea. Novelista, ensayista y autora de literatura juvenil, su trayectoria iniciada con Irlanda y consolidada con el Premio Planeta que ganó en octubre de 1999, a los 25 años con la obra Melocotones helados convirtiéndose en la autora más joven en ganarlo hasta entonces, su obra ha estado marcada por una constante indagación en la memoria, la identidad y las zonas más sutiles de la experiencia humana. A lo largo de más de dos décadas de escritura, ha construido un universo literario propio, atento tanto a la intimidad de los personajes como a la transformación de los paisajes que habitan. Acaba de publicar, Guía de Lugares que ya no existen, todo un recorrido literario por espacios que han cambiado, se han borrado o se han vuelto irreconocibles: no como postal melancólica, sino como una reflexión íntima sobre el tiempo, la memoria y lo que perdemos sin darnos cuenta. Conversamos con ella sobre su recorrido creativo, sus lecturas, y los libros que han ido definiendo su voz.
Han pasado más de dos décadas desde Irlanda. Cuando mira hacia atrás, ¿qué reconoce hoy de aquella primera Espido Freire?
Reconozco la intuición, sobre todo. Y cierta osadía que solo se tiene cuando todavía no sabes muy bien lo difícil que será dedicarse a esto. Había ya una mirada muy clara sobre la memoria, sobre las ausencias, sobre lo que no se dice… pero también una ingenuidad productiva que no cambiaría. Esa mezcla, curiosamente, es un potente motor.
Después de una trayectoria tan amplia, ¿en qué momento creativo siente que se encuentra ahora?
En uno bastante exigente, que es donde me gusta estar. Ya no escribo para demostrar nada -ni a los demás ni a mí misma-, pero sí con una conciencia muy clara de lo que funciona y lo que no. Eso obliga a ser más precisa, más honesta, y también más libre. No hay que estar nunca demasiado cómoda.
¿Qué autores fueron decisivos en su formación como lectora?
Muchos, y muy distintos. Desde Shakespeare a los clásicos rusos -Tolstói, Chéjov- hasta autoras como Jane Austen o las hermanas Brontë, que han sido fundamentales para entender la construcción de personajes y la ironía. También la literatura centroeuropea, como Zweig, y en español, por supuesto, Delibes o Matute o Galdós. Y luego están esas lecturas contemporáneas que llegan en el momento justo.
Si tuviera que mencionar algunos libros de cabecera, ¿cuáles siguen acompañándola?
Vuelvo mucho a Hamlet, Anna Karénina, a Cumbres Borrascosas. Son libros que no se agotan, que cambian contigo. Y también a diarios y correspondencias, que me interesan especialmente: ahí está la literatura en estado casi puro, sin la voluntad de “hacer obra”.

En varios de sus libros vuelve a escritoras del XIX. ¿Qué encuentra en esa tradición que sigue resultándole tan fértil?
Una inteligencia narrativa extraordinaria y, sobre todo, una capacidad para hablar de lo esencial desde lo aparentemente doméstico. Muchas de esas autoras escribían desde los márgenes, pero con una lucidez tremenda sobre el poder, el deseo, la economía emocional… Y lo hacían sin estridencias, que es algo que a mí me interesa mucho: la intensidad sin demasiado ruido.
Sus libros de viajes ocupan un lugar singular en su obra. ¿Qué le ofrece el viaje que no encuentra en la ficción?
El viaje te obliga a mirar sin red. En la ficción puedes construir, seleccionar, incluso protegerte; en el viaje no. Hay una exposición constante, una negociación con lo desconocido. Y eso genera una escritura distinta, más permeable, más atenta a lo imprevisto. Es, en cierto modo, una forma de descolocarte para entenderte mejor.
Su último libro, Guía de lugares que ya no existen, vuelve sobre la memoria de los espacios. ¿Qué impulso estuvo en el origen de este proyecto?
Una mezcla de fascinación y desconcierto. Me interesa mucho cómo los lugares cambian -o desaparecen- sin que terminemos de darnos cuenta, y cómo eso afecta a nuestra identidad. No es nostalgia, o no solo: es más bien la conciencia de que vivimos sobre capas de tiempo que se superponen y se borran. Quería explorar eso desde lo personal, pero también desde lo colectivo.
“El viaje te obliga a mirar sin red. En la ficción puedes construir, seleccionar, incluso protegerte; en el viaje no. Hay una exposición constante, una negociación con lo desconocido. Y eso genera una escritura distinta, más permeable, más atenta a lo imprevisto”
Espido, ¿al lugar donde fuiste feliz no debieras jamás de volver?
Depende de para qué vuelvas. Si vuelves a comprobar si sigue intacto, seguramente te lleves una decepción. Pero si vuelves sabiendo que ya no es el mismo -ni tú tampoco-, entonces puede ser una experiencia muy reveladora. A veces no regresamos a los lugares, sino a quienes fuimos allí.
Después de más de dos décadas escribiendo, ¿qué sigue empujándola a sentarse ante la página en blanco?
La curiosidad. Y una cierta incomodidad con el mundo tal como es. Escribir sigue siendo mi manera de entenderme, de ordenar lo externo, de cuestionar lo injusto. Mientras haya preguntas -y de momento no se acaban-, habrá motivos para rellenar nuevas páginas.
Ha sido un placer volver a coincidir contigo, como siempre, logras que los libros se conviertan en conversación viva. Gracias por esta Guía de lugares que ya no existen, que en realidad nos recuerda con mucha sensibilidad todo lo que permanece. Ojalá volvamos a encontrarnos pronto, entre páginas y lectores.
Teresa López












