Foto: marcosGpunto

“Intento exprimir y disfrutar cada día ejercitando el optimismo como un músculo”


Por sus venas corre sangre de artistas (es hija del actor español Juanjo Menéndez y sobrina del actor y director francés Jean-Pierre Miquel), pero no fue una niña criada entre bambalinas y camerinos, ni su padre quiso nunca que ella fuera actriz. Sin embargo, su deseo de “vestir distintas pieles” la llevó a hacer oídos sordos a ese “miedo” paterno y trabajar muy duro para conseguir convertirse en la mujer optimista, cultísima y reputada profesional que es hoy. Actriz, directora, gestora y pedagoga, Natalia Menéndez acaba de estrenar una particular versión de La malquerida de Benavente y este año viajará a China para participar en el Shanghai International Arts Festival.


Jacinto Benavente no pisa las tablas del Español desde que, siendo usted su directora, programó la puesta en escena de El encanto de una hora y las lecturas dramatizadas de su obra; ¿qué siente volviendo a este espacio con un título que Miguel Narros estrenó en el mismo escenario hace 38 años?

Tengo sentimientos encontrados. Por un lado, no puedo olvidar el respeto que siento por el maestro Narros y por un montaje que me conmovió profundamente cuando lo vi en su momento. Pero, por otro, siento una alegría enorme porque La malquerida es la obra de Benavente que más me conmueve para llevarla yo a escena. Es la que más me remueve por sus pasiones desbocadas, que incluso llegan al fanatismo; por esa ruralidad que me recuerda a Lope y a las tragedias griegas; por sus personajes tan bellos y violentos. Todo eso me llama poderosísimamente la atención, puesto que he hablado mucho del tema de la violencia y de si el teatro puede ofrecernos un espejo en el que mirarnos para ver si podemos cambiar algo.

¿Cree que el teatro podría hacer algo para que nos entendiésemos los unos a los otros y hubiese menos violencia en el mundo?

No sé si tiene una utilidad inmediata, pero sí que creo que el teatro nos hace reflexionar. Al menos, creo que después ver esta función entran ganas de hablar sobre ella, y ya sólo eso es un punto de partida para ser civilizados. Yo intento que el teatro pueda ser ese punto de partida, ese granito de arena para mejorarnos como personas.

¿Por qué su montaje prescinde del artículo que lleva por delante el título original?

Porque es una adaptación con briznas de versión y, por tanto, me parece más honesto. Además, quitar el artículo nos abrió una puerta para ver cuántas malqueridas hay en la obra. Y eso nos pareció una gran oportunidad a Juan Carlos Rubio y a mí, que hemos ido de la mano en esta adaptación, para mostrar una mirada nueva sobre el clásico.

Con el elenco de La malquerida>/i> durante un ensayo. Foto: marcosGpunto

“El público está ávido de teatro; tiene muchas ganas de sentir y latir al mismo tiempo, de esa hermosa comunión que se produce entre las personas que están en el patio de butacas y las que están sobre el escenario”

¿En qué ha consistido esa particular adaptación a cuatro manos?

Lo más visible es que hemos reducido los quince personajes más coro del original a ocho. Pero también hemos limpiado la pátina de costumbrismo y pulido bastante el estilo melodramático para ir al grueso de la tragedia rural. Y hemos añadido pequeños fragmentos para perfilar mejor ciertos personajes, como Faustino o Juliana, que en nuestra versión es la suma de tres criados.

PASIÓN POR EL TEATRO

Empezó en los escenarios muy jovencita y no se ha apartado de ellos de una manera u otra, ¿qué ha aportado el teatro a su vida?

Muchísimo, porque el teatro es un pozo sin fondo que ofrece muchas cosas. De hecho, me ha ofrecido la posibilidad de ser quien soy. Me ha dado mucho conocimiento, muchos encuentros; me ha permitido viajar a todos los niveles: espiritual, físico, mental; me ha seducido, me ha enamorado; pero también me ha quitado tiempo de mi vida y, por momentos, me ha bloqueado. No todo es luz y color, a veces es más cuestión de fe, pero el teatro a mí me ha salvado la vida en varias ocasiones y también me ha enseñado a entender otras maneras de verla.

¿Y cuándo le picó el veneno del teatro?

No tengo claro el momento. Sólo sé que me examiné del acceso a la Escuela de Arte Dramático sin decírselo a mis padres, y que me preparé en una academia en el mes de agosto sin que lo supieran, porque yo sabía que a mi padre no le apetecía tener una hija actriz. Supongo que, como de pequeña quería ser todas las profesiones (veía una bailarina y quería ser bailarina, veía una carnicera y quería ser carnicera, veía un médico y quería ser médico…), la interpretación me ofrecía la posibilidad, de alguna manera, de ser todas esas personas, de vestir distintas pieles y vivir todas esas vidas, y conocer muchos mundos y muchas culturas. 

Si su padre no era partidario de que fuera actriz, ¿cómo reaccionó cuando le contó que había aprobado el examen de ingreso en la Resad?

Hubo un silencio importante, de esos que se tomaba él antes de decir algo, y después me dijo: ‘tú verás lo que haces’. Yo le dije que sí y que yo me lo pagaría todo, aunque en el fondo sabía que a él no le hacía ilusión, porque le daba miedo. Y ahora lo entiendo, porque es una profesión muy muy dura, por muchas cosas: no tenemos todos los derechos que deberíamos; somos muchos y no hay trabajo para todos; hay rachas que se pasa mal; tu instrumento eres tú y, si tú no estás bien, te puede jugar malas pasadas; y ves cosas a tu alrededor que te producen mucha tristeza… Pero, luego, hay cosas maravillosas.

“El teatro me ha salvado la vida en varias ocasiones y también me ha enseñado a entender otras maneras de verla”

¿Qué sintió la primera vez que se subió a un escenario?

Sentí miedo antes de empezar la representación y, después, sentí que vibraba. No puedo explicarlo de otra manera.

¿Y recuerda cómo fue la primera vez que vio a su padre sobre las tablas?

Fue con la obra Los peces rojos, del dramaturgo francés Jean Anouilh. Yo tenía 6 años, estaba con mi madre viendo la función desde un palco y no entendía nada de lo que pasaba. Porque mi madre se reía mucho, pero yo veía a mi padre en el escenario hablando con la que decía era su mujer y tirándose un bebé, y sentía una gran confusión. Después se apagaron las luces y recibió una gran ovación, que tampoco entendí mucho. Fue un momento de estupor y confusión, incluso recuerdo estar muy seria, pero también me fijé en una bici verde que había en el escenario (porque me gustaba mucho montar en bici), se la pedí a mi padre y llegó a ser mía.

Una vez licenciada, ¿cómo fue compartir escenario con él?

Fue una delicia; algo muy especial. Él dirigía la función, yo era su ayudante de dirección, y luego éramos padre e hija en el escenario. Como director, le recuerdo exigente, pero con mucho tacto. Y recuerdo también que acudía a mí en busca de consejo y no paraba de repetirme que apostase por la dirección, porque actrices había muchas y yo apuntaba maneras como directora.

La familia en 1969. Natalia es la más pequeña.

¿Le ha pesado alguna vez ser “hija de” o “sobrina de”?

He tenido muchísima suerte de tener un padre y un tío tan fenomenales y tan diferentes. Uno en España y otro en Francia; uno dedicándose al teatro privado y otro al público; uno centrado en la interpretación y la dirección, y el otro más en la dirección y la gestión, aunque también era actor. Y ambos me han enseñado cosas maravillosas. Pero es verdad que, cuando eres joven y acabas de aterrizar en la profesión, surgen envidias y celos, y voces que opinan que tú tienes más oportunidades que los demás por ser “hija de” o “sobrina de”. No obstante, eso también hizo que me exigiera más; y esa autoexigencia, ese afán por demostrar que estaba donde estaba por mi trabajo y esfuerzo y no por mis apellidos, ha hecho que estudiara dos carreras y que tenga una rigurosa y completa formación, porque he invertido muchísimo tiempo y dinero en mis estudios; ha hecho que leyera mucho, que viajara mucho… Y, al final, habrán sido sólo cuatro o cinco años un poco más difíciles.

Hablando de su época de estudiante en la Resad: como tal, en 1986 viajaba a Almagro con sus compañeros para disfrutar de la programación de su reconocido festival y, 24 años después, lo dirigía. ¿Cómo recuerda esta aventura profesional?

Fueron ocho ediciones y pasaron tantas cosas… Primero, fue una sorpresa inesperada que me llamaran para dirigirlo. Estaba fuera de España y me puse a rellenar páginas de mi cuaderno pensando en qué podría aportar yo a este evento, y cuando ya tenía cinco hojas completas, pensé que sí estaba preparada para decir que sí. Y es que en Almagro he sido público, actriz, directora escénica; conozco bien a los almagreños; me ha gustado La Mancha mucho antes de trabajar allí; y he podido hacer un montón de cosas con un equipazo maravilloso, pero con muchísimas dificultades, por el tema de la deuda que había… Fue muy muy complejo y, a veces, agobiante. Yo he llorado por Almagro, por la dificultad de poder levantar las cosas que quería; me veía a las cinco de la mañana estudiando libros de Derecho para ver cómo crear una fundación… Sentía que no tenía horas en el día para hacer todo lo que tenía que hacer y pasé tres años de pico y pala, dedicándome en cuerpo y alma a entender el lenguaje político-cultural, y no cejé hasta que no lo conseguí. Pero es que creo mucho en este evento cultural, creo mucho en el Barroco español, que es una de las mejores épocas teatrales occidentales, y creo en Almagro como espacio para vivirlo. Y, así, hicimos cosas muy buenas, como Almagro Off o el Barroco infantil; atrajimos nuevos públicos; hicimos intercambios internacionales… Y para mí fue una aventura increíble y muy hermosa, pese a ser compleja y, a veces, muy dura.

Después de esta experiencia, estuvo al frente del Teatro Español y sus Naves en Matadero; ¿qué emociones le despiertan estos espacios escénicos madrileños?

Como espectadora, mi experiencia es maravillosa, porque ambos espacios lo son. El Español es el teatro más antiguo de Europa, al que he ido con mis padres y donde he visto espectáculos increíbles; y también he sido testigo de la inauguración de las Naves por Mario Gas. En los dos he sido feliz como público y fue increíble dirigirlos. Lo que no esperaba era una pandemia, y eso fue durísimo, durísimo, porque todo saltó por los aires. Yo no podía concebir tantas compañías paradas, los técnicos sin trabajo…, fue un descalabro en la profesión. Y eso hizo que trabajara aún más duro para intentar levantar de nuevo el telón, y fuimos de los primeros teatros en abrir en Madrid. Y, aun así, considero que fue una gran aventura; siento que hicimos cosas muy interesantes, como una programación ecléctica y una respuesta muy favorable por parte del público.

PURO OPTIMISMO

Parece que siempre busca el lado positivo a las cosas…

Sí, soy así. Me gusta sacarle todo el jugo a la vida porque sé que no se va a repetir, que la vida es como una función: nunca hay una igual. Por eso, intento exprimir y disfrutar cada día ejercitando el optimismo como un músculo. Es cierto que hay días más complicados, pero, como dice Serrat, “de vez en cuando, la vida nos besa en la boca” y eso hay que aprovecharlo y no olvidar ese perfume. Además, de la queja no se vive y te produce una grave urticaria. Y yo de urticarias sé bastante y no las quiero (risas). 

Gestora, directora escénica, intérprete, pedagoga… Son muchas las facetas que ha ido trabajando a lo largo de su carrera. ¿Hay alguna que le guste más?

Son muy diferentes maneras de estar en la profesión. Con la gestión estás más en contacto con la sociedad y con la profesión, con lo que sucede dentro y fuera de tu país; tienes un horizonte más amplio; sientes que puedes hacer cosas que pueden transformar un espacio y una ciudad, que, de alguna manera, puedes ayudar a construir algo mejor a nivel social, y eso me parece muy interesante a nivel creativo. Como directora escénica, centras todo tu esfuerzo en una construcción más íntima, en convocar creadores que puedan provocar momentos muy especiales en los espectadores. Y la interpretación te permite un contacto diferente y único con el público; es algo muchísimo más íntimo y profundo. No puedo decantarme por ninguna de ellas. Siento que puedo hacer cosas muy diferentes y me siento muy a gusto con todas ellas, como también me seducen y me encantan otras facetas que he podido ir desarrollando, como la escritura, la dramaturgia o la pedagogía. Siempre que crea en ello, yo me dejo la piel en cada proyecto.

Con Federico Luppi presentando en la feria del libro su novela Clic. (2007)

Durante muchos años también ha trabajado como dramaturga con compañías de danza; ¿cómo es hacer dramaturgia para ser bailada?

Muchas veces, los coreógrafos tienen imágenes e ideas, pero no tienen una hilazón para todas ellas, y tú, adentrándote en el mundo del coreógrafo y centrándote en la sensibilidad, te conviertes en una especie de costurera que lo une todo.

Cuando lee un texto teatral, ¿se imagina interpretándolo o dirigiéndolo?

Depende. Eso me pasaba mucho cuando compaginaba la interpretación con la dirección. Entonces, era capaz de imaginarme haciendo una u otra cosa con sólo leer la obra, hasta que aparqué la interpretación porque quería cuidar a mi padre, que estaba enfermo de alzhéimer. Después, me he centrado en la dirección y la gestión, y estoy todo el tiempo leyendo textos en busca de una perla que poder dirigir, pero estoy deseando volver a trabajar como actriz.

¿Con qué proyecto volvería a pisar los escenarios?

Me gustaría volver con un personaje contundente, bien con una comedia o una tragedia, pero lo que más me interesa es con quién, el equipo con el que trabajaría es lo más importante para mí.

Natalia Menéndez, ¿se dirigiría a sí misma? Y, de ser así, ¿qué le diría la Natalia directora a la Natalia actriz?

Es algo que no me he planteado, pero no digo que no pueda ser. Pero seguro que la directora le diría a la actriz: “no lo pienses, hazlo. Lánzate, no tengas miedo”, que es algo que me dijo mi tío y me resuena mucho, porque a veces me pienso mucho las cosas. Y supongo que la actriz se dejaría dirigir sin problemas, sólo le pediría indicaciones.

¿Cómo ve el panorama teatral en España?

Creo que, ahora mismo, el público está ávido de teatro; tiene muchas ganas de sentir y latir al mismo tiempo, de esa hermosa comunión que se produce en la oscuridad de una sala entre las personas que están en el patio de butacas y las que están sobre el escenario. Porque es un latido común que engancha a los espectadores, incluso a los más jóvenes, y eso es muy muy bueno, porque el teatro favorece al ser humano. 


Foto: marcosGpunto

TEST RÁPIDO

Un vicio o una manía confesables. Siempre me lavo las manos antes de empezar a ensayar, como un cirujano

antes de operar.

Su mayor miedo. La verdad es que cada día tengo un miedo diferente, pero supongo que el mayor sería envejecer mal.

¿Cómo le gustaría ser recordada? Como una mujer de las artes escénicas.

Su próximo proyecto. Tengo un proyecto con una productora china para hacer un monólogo de Itziar Pascual, Holliday Aut, en el Festival Internacional de las Artes de Shanghái.  

Gema Fernández