“Maura consideraba la monarquía como una institución esencial en el plano simbólico”
María Jesús González (Madrid, 1961) es historiadora y catedrática de Historia Contemporánea. Ha sido research fellow en la London School of Economics and Political Science (Londres) y en St Antony’s College y Wolfson College (Oxford). Ha trabajado sobre la España de Alfonso XIII, sobre la que ha escrito Ciudadanía y acción: el conservadurismo maurista, 1907-1923; y El universo conservador de Antonio Maura. Biografía y proyecto de Estado, la primera edición de este actual “laberinto de Maura”, que fue finalista de los premios nacionales de Ensayo e Historia de 1998.
También ha trabajado sobre política y cultura británica del siglo XX: las sufragistas, la política liberal en la era eduardiana y una biografía intelectual y estudio sociocultural, Raymon Carr. La curiosidad del zorro, finalista del Premio Nacional de Historia 2011 y en su versión inglesa del Elizabeth Longford Prize for Historical Biography 2014. Ha coeditado con Javier Ugarte Juan Pablo Fusi. El historiador y su tiempo, y con Adrián Magaldi Travesías biográficas. Un diálogo interdisciplinar. En la actualidad, jubilada, prosigue su investigación en curso sobre Isaiah Berlin.
Maura: «el estadista en su laberinto». ¿Cuáles eran las líneas fundamentales de su condición de estadista?
Tenía un proyecto legislativo coherente y estructurado, con perspectiva nacional y a largo plazo. Y lo defendía como una responsabilidad, un servicio público, sin considerar su propio desgaste o impopularidad. Por ejemplo, sobre su Ley de Administración Local le dijo al embajador francés que causaría años de problemas antes de instalarse definitivamente; que le arrastraría y él perecería políticamente, pero que eso le importaba poco: “Es un bien y a veces una necesidad que un hombre sea sacrificado a una política”.
Protegía el sistema, animando a la participación parlamentaria de los partidos, para consensuar en lo posible las leyes y convertirlas en objetivo y logro común. Apelaba a la atracción e integración de los sectores más moderados de la oposición extrasistema. Manifestó su alegría como monárquico -aunque como presidente le creara problemas-, cuando se formó un bloque de izquierdas contra su política (antes de enredarse en el radical “Maura, no”). Consideraba que así se fortalecería un verdadero partido en la izquierda dinástica que sería muy útil para la marcha de la política. Él, por su parte, intentaba atraer a las derechas (masas neutras, católicos, catalanistas e integristas).
Finalmente, no actuaba sometido a intereses partidistas o de poder y se prestó a colaborar en la salvaguarda del parlamentarismo o el régimen en momentos críticos, aún sin tener partido u obtener ganancia a cambio: como “estadista de guardia”.
¿Y cuáles eran para usted los pasajes de ese “laberinto” en el que se movió políticamente?
Los pasajes, vericuetos y callejones a veces sin salida, que propiciaba una etapa liberal de transición de la política de las élites a la de las masas, en la que además se enfrentaban apasionadamente propuestas cruciales. Entre ellas se cuestionaba el modelo de régimen, se debatía el papel de la religión y, sobre todo, de la iglesia en la sociedad y la política. Pero también se afrontaba la sangrante “cuestión social” y la desigualdad; la corrupción política; el colonialismo en la etapa de humillación post colonial y el auge del militarismo. Todo ello en un contexto europeo igualmente complejo, sobre todo en el periodo de postguerra mundial.
1893 ministro de Ultramar en el gobierno liberal de Sagasta. ¿Qué política defendió en relación con Cuba y Puerto Rico?
En ambos casos, pero con especial repercusión en Cuba, el entonces ministro liberal defendió, (para sorpresa de propios y extraños), una política autonomista aunque no radical: más bien de descentralización administrativa. Con ella pretendía romper el peso e influencia del Gobernador (o la dictadura de la metrópolis), fomentar el autogobierno local y su economía para fortalecer así un vínculo “afectivo” y cooperativo entre España y las colonias, rebajando el peso del independentismo airado. Esta propuesta fue muy bien recibida en las colonias y hubo quien pensó que habría evitado la guerra. En España fue rechazada por liberales y conservadores. Solo le apoyaron los republicanos federales.
Frente a la revolución y a los “cirujanos de hierro”, Maura defendió la «revolución desde arriba». ¿En qué consistía?
Este expresivo concepto de origen regeneracionista lo popularizó Maura, como posteriormente haría con los de “monarquía de ciudadanos” o “democracia conservadora”. En su aparente contradicción semántica los tres pares encerraban un significado práctico y resumían la idiosincrasia del político.Conciliaban las ideas de avance, cambio y un modelo participativo, con las amarras de contención o equilibrio que propiciaban los términos monarquía, conservadora o “desde arriba” ante una posible marejada política.
Con “revolución desde arriba” se refería a un proyecto diseñado para establecer las bases de la necesaria regeneración, eficiencia política y justicia social que, ejercido desde el gobierno, evitara una revolución desde abajo o una dictadura. El procedimiento era legislativo y parlamentario. Se basaba en una trilogía compuesta por las leyes de descentralización, electoral y de justicia municipal. Todas ellas pensadas para quebrar el entramado caciquil y propiciar y encauzar una mayor integración y participación política “tranquila”. A ellas sumaba una legión de leyes sociales, acordadas con el Instituto de Reformas Sociales, incluyendo mecanismos de prevención, conciliación o canalización del conflicto (inspectores de trabajo, tribunales de conciliación y arbitraje y una ley de huelgas). Otras leyes (económicas, jurídicas, militares) complementaban ese núcleo duro legislativo.
En la revista de los registradores es obligado preguntarle por la Ley Azcárate de represión de la usura, aprobada en 1908 durante el llamado “gobierno largo” de Maura, y en general por la estrecha relación entre Maura y Gumersindo de Azcárate, que da nombre al premio que otorgan anualmente los Registradores.
La ley Azcárate fue excepcional (y duradera) y protegía a los ciudadanos endeudados frente a bancos y prestamistas voraces. El mero hecho de que una ley propuesta por un republicano se aprobara en un gobierno conservador es, en sí mismo, muy revelador. Formaba parte de ese conjunto legislativo extraordinario que llevó a que se calificara 1908 como “el año de oro de la legislación social”.
En ese contexto tuvo gran importancia la fluidez de la relación personal de amistad y respeto mutuo (pese a sus discrepancias políticas) entre el viejo republicano y su ex alumno universitario Maura. Quedaban con frecuencia para charlar y fumar un cigarro, y se hablaban o escribían con tono muy cordial. Pero además compartían una reconocida similitud de estilo y propósitos: honestidad personal, ética política, juridicidad, vocación de servicio público, preocupación por la injusticia social… Salvo ellos -diría Lerroux – “todos los demás nos podemos llamar de tú”.
Azcárate no solo sacó adelante esa excelente ley de usura, o impulsó otras sociales como presidente del IRS (organismo asesor y colaborador del gobierno Maura) sino que participó con entusiasmo en la de administración local. También propuso una bienintencionada enmienda en la Ley Electoral (desafortunadamente conflictiva en su implementación) como fue el artículo 29: pensado para evitar el paripé electoral, pero cuya aplicación “perversa” revirtió en un antidemocrático fortalecimiento del encasillado.
Aunque Azcárate fue muy firme en su oposición a ciertas políticas de Maura, como la Ley de Represión del Terrorismo, en ocasiones confluía políticamente con él hasta el punto de bromear diciendo que cierta prensa rumoreaba que se había pasado al Partido Conservador, a lo que Maura respondía “¡Ojalá!”.

¿Cuál fue la posición de Maura ante el conflicto de Marruecos?
Desde1904 propuso reiteradamente la “no intervención” frente a cualquier pretensión de conquista militar. Defendió la política de status quo firmada en 1906: un protectorado sin avances territoriales, respeto a las costumbres locales, introducción de gobernador civil para limitar el auge militar… etc. Pero en 1907 Francia rompió el tratado y ocupó Uchda y Casablanca ante la forzada pasividad de un ejército español (bajo estrictas órdenes gubernamentales) que se sintió humillado ante su “ignominioso” papel. El rey, espoleado por los militares y bajo su propia convicción africanista anhelaba la intervención. Además, los intereses mineros se sintieron amenazados, se desarrolló una pinza franco alemana contra España y hubo presión por parte del nuevo sultán. En esas circunstancias explosivas, lo que el gobierno planteó fue una operación disuasoria de frontera: “fíjese usted que no estamos en guerra” -escribía Maura al ministro de Guerra en 1909. Pero esta operación se complicó en una desastrosa batalla abierta y de avance, desarrollada bajo la iniciativa del general Marina, sin órdenes del gobierno. A Maura se le fue de las manos el conflicto, como quiso demostrar en 1914, apelando a la formación de una comisión parlamentaria para investigar las responsabilidades de la campaña.
“Maura y Azcárate compartían honestidad personal, ética política, juridicidad, vocación de servicio público y preocupación por la injusticia social”
En 1909 tuvo lugar la Semana Trágica de Barcelona. ¿No es una paradoja que un político crítico con el colonialismo militar viera cómo su proyecto se hundía precisamente a causa de ese factor?
Sí, constituyó una de las diversas paradojas o hechos desafortunados que, siendo totalmente ajenos a su proyecto o idiosincrasia, confluyeron en una destructiva “tormenta perfecta”.
Para empezar Linares, su ministro de Guerra, desarrolló en Barcelona una injusta leva de reservistas (reclutas pobres y ya mayores). Esta se oponía al propósito de Maura quien, desde 1904, estaba tramitando y acordando con el Estado Mayor Central del Ejército una ley de Servicio Militar Obligatorio (sin redención a metálico) que pretendía aprobar pronto. Respecto a la política contraria de Maura al avance en Marruecos ya la he comentado. Por otra parte, contra el parecer del gobernador civil y con un cuerpo policial aún en proceso de formación, el ejército protagonizó una durísima represión en Barcelona. El tribunal que juzgó a Ferrer tampoco era civil (quizás más benévolo), sino militar: en base a la Ley de Jurisdicciones. Esta era una ley liberal que Maura había combatido en su momento como una muestra de la aborrecida por él intervención militar en la política, y de la que había manifestado su voluntad de eliminar cuanto antes. Y, la última fatalidad: aunque Maura había indultado pocos meses antes al republicano anticlerical enragé Nakens, implicado en el atentado de 1906 al rey junto a Ferrer, no quiso hacerlo en el caso del librepensador por una cuestión de “autoridad”. No obstante, aceptó aliviado una propuesta del Vaticano para solicitar el indulto. Pero esta llegó cuando ya se había ejecutado al reo. El Vaticano ocultó ese “fallo” para no ser objeto de críticas o ataques y dejó circular la creencia de que el “sanguinario” Maura había negado el indulto hasta al Papa. Todo sumado constituye una cruel confluencia de paradojas y errores, aunque Maura fuera responsable como presidente.
En una serie emitida recientemente en TVE se pone en boca de Maura la frase: «si no hay pruebas contra Ferrer, se encontrarán», afirmación que no coincide con la verdad histórica según su trabajo.
Esa escena no se ajusta a la realidad. Por una parte, retrata a Alfonso XIII gritando a Maura y tratándolo de tú, algo muy improbable porque era el único político al que mostraba respeto y trataba de usted o “Don Antonio”. Por otra, reproduce esa falsa afirmación de Maura, frente a su actitud firme y manifiesta de “no interferir” en el juicio militar o su resolución, fuere cual fuere. Maura (que acababa de indultar a Nakens) no impulsó activamente la condena de Ferrer. En realidad, y a pesar del desesperado esfuerzo de su honesto defensor, el capitán Galcerán, esa (injusta) condena era casi previsible: Ferrer tenía un gran valor simbólico… pero muy pocos apoyos políticos y no era popular. Lo fue tras su muerte. El grave error de Maura fue su inflexibilidad legislativa y la omisión de un indulto humana y estratégicamente necesario. Tras la muerte de Ferrer ningún partido reclamó la revisión del proceso.
¿Cómo era la relación de a Maura con Alfonso XIII y más en general su percepción de la Monarquía?
Alfonso XIII era un rey jovencísimo ante un veterano Maura que, si bien no tenía entusiasmos personales hacia la Monarquía, consideraba la institución un elemento esencial en el plano simbólico: como emoliente social, elemento de referencia y conexión nacional, e imagen viva de esa nacionalidad. También tenía una noción muy clara de la importancia de mantener las funciones y los límites en el campo de las legitimidades de un régimen monárquico restaurado, pero inserto en un sistema liberal parlamentario y bajo amenaza de avance republicano. Por ello, ejercía un rol en ocasiones paternal, siempre pedagógico y con frecuencia severo, que al rey (que le motejaba de “el superhombre”) no parecía agradarle. Por una parte, pretendía rebajar los efectos de la educación militar del soberano y su pasión por los uniformes y avances marciales. Por otra, intentaba limitar cualesquiera intervención política del voluble monarca. Y, sobre todo, quería acercarle a la población (en sus calles o festejos, en sus centros laborales y en las entidades educativas o espacios culturales). Le consideraba, finalmente, un aglutinante territorial, como evidenció con sus programadas giras por Cataluña. El profundo respeto de Maura por la institución monárquica (que no por el monarca) le llevó a salvar diversas coyunturas críticas para defender el régimen con un alto costo personal o político.
“El de Maura era un nacionalismo dialogante y cívico”
¿Cuál era su posición ante el catalanismo y cuál fue su propuesta política para afrontarlo?
Salvando las diferencias, Maura, partía de una actitud similar frente al catalanismo que la que mantuvo ante las colonias o la que intentó en Marruecos: respeto a su particularismo o cultura, relación dialogante no agresiva, atracción/integración hacia España y, en el caso, del catalanismo, contingente auxiliar en su proyecto de revolución desde arriba.
Ya en sus “elecciones limpias” en 1902, comprobó la fuerza y avance que, ante la ausencia de coerción caciquil, demostraba el recién nacido catalanismo conservador de la Lliga frente a los partidos dinásticos. En su gobierno largo, intentó atraerle hacia la colaboración parlamentaria en leyes de interés común (administración local, electoral, políticas proteccionistas, represión del terrorismo, creación de la policía profesional…). Pero, sobre todo, trató y respetó a sus líderes (Prat de la Riba y Cambó) y mostró sensibilidad hacia la cultura catalana. Llevar al rey a Barcelona (con desfiles, asistencia al teatro en catalán, concesión de canonjías y aceptación de regalos), constituyó también un recurso de atracción simbólica. Aunque en 1918 criticó el proyecto de bases autonomista de Cambó, le tendió la mano para buscar un camino común y manifestó que la autonomía regional se podría negociar. En 1921 contó con él como ministro.
¿Qué caracterizaba el nacionalismo de Maura?
Pese a su indudable defensa del nacionalismo español, el de Maura era un nacionalismo dialogante y cívico: no “inflamado”. Contemplaba varios factores: el efecto nacionalizador de un sistema de limpieza y eficacia legislativa (leyes sociales, económicas, administrativas, funcionariales, judiciales) que identificaran por ósmosis al ciudadano con el Estado y la nación; el papel referencial y aglutinante de clases sociales y territorios de la Monarquía; y la suma de recreaciones o conmemoraciones simbólicas de la idea nacional: Monumentos, Diccionario de la Lengua Española, Fiesta de la Raza, Covadonga (reconquista), Teatro español… Ni potenciaba el colonialismo ni el trato “agresivo” hacia los nacionalismos periféricos.
“Maura era un católico devoto, pero también era un liberal convencido”
¿Cómo afrontó Maura el fenómeno terrorista, tan protagonista en la época, con los asesinatos de Cánovas, Canalejas y Dato, así como los atentados frustrados contra el Rey y contra el propio Maura, en dos ocasiones?
Las únicas políticas específicas de Maura en este sentido fueron la de crear (a través de su ministro de Gobernación), un cuerpo de policía profesional, sorprendentemente inexistente, o su propuesta de una Ley de Represión del Terrorismo que pretendía, entre otras cosas, suprimir centros anarquistas, restringir su prensa (o la publicidad de sus hechos) y la expulsión y confinamiento de sus propagandistas. Maura retiró la ley ante la denodada oposición que despertó. Considerada una amenaza a la libertad de expresión dio lugar al Bloque de Izquierdas.
Con el cuerpo de policía y esa ley de represión nonnata pretendía, entre otras cosas, limitar el papel de guardián social del Ejército, su intervención en espacios civiles y también eliminar la cuestionada Ley de Jurisdicciones.
La dictadura de Primo de Rivera acabó con el régimen liberal de la Restauración establecido por la constitución de 1876 malogrando ese proceso de «democracia en camino». ¿Fue el reformismo de Maura la mayor oportunidad perdida para la consolidación de una democracia liberal en España?
Sus esfuerzos se encaminaban hacia ese objetivo desde su perspectiva conservadora católica y, probablemente, por su convicción, energía y posición institucional y de poder hasta 1909, habría sido el candidato más viable para avanzar en esa línea. Desde entonces poco pudo hacer. Pero hubo otros proyectos, otras figuras que remaron en la misma dirección desde otras posiciones diversas: el liberal Canalejas, el republicano Azcárate o el reformista Melquiades Álvarez, por ejemplo. El asesinato, la muerte o el fracaso funcional frustraron respectivamente sus intentos. En ningún caso esos proyectos fueron tan completos y estructurados como el de Maura, o tuvieron ocasión de debatirse en las Cortes pero, sin duda, habrían complementado y enriquecido el puzzle democrático. Precisamente Salvemini, el socialista italiano que utilizó esa expresión de William Salomone, “democrazia in cammino”, destacaba otro concepto: la “democracia como método”, basada en la idea de que ninguna persona o grupo poseía el secreto del buen gobierno, lo que enfatizaba la necesidad de humildad, debate y escrutinio recíproco.
“La ‘revolución desde arriba’ de Maura se refería a un proyecto diseñado para establecer las bases de la necesaria regeneración, eficiencia política y justicia social”
En 2025 se ha cumplido el centenario de la muerte de Maura y en 2026 se celebrará el de Gaudí. Compartieron nombre de pila, época, lengua materna, talento y una profunda religiosidad. ¿Hay constancia de algún encuentro entre ambos? En todo caso, háblenos del hecho religioso en el proyecto político de Maura y de la dimensión política del anticlericalismo en la época.
No existe constancia de encuentro entre ambos. En realidad, se movían en distintas esferas y universos mentales. El catolicismo de Gaudí era más profundo, holístico y tradicionalista. Maura era un católico devoto, pero también era un liberal convencido. Esa “disociación” constituye otra de las encrucijadas de su laberinto… Aplaudía la influencia de la religión en la sociedad, por sus efectos beneficiosos en formar (según su perspectiva) una ciudadanía moral. Pero combatía cualquier interferencia de la Iglesia en la política. Incluso rechazaba ciertas beligerantes manifestaciones espontáneas de sacerdotes o católicos integristas antiliberales que dañaban, según él, tanto al sistema como a la religión. La clasificación simplificada y bipolar clericalismo/ anticlericalismo, que fue instrumental y muy movilizadora en el entorno sociopolítico, llevó a que se le ubicara en el bando de los clericales (como se ubicó erradamente en el de los anticlericales a un Canalejas, también católico, por su ley de Asociaciones).













