Nunca desde la II Guerra Mundial la relación entre EE UU y sus aliados en Europa ha sido tenue e inestable como desde el regreso en enero de Donald Trump a la Casa Blanca. Basta con recordar desde sus ambiciones territoriales sobre la Groenlandia danesa hasta la nueva Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense que arremete contra la Unión Europea.
Nunca ha habido desde la II Guerra Mundial una guerra de tal envergadura en Europa como la que se libra en Ucrania desde que hace ya casi cuatro años cuando el presidente ruso Vladimir Putin ordenó invadir a su vecino invocando diversos pretextos.
La vuelta de Trump a la presidencia ha envalentonado a un líder ruso cuyo Ejército parecía estancado en el frente ucraniano. Su propósito es ahora no sólo derrotar a Ucrania sino aprovechar el desapego de EE UU para poner a prueba la resistencia a sus embestidas de sus vecinos del Viejo Continente.
Empezó primero por la guerra híbrida cuando, por ejemplo, los drones rusos penetran en el espacio aéreo polaco, paralizan grandes aeropuertos europeos al tiempo que barcos sospechosos dañan un cable submarino entre Finlandia y Estonia. Después vendrá quizás el zarpazo territorial que, según anticipan los Estados Mayores, podría dar en el corredor de Suwaki, entre Kalinigrado y Bielorusia, en los pueblos rusófonos de Estonia cerca de su frontera o en otros muchos lugares.
La UE y la OTAN se han ampliado con demasiada rapidez este siglo. Han incorporado como miembros a potencias algo inmaduras que traicionan los ideales europeos en política exterior y merman la cohesión
Ese será el momento crucial en el que Europa se jugará su destino por dos motivos. Primero porque podrá comprobar si el “hermano mayor” de la OTAN está aún dispuesto a defenderla como hizo siempre durante e incluso después de la Guerra Fría. También porque si este permanece de brazos cruzados, como presagian algunas señales, deberá decidir por su cuenta si responde a la agresión rusa o se achanta ante la acometida de una potencia nuclear.
Hasta ahora hay, por parte de los europeos, reacciones pusilánimes como la negativa a descongelar los activos rusos en Bélgica para ayudar a Kiev o la resistencia a desplegar el Sky Shield en el oeste de Ucrania para proteger su espacio aéreo. Hay, sin embargo, otras iniciativas más atrevidas como la creación del Fondo Europeo de Defensa, para fomentar la investigación, o el empeño de poner en pie esa llamada coalición militar de voluntarios que disuadiría a Rusia de volver a las andadas una vez alcanzada una paz precaria en Ucrania.
La UE y la OTAN se han ampliado con demasiada rapidez este siglo. Han incorporado como miembros a potencias algo inmaduras que traicionan los ideales europeos en política exterior y merman la cohesión. Los tres pesos pesados militares del continente (Alemania, Francia y Reino Unido) sí hacen piña para, llegado el momento, intentar no arrugarse ante Putin. Saben que el coste de la inacción supondría el final del modelo de Europa en la que vivimos.
La fuerza de Putin no solo consiste en contar con el mayor ejército de Europa -el ucraniano es ya el segundo- sino en su lenguaje de matón con el que intenta amedrentar. La fuerza de Putin es, en parte, el miedo que inspira a sus vecinos con sus amenazas y su guerra híbrida.
Pero el país que dirige con mano de hierro no es el coloso que muchos temen. Con casi el triple de la población de España, su PIB se sitúa a medio camino entre el español y el italiano. El gasto real en defensa puede alcanzar hasta el 47% del presupuesto federal, según algunas estimaciones, lo que da una idea de la merma que padecen la educación, la sanidad, las infraestructuras. Los ingresos de los hidrocarburos, con los que se financia la guerra, han caído.
Las estimaciones más prudentes calculan que han muerto en el frente 158.000 soldados rusos desde 2022. Thomas Graham, cofundador de los estudios sobre Rusia en la Universidad de Yale, eleva la cifra a 200.000 muertos o heridos en 2025, año en el que conquistó solo el 1% del territorio ucraniano. Se añade a otro 10% que ya le arrebató desde 2022.
Lo racional sería que con una hecatombe descomunal, un ejército atascado y una economía medio quebrada, Putin buscase la paz aunque solo fuera para parar y reconstruir. ¿Sabe, de verdad, el autócrata el momento aciago por el que pasa su país?
Ignacio Cembrero












