Se trata de dos parámetros tan necesarios como imprescindibles de coordinar: sostenibilidad y crecimiento. Dos planteamientos sin los cuales el fracaso del uno y del otro estará asegurado. Porque es cierto que necesitamos esquemas sostenibles tanto desde el punto de vista puramente medioambiental, como desde el punto de vista de nuestra economía y consumos. Pero también es innegable que, si los costes de asunción de esta pretendida sostenibilidad son excesivos y llegan a provocar un freno a la economía, el resultado será un parón en la creación de riqueza y empleo. Algo que, no sólo los propios ciudadanos rechazarán de inmediato, sino que, además, paralizará automáticamente los ingresos necesarios para poder financiar las mejoras medioambientales pretendidas.

Por ello es tan absolutamente necesaria la búsqueda de esquemas medioambientales sostenibles, como el acierto en lograr un equilibrio que evite un coste empresarial y económico excesivo.

Desde la segunda mitad del siglo XX se ha producido un crecimiento económico en todo el mundo sin precedentes. Un crecimiento que ha permitido la reducción proporcional de la pobreza en todo el mundo -en más de 60 puntos porcentuales sólo durante ese periodo, dejando el nivel de población bajo el umbral de pobreza severa cerca del 15%-.

La producción mundial de bienes y servicios se ha disparado desde los cinco billones de dólares en 1950 hasta los más de 30 billones al cierre del Siglo XX. Y debe tenerse en cuenta que el crecimiento exclusivamente de la última década del S.XX –más de cinco billones de dólares- es equivalente al cosechado desde el comienzo de la civilización hasta 1950. Algo que no ha dejado de tener traslado directo a la mejora social en todos los países.

Todo ello ha supuesto aumentos de los consumos y de las emisiones. Cierto. Y la generación del mayor periodo de prosperidad y crecimiento que se recuerda en toda la historia de la humanidad.

Es tan absolutamente necesaria la búsqueda de esquemas medioambientales sostenibles, como el acierto en lograr un equilibrio que evite un coste empresarial y económico excesivo

Ese proceso no ha hecho otra cosa que acelerarse en los comienzos del siglo XXI. Y se ha centrado en particular en los llamados países emergentes (China, India, Brasil…) que cubren más de la mitad de la población humana. Países que abandonan paulatinamente sus situaciones de pobreza anterior y que caminan hacia la prosperidad gracias a esos crecimientos. Y gracias, por lo tanto, a esquema en los cuales, hasta el momento, no ha habido una sensibilidad para adecuar su actividad a una sostenibilidad medioambiental.

Las mejoras sociales en todo este periodo son más que visibles. Hasta el punto de que la esperanza de vida media en el mundo ha pasado de los 47 años en 1950 a los 64 años en 1995 y 68 años en 2011, con cifras que superan los 80 años para los países más desarrollados. 

Unos datos que se han logrado, efectivamente, a costa de mayores consumos. Consumos por el aumento de la producción. Y porque, por ejemplo, más gente tiene calefacción, aire acondicionado, coche o televisión. 

Una mejor dieta alimenticia fruto del aumento la producción agrícola, y del aumento de las capturas pesqueras. Unos mayores niveles de alfabetización, que han ido de la mano de una multiplicación del consumo de papel y, por lo tanto, de la tala de madera. Un mayor uso de la calefacción que ha traído de la mano incrementos brutales en la generación de energía. O, sólo por poner otro ejemplo, una escalada sin precedentes en el tamaño de la población mundial que ha provocado un mayor consumo de todo tipo de productos y un fuerte aumento de las emisiones por la escalada del número de desplazamientos.

Y es que la población mundial ha pasado de los 2.600 millones de habitantes en 1950, a los 7.444 millones actuales, casi tres veces más.

Por todo ello, la sostenibilidad es necesaria. Y su implantación equilibrada, también.