«El deporte encierra múltiples y muy distintos significados”


Enrique Arnaldo Alcubilla, (Madrid 1957) es magistrado del Tribunal Constitucional, doctor en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid, catedrático de Derecho Constitucional, letrado de las Cortes, TAC, académico electo de la RAJL y autor de numerosas publicaciones jurídicas. Este prestigioso jurista nos ha sorprendido, ahora, muy gratamente, con un libro diferente El deporte en la literatura. Este libro nos muestra cómo y de qué manera el deporte ha estado presente en la literatura desde la antigua Grecia hasta nuestros días.


Afirmas en el libro que el siglo XX puede definirse como el siglo del deporte, pero previamente cuentas que se ha practicado deporte desde el origen de los tiempos.

Me gusta mucho la reflexión de la escritora italiana Elena Ferrante: «Ni siquiera Homero fue nuevo». 

Es cierto que el deporte, a partir de fines del siglo XIX, se ha generalizado hasta tal punto que podemos considerar que la sociedad se ha «deportivizado». Es probablemente el fenómeno más movilizador del mundo contemporáneo. Pero el deporte ha sido propio de todo tiempo y lugar, o sea, es consustancial al ser humano desde sus formas más primitivas. Lo cuenta por ejemplo, Harari Yuval Noah en Sapiens. Y no hay más que leer a Diodoro de Sicilia, La Ilíada o la Ética a Nicómaco de Aristóteles, o las referencias al juego de pelota en la América prehispánica.

¿Qué deportes son los que más interesan a la literatura?

Sin duda los deportes más literarios son el fútbol y el boxeo, aunque Joyce Carol Oates, una excelente novelista, en su famoso ensayo sobre el tema, considera que el boxeo no es un deporte «porque no hay nada fundamentalmente lúdico en ello». Pero que le pregunten a Ernest Hemingway, Gay Talese, Ignacio Aldecoa o incluso a Julio Cortázar. Igual que más recientemente Gistau o José Luis Garci adoraban el boxeo, y es que la lucha fue, junto con las carreras, el deporte más popular en los Juegos de Olimpia. 

El fútbol es el deporte estrella del firmamento hispanoamericano. Tiene nombres inolvidables. Y no solo entre los que han cultivado la literatura digamos deportiva sino que se apasionan con sus referencias futbolísticas, glorias literarias como Javier Marías, Nabokov, Mario Benedetti, Camilo José Cela, Philip Kerr y hasta Alberti, Celaya o Luis Alberto de Cuenca. Dejó dicho Jorge Valdano, cuyo libro Cuentos de fútbol es de imprescindible lectura, que el fútbol es «la cosa más importante entre las menos importantes». Y es que Vázquez Montalbán asegura que es “la religión de nuestros días», una religión laica eso sí.

José Ramón Martín Marco y Enrique Arnaldo.

“Los héroes contemporáneos, son deportistas, encumbrados a referentes, a estrellas fulgurantes, a paladines e ídolos convertidos en semidioses”

Pero de tu libro resulta que la literatura se ha ocupado también de otras ramas deportivas.

Efectivamente, el fútbol y boxeo son los más comunes, pero la literatura plasma la plasticidad por todos los deportes. En ocasiones apreciamos que el novelista se identifica con el deporte que tiene mayor implantación en el país de origen. Por ejemplo, el rugby es el deporte nacional de Sudáfrica y John Carlin nos cuenta en El factor humano cómo fue el elemento de cohesión e integración nacional tras el fin del apartheid y la llegada al poder de Nelson Mandela. O en Estados Unidos y Cuba el béisbol es el deporte que concentra las mejores páginas y pongo dos nombres encima de la mesa, los dos de la primera división de la literatura universal: Paul Auster y Leonardo Padura.

En otros casos el novelista nos describe su pasión, como Murakami con su De qué hablo cuando hablo de correr, o como Soledad Puértoles -en Una vida Inesperada– que encuentra el sosiego en la natación o Finnegan, un loco del surf en Años salvajes. O David Foster Wallace con El tenis como experiencia religiosa. En fin, otros nos refieren la actuación extraordinaria de algún gigante del deporte, como Jean Echenoz en su libro sobre el gran mediofondista checo Zatopek o Lola Lafon que construye una excepcional historia sobre Nadia Comaneci en La pequeña comunista que no sonreía nunca.

¿Qué es para ti el deporte: una actividad lúdica, un pasatiempo, una obligación para garantizar una buena salud, un negocio…?

No hay una única recepción del deporte ni el deporte tiene el mismo significado para todo el mundo. El deporte encierra múltiples y muy distintos significados: para unos es una competición y dedicación, pero para la mayoría tiene una dimensión lúdica por más que puede ser exigente y hasta disciplinada.

Los más rigoristas vinculan el deporte exclusivamente a la práctica de modo que desdeñan al espectador, al aficionado al deporte, aunque sea al deporte contemplativo. Pero también el espectador puede ser desdeñoso con el practicante, con Bernard Shaw que se expresó provocadoramente con aquella frase histórica: «Me he pasado la vida asistiendo a los entrenos de mis amigos que hacían deporte». Ciertamente no son equiparables el deporte ejerciente con el del espectador, pero unos necesitan del otro.

En todo caso los ángulos del deporte forman una casa con múltiples habitaciones, como comento en el libro. El deporte es, o puede ser, símbolo o bandera de un país; instrumento de superación; una religión; una forma de afición; una pasión; también forma parte de la educación; otros lo identifican con las apuestas: hay para quienes es un signo social distintivo, etc… Hay múltiples formas de entenderlo y es bueno que así sea.

“La deportividad es un sustantivo integrador de valores como la limpia competencia, el respeto, la paz, la superación personal…”

¿Qué relación tiene el deporte con el Derecho? Tú has sido miembro de Comités disciplinarios federativos y presidente del Tribunal Administrativo del Deporte, es decir te has dedicado al llamado Derecho deportivo.

El deporte está sujeto a reglas como toda actividad humana. Las reglas del deporte se van estableciendo en la práctica y finalmente se formalizan. Las reglas se basan en organizar la competición de modo que se garantice la igualdad de oportunidades y la limpieza. Si no hay reglas no puede haber juego, al menos juego limpio. Fernando Savater escribe que sin reglamento puede haber ejercicio, pero no juego. En los juegos de Olimpia se generaron no pocas reglas que se consideran el origen del Derecho deportivo: las que se aplicaban a cada prueba, los criterios de selección de los jueces, las normas de inspección de los campos de juego, etc… Eduardo Galeano –en El fútbol a sol y sombra– nos cuenta cómo nacen las reglas del fútbol en Inglaterra: en una taberna de Londres en 1863, doce clubes sellaron un acuerdo de caballeros basado en asumir las que había establecido unos años antes la Universidad de Cambridge.

Desde que el Barón de Coubertin promovió la aprobación de la Carta Olímpica se identifica el deporte con valores.

La Carta Olímpica es la declaración universal de la deportividad, y tanto el COI como las Federaciones Internacionales predican y reivindican la deportividad como valor e incluso como virtud. La deportividad es un sustantivo integrador de valores como la limpia competencia, el respeto, la paz, la superación personal… Escribió Ortega que la cultura no es hija del trabajo sino del deporte y que este es la forma superior de la existencia humana. Uno de mis novelistas contemporáneos preferidos, Martínez de Pisón, escribe que el deporte es una escuela de valores morales. Pero la frase que ha pasado con letras de otro a la historia es la pronunciada por el Premio Nobel -que fue un razonablemente buen portero de fútbol en su ciudad de origen, Argel- Albert Camus: “Después de muchos años en que el mundo ha permitido variadas experiencias, lo que más sé a la larga, acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al deporte. Preservemos esta gran y digna imagen de la juventud”.

Sin duda la cara A del deporte son los valores, pero también presenta una cara B. Recordemos las avalanchas del estadio de Heysel con más de un centenar de muertos, o los gritos racistas en los estadios o los amaños de partidos y otras corruptelas.

Es cierto. Nada hay intrínsecamente bueno, tampoco el deporte. El fanatismo tiene particularmente en el fútbol su propio nombre: hooliganism. Esta palabra se emplea por vez primera en The Times a fines del siglo XIX, aunque fue con ocasión de la avalancha provocada por los hooligans del Liverpool en el estadio bruselense de Heysel cuando se hizo viral.

No es el único disvalor del deporte pues la corrupción unida a la manipulación de las apuestas, el amaño de los resultados de los partidos o la compra de jugadores, o árbitros, etc… son manchas negras. Hemos de ser exigentes y estar vigilantes para su eliminación.

Eres un jurista con muchos galones, letrado de las Cortes, catedrático, TAC y ahora magistrado del Tribunal Constitucional. Desde esta atalaya tuya ahora en el Tribunal de Garantías Constitucionales, ¿en qué se parece el deporte a tu trabajo?

Mi trabajo consiste en estudiar, deliberar y votar. Estas tres partes diríamos que así se traducen: estudiar sería el entrenamiento, deliberar sería jugar el partido y votar, el resultado. Nos preparamos para esto último. No soy de los que piensa que lo único que merece la pena de un partido sea ganar, pero no me disgusta. La verdad sí me gustaría ganar más veces porque -y aquí permítame la broma- creo que juego bastante bien, y quien lea los votos particulares puede atestiguarlo… Repito que lo digo en términos de broma.

¿Y qué es el Tribunal Constitucional desde el punto de vista futbolístico? A mi juicio es el VAR (Video Assistant Referee) en cuanto es el órgano revisor de los actos de los jugadores, que en este caso son los sujetos legitimados para recurrir ante el mismo. Y su resolución es imperativa e irrecurrible y vincula a todos.

Has citado antes a algunos poetas. Es conocido aquel poeta griego, Píndaro que cantaba a los triunfadores en los juegos de la Antigüedad. Pero no parece muy compatible la poesía y el deporte.

Píndaro escribió en el siglo V a.C. los Epinicios, que eran cantos corales en honor de los vencedores de los Juegos Olímpicos. Y es que aquellos se convertían en héroes. No es extraño que el grandísimo periodista deportivo que es Santiago Segurola titule uno de sus libros Héroes de nuestro tiempo y es que los héroes contemporáneos, son deportistas, encumbrados a referentes, a estrellas fulgurantes, a paladines e ídolos convertidos en semidioses. Roberto Fontanarrosa llega a decir sobre Maradona: «Qué me importa lo que hizo con su vida, me importa lo que hizo con la mía». Y el uruguayo Galeano lo cataloga al astro argentino de “dios en el estadio”, y añade que “los dioses no se jubilan por muy humanos que sean”.

“El fútbol y boxeo son los más comunes, pero la literatura plasma la plasticidad por todos los deportes”

Nos hemos apartado de la poesía que ya reivindicó Julián García Candau en un libro que dices está injustamente olvidado Épica y lírica del fútbol.

A mí también me extrañó encontrar poetas “deportivos”. Cuando leí la oda de Rafael Alberti al portero del Barcelona, sustituto del legendario Ricardo Zamora, Platko, me llevé una sorpresa que se completó al leer la respuesta de Gabriel Celaya, que era donostiarra y de la Real Sociedad, club con el que se enfrentaba el Barcelona en aquella final del campeonato de España celebrada en Santander en 1928. 

Luego descubrí a Miguel Hernández que jugaba de extremo en un equipo alicantino y que dedicó en 1931 un poema a otro portero, Lolo Sampedro. Y a Gerardo Diego y a Benedetti, a Leopoldo de Luis y a Luis Alberto de Cuenca…

Pero no nos llevemos una imagen distorsionada. Es verdad que el fútbol es dominante -ya sostuvo Fernando Lázaro Carreter que el fútbol es el sustituto de las guerras que históricamente asolaron Europa-. Pero la poesía se abre a otros deportes, Paul Eluard, por ejemplo, al boxeo, Yeats, a las carreras de caballos, Borges, por supuesto, al ajedrez, Neruda, a la bicicleta, etc… El deporte es aún más bello en versos tan limpios como los escritos por los autores citados.


EL MAGISTRADO DEL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL, ENRIQUE ARNALDO, visitó la sede del Colegio de Registradores para presentar y firmar ejemplares de su último libro, El deporte en la literatura, en un acto organizado por la revista Registradores que reunió a destacados representantes de la administración, la política, la judicatura, la universidad o el periodismo, además de a numerosos representantes del Cuerpo de Registradores. Los asistentes al encuentro pudieron departir con el autor sobre el proceso creativo de una obra en la que se cuenta como la literatura ha narrado la evolución del deporte desde Grecia y Roma hasta la actualidad, en una sociedad profundamente deportivizada.

José Ramón Martín Marco