Un mundo sostenible

Quizá a usted le pase lo mismo que a mí. 

Comprende que tenemos que cuidar nuestro planeta, está dispuesto a sacrificarse en muchas cosas, simpatiza con quienes dedican tiempo y esfuerzos a divulgar la necesidad de contaminar menos. Usted, como yo, ya tiene una edad. No le gusta la destrucción ni las revoluciones. Quiere que sus hijos disfruten de un aire limpio, de una atmósfera sana, de un agua limpia. Le importa el futuro, precisamente porque ya no es joven. Le caen bien los ecologistas, tiene un prejuicio positivo hacia ellos. Comprueba cada día, satisfecho, que todos los partidos, todos los medios de comunicación, todos los periodistas piensan más o menos lo mismo. Sin estridencias. Sin exageraciones.

Pero, de repente aparece en la escena Greta y te deja completamente confundido. Vamos a ver. ¿No parece razonable que el mundo haga lo que diga una adolescente, no?  Yo no digo que no escuchemos a nuestros hijos, adolescentes o no, porque ahora los adolescentes tienen mucho que decir. Pero de ahí a hacerles caso, hay un trecho. La Asamblea General de Naciones Unidas, nada menos, ha decidido escuchar su discurso, aplaudirla, seguir su liderazgo. No es Churchill, ni De Gaulle, pero el mundo la sigue, la aplaude, la venera o la odia. Y nada de las dos cosas es, a mi juicio, razonable.

Vamos a dejar de creer en una cosa o su contraria. Empecemos a ver los datos, los datos reales. Vamos a compararlos con el pasado y a ponerlos en perspectiva. Dejémonos de amenazas milenaristas de lo que va a ocurrir inmediatamente si no hacemos nada. Olvidemos los ‘no pasa nada y no hay que hacer nada’

Humildemente, quisiera proponer otra perspectiva. Vamos a dejar de tratar el asunto del clima como si se tratara de una fe. Una nueva religión en la que se condena inmediatamente a aquellos que osen discutir, discrepar. Constantemente veo gente, muy respetable por lo demás, que afirma creer en la crisis climática o no creer en ella. Vamos a dejar de creer en una cosa o su contraria. Empecemos a ver los datos, los datos reales. Vamos a compararlos con el pasado y a ponerlos en perspectiva. Dejémonos de amenazas milenaristas de lo que va a ocurrir inmediatamente si no hacemos nada. Olvidemos los “no pasa nada y no hay que hacer nada”. Comprendamos que toda medida que adoptemos tiene consecuencias, unas queridas y otras indeseadas. Y costes. Midamos, estudiemos, comparemos. Nunca podremos diseñar políticas perfectas, aquéllas que consigan los objetivos que nos proponemos sin coste alguno. Pero quizá, sólo quizá, consigamos un acuerdo razonable, moderado, cuyo resultado no implique romper todos los muebles de la casa. Ya soy consciente de que el mundo, en este preciso instante, no es un lugar propicio para reflexiones serenas y decisiones cabales. Pero, ¿qué tal si lo intentamos? Si lo hacemos, conseguiremos introducir algo de racionalidad en el debate público, resolver algunos problemas y sentir que las nuevas generaciones tienen motivos para sentirse orgullosas de nosotros. Incluso Greta.