Todo lo que no podía ser, ha sido

Todo lo que no podía ser, ha sido. Las inquietudes, dudas, reticencias que pueda suscitar la nueva etapa política que se abre en el país con el inédito Gobierno de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos, apoyado parlamentariamente por ERC, se sostienen sobre las palabras que el propio Pedro Sánchez ha pronunciado durante meses. Nunca nadie ha sido peor propagandista de su propio Gobierno. 

El primer ejemplo lo vimos apenas seis horas después de la investidura. A pesar de las supuestas prisas para que España saliera de su interinidad, Pedro Sánchez retrasaba varios días el anuncio de la composición definitiva de su Consejo de Ministros, -en un goteo malayo- ante un Pablo Iglesias ansioso que dejaba claro cuál era su porción del pastel gubernamental adelantando sus nombramientos. Estábamos advertidos. “No necesitamos dos Gobiernos en uno, sino un Gobierno con un mensaje coherente”, argumentaba el inquilino de La Moncloa en el interregno electoral para justificar su negativa a un Ejecutivo de coalición, eso, y su falta de sueño y la del “95 por ciento de los españoles”. 

Posteriormente vino la gran jugada maestra. Una inflación de vicepresidencias, desconocida por los negociadores de Podemos, cuyo fin es diluir el cargo de Iglesias, rebajar su impacto público y arrebatarle competencias en asuntos como la Agenda 2030, un juguete para el líder morado obligado a compartirlo con otros ministros. Y todo ello a pesar de haber firmado un prolijo documento por el que ambas formaciones políticas, partiendo de su mutua desconfianza, quedan comprometidas a actuar de “buena fe” y con “lealtad”. 

Cabe preguntarse cómo actuará este gobierno bicéfalo a la hora de afrontar el problema territorial de España, la reforma de la Justicia, el reparto de los siempre codiciados medios de comunicación públicos o el cumplimiento de los criterios de estabilidad presupuestaria

Los primeros pasos son poco halagüeños. Cabe preguntarse cómo actuará este Gobierno bicéfalo a la hora de afrontar el problema territorial de España, la reforma de la Justicia, el reparto de los siempre codiciados medios de comunicación públicos o el cumplimiento de los criterios de estabilidad presupuestaria a pesar de tener un equipo económico en apariencia sólido. Quizá la argamasa del poder no sea lo suficientemente fuerte. Incluso los gobiernos monocolor viven disensiones internas que sólo la disciplina de partido es capaz de mantener unidos. 

También nos alertó el presidente sobre las intenciones de ERC, partido con el que ha pactado una mesa de diálogo bilateral que sitúa al gobierno de la nación y al autonómico catalán en el mismo plano y que podría sustanciar sus trabajos en una consulta “no vinculante” sobre la independencia que el secesionismo espera con fruición. Puede estar tentado Sánchez en dar largas a los trabajos de este foro, pero Oriol Junqueras querrá alguna materialización antes de dar el “sí” a los Presupuestos Generales del Estado, los mismos llamados a acabar con la “era Montoro”.

Sánchez, decía, no quería depender del apoyo parlamentario del independentismo pero tampoco se empeñó en otras opciones, porque tiró la toalla en cuanto recibió el primer “no” de Ciudadanos. En cambio, se empleó a fondo con los republicanos secesionistas -a los que importa “un comino” la gobernabilidad de España”- a pesar de la inicial negativa de ERC.

Pero se equivocará el centro-derecha y la ultraderecha si entra en el peligroso juego de la deslegitimación democrática del adversario, como hace Vox y, en 2016, hizo Podemos con Mariano Rajoy. La presidencia de Sánchez tiene la legitimidad que le ha dado el respaldo de 167 diputados, que han entrado ahí, no a caballo, sino sobre el voto ciudadano. El cuestionamiento de nuestras instituciones, desde la jefatura del Estado a órganos como la Junta Electoral Central -que según el propio Sánchez responde a “artimañas” partidarias- le hacen el juego al independentismo y dinamitan la base de nuestra legitimidad, la de todos. 

Ahora tiene Sánchez por delante una ambiciosa agenda social y una más complicada e improbable agenda económica y territorial para la que no ha cerrado apoyos. Necesita perentoriamente unos Presupuestos Generales del Estado para divorciarse de Cristóbal Montoro.