“Los imperios son siempre, hasta
que degeneran, grandes mecanismos de promoción social”


Con casi veinte ediciones alcanzadas, los más de 60.000 ejemplares vendidos de Imperiofobia y leyenda negra. Roma, Rusia, Estados Unidos y el Imperio español (Siruela) hacen de este libro un raro ejemplo editorial: se ha convertido en un superventas tratándose de una obra sobre Historia. La autora, que todavía se reconoce abrumada por el recibimiento de su libro, habló con Registradores de España.


Empezamos con la definición de imperio. Usted habla del imperio como forma de expansión incluyente a través del mestizaje cultural y de sangre que provoca estabilidad.

Efectivamente. Me parece fundamental en cualquier campo del saber, sobre todo en el de la Historia, que nos pongamos de acuerdo acerca de cómo utilizamos las palabras, porque si no se convierte todo en un diálogo de sordos. Se ve muy claro con un ejemplo: que usemos la misma palabra para llamar al Imperio Romano y al Imperio Napoleónico es una aberración. El Imperio Romano es el cimiento del mundo occidental, dura siglos y echa las bases de toda la civilización posterior, que ya supera al Imperio Romano y llega hasta nuestros días. Y lo de Napoleón es una aventura efímera que dura cinco minutos.

Esa estabilidad y ese mestizaje se dan en Roma, se dan en España e Hispanoamérica. Habla usted también de EEUU dentro de EEUU. EEUU se replica a sí mismo en cada estado que se va integrando. Y esa expansión imperial, que se diferencia del colonialismo inglés o francés, donde no hay mestizaje, donde no hay estabilidad, ¿provoca entonces envidias y enemigos?

Irremediablemente. Es algo inherente a la condición humana. El primero de la clase molesta mucho. Luego, políticamente, hay que entender que un poder hegemónico continental o intercontinental al afianzarse ha tenido que colisionar con poderes locales pequeños. Normalmente muy viejos y extraordinariamente anquilosados que se van a oponer a esa especie de barrido de fronteras, situación nueva y totum revolutum. ¿Cómo vas a ir contra él?

¿Con la leyenda negra?

Generando eso que de una manera generalizada he llamado imperiofobia. Es decir, esa facilidad que tiene el ser humano para apegarse o ser favorable a lo pequeño contra lo grande. Los imperios son siempre, mientras lo son, no en la etapa última, que ya se suelen anquilosar y van poco a poco degenerando, grandes mecanismos de promoción social. Es decir, son las capas no altas, si no medias o bajas de la sociedad las que aprovechan ese imperio.

Promoción social. Vamos con los más destacados enemigos e inventores de la leyenda negra: Italia, los príncipes alemanes, Lutero…

La leyenda negra es un proceso de consolidación propagandístico que empieza en Italia simplemente porque la expansión primera es aragonesa. En Italia ya se manifiesta de una manera clarísima, agarrándose a las cuatro cosas a las que siempre se agarra uno cuando no tiene otra cosa donde agarrarse. La primera es negar el mérito, que es lo que yo he llamado en el libro el imperio inconsciente. El tonto, siempre. En el imperio siempre son como tontos y brutos.

Como los americanos ahora.

Los romanos, también. Piensa que veintitantos siglos después hemos heredado aquella noción de que los griegos eran estupendos, finos, elegantes, cultísimos y los padres de todo tipo de pensamiento y el romano era una especie de cafre. Ahora, la ventaja era que hacía vía romana. Caramba. Y además el sextercio, y además limpió el mar y permitió el comercio. Fíjate si el prejuicio es profundo y está arraigado que es esa puesta en escena de los cuentos tan extraordinariamente fácil de entender: lo pequeño, bonito, lo grande feo. Piensa que en el 1400, en el Quattrocento italiano, los italianos están con el ego por las nubes. Están superando el feudalismo, desarrollando sistemas económicos muy modernos, que son los comienzos del capitalismo, que no está en el Norte, sino en el Sur. Son los más elegantes, su estilo de vida es imitado toda Europa, están desempolvando la cultura clásica, tienen un cuerpo de élite en esos humanistas que le están dando brillo al mundo griego y latino como nunca en la vida, exportando textos… En fin, ¿qué le voy a decir yo a nadie del Quattrocento italiano? Pero es políticamente muy débil. Italia está muy dividida, y como los griegos en su momento, no han sido capaces, ni con inteligencia, ni con belleza, ni con arte, ni con pintura, ni con literatura, de unificar políticamente el territorio. Eso es una tarea colosal cuando se hace y no solemos darnos cuenta de la enorme cantidad de energía que requiere. Entonces, el hecho de necesitar el paraguas de ese imperio español, insisto, paraguas muy protector, duele. El ego se siente muy resentido y entonces el italiano se alivia, sobre todo el humanista italiano. “Pues son unos bárbaros, pues son judíos, son marranos”. Esto está desde el año 23, que hace el trabajo Croce: es un sinónimo. La palabra marrano se populariza y empieza a ser un insulto de los españoles.

Luego sigue la expansión y el siguiente choque ya es de una envergadura realmente trascendente, porque ha dividido a Europa en dos y continúa. Es el de los príncipes alemanes contra ese emperador joven. La mitad del poder de Carlos V está fuera del Sacro Imperio. Él tiene unas ideas políticamente muy avanzadas e intenta sacar adelante esto. Tenemos a esos príncipes alemanes que están absolutamente anclados en el feudalismo. No están dispuestos para nada, ni a mejorar la administración, ni a integrarse en una unidad política mayor en la que haya que competir con otros por los puestos de cabeza, etc. Claro, en un momento determinado aparece Martín Lutero que se ofrece al Príncipe de Sajonia, que, no lo olvidemos, ya tiene 54 años, y es al que le ha disputado el cetro Carlos V. Le acaba de ganar por las escuadras un niñato de 18. No solamente es un niñato de 18 años, sino que encima es un Habsburgo. No es alemán. Y con el dinero de España, que es el que ha comprado la elección de Carlos. O sea, Maximiliano y Fernando son los abuelos que le han comprado a ese nieto el cetro. Dinero extranjero, encima de España, que son medio judíos, frente a un sajón, a un Federico de Sajonia. La limpieza de sangre que viene por ahí es tremenda.

“Martín Lutero ofrece una mercancía impagable que es la excusa perfecta para promover un conflicto que deje tocado por la base ese proyecto imperial de la Europa unida, que es el primero que Europa tiene desde Roma”

A Martín Lutero hay que sacarlo del problema religioso, que es donde empeñosamente el protestantismo ha intentado llevarlo. Si queremos saber cuál es su verdadera importancia y dimensión hay que sacarlo de ahí y llevarlo al terreno de la política. Martín Lutero ofrece una mercancía impagable que es la excusa perfecta para promover un conflicto que deje tocado por la base ese proyecto imperial de la Europa unida, que es el primero que Europa tiene desde Roma. O sea, el primero que realmente se plantea a nivel europeo y que tiene posibilidades de salir adelante. Pues vamos a la voladura de esto que nos cuestiona. Y esa es la realidad de Lutero. Simplemente.

Seguimos. Holanda e Inglaterra.

Continuamos con otro enorme enfrentamiento con unas oligarquías, casi prefeudales. Hasta que llega el Habsburgo, que crea eso que se llaman Países Bajos, una realidad a la que Carlos V le pone un nombre y le da una serie de instituciones en una Dieta, porque entiende que ese territorio tiene una serie de problemas comunes que se tienen que resolver. Había tres ciudades muy ricas pero el resto pasaba una dificultades extraordinarias para abastecerse de alimentos. La política de Carlos V con los nobles flamencos, y con otros muchos, también con Orange, fue colmarlos de honores y dejarlos cortos de dinero, con muy buen criterio. Las familias arruinadas, que eran todas, imitan los modos de vida italianos, que eran grandes comerciantes y ganaban dinero por un tubo, comerciaban con todo el mundo, habían desarrollados sistemas financieros muy modernos, construyen lo que les daba la gana y se vestían como les daba la gana, que para eso eran italianos. Pero tú coloca eso en una sociedad rural, perfectamente medieval, e intenta imitarlo, y te arruinas. Entonces tenemos a media Europa del Norte arruinada en sus clases nobles. ¿Cómo resolvemos eso? Pues la piedra filosofal. Llega Martín Lutero diciendo que se pueden confiscar los bienes de la Iglesia, porque la Iglesia es una institución putrefacta, etcétera, etcétera, y le ha resuelto el problema a todos los príncipes alemanes.

Vamos con los compañeros de viaje de dentro. Los que con buena, o menos buena fe, ayudan a la creación o la pervivencia de la leyenda negra. ¿Cuál es el papel de un gran pensador como Ortega y Gasset en esta cuestión?

Ortega y Gasset es el heredero de una generación que es la Generación del 98, a la que le toca un momento histórico dificilísimo, como es perder lo que habían sido los últimos territorios de ese Imperio. Las élites españolas desde el comienzo del siglo XIX habían decidido no hacerle caso a la situación. Por dos razones: una, porque no eran capaces de afrontarla, y la otra, porque han absorbido toda la hispanofobia francesa.

Ortega es mi gran maestro. Durante más de veinte años yo he tenido una discusión con él diaria. Me he leído todo lo que escribió. Y me ha enseñado a pensar. Si no hubiera discutido con él de determinadas cosas no hubiera escrito este libro. Creo que con respecto a su país, probablemente porque a veces lo que se ama demasiado no se puede analizar bien, estuvo bastante desacertado. En el intento, quizás desesperado, de sacar a España de aquel atolladero, no se dio cuenta de que el atolladero no era tan profundo como parecía y que Europa no era la solución perfecta, para nada. Es decir, hay que maquillar mucho la historia de Europa para convertir la historia de Europa en un referente moral.

Señala usted una cosa que me parece muy interesante, que es que más que analizar las razones de la destrucción del Imperio español, lo primero que habría que hacer es analizar la pervivencia del Imperio durante trescientos años.

“Ortega y Gasset, en el intento, quizás desesperado, de sacar a España de aquel atolladero, no se dio cuenta de que el atolladero no era tan profundo como parecía”

Absolutamente. Si se estudiaran los imperios como hay que estudiarlos y no atrapados en esa especie de complejo de imperiofobia. Además de que tiene un componente natural, luego tiene una parte que ya no es natural, que es el desarrollo que hace el siglo XIX, el pensamiento de la izquierda, a partir de la creación de la palabra imperialismo, con Lenin, etcétera, en el que ya hay un pensamiento histórico y político en firme contra el imperio. O sea, la posición teórica correcta es estar contra el imperio. Claro, contra lo que tú estás es contra el colonialismo. No había forma humana de defender el colonialismo, era una aberración y trajo como consecuencia horrores que todavía no se han terminado. Que uno moralmente se coloque contra el colonialismo tiene una cierta explicación. El colonialismo es metrópoli. Hasta 1812, ¿cómo empieza la Constitución? “Españoles de los dos Hemisferios”. Pagando a los representantes de Filipinas por esos barcos de dios para que vinieran a su Parlamento. Nunca jamás un sij con un turbante entró en el Parlamento inglés. Eso no es el Imperio español. El Imperio español fue otra cosa.

Le quería preguntar, desde su perspectiva laica, ¿cómo ve usted el papel de la Iglesia Católica en la historia de España?

Creo que la Iglesia católica ha tenido con España, en general tiene, una actitud con los pueblos católicos extraordinariamente irresponsable que ha ido a más. En el intento de recuperar a sus hijos pródigos ha desatendido a los que le han permitido seguir existiendo. La Iglesia católica no ha sentido nunca, ni siente, que tenga una deuda con España.

Además, con esas políticas que ellos llaman ecuménicas, han dado por bueno el asunto de la reconciliación, como si la reconciliación fuese algo que tuviese que ser buscado por la Iglesia católica. El que se fue es porque se quiso ir, y se fue insultándote, demostrándote que tú eras una pobredumbre moral de lo peor que había. En el momento en el que haces un funeral a Lutero en el Vaticano, y lo ha habido hasta en la Catedral de Málaga, das por bueno eso. Eso a mí me afecta. Y no soy católica. Porque en ese grupo, moralmente degradado, estoy yo.

En los últimos 50 años, España es uno de los países del mundo que más ha avanzado en todos los órdenes: progreso económico, social, libertad… En cambio, sigue habiendo, entre las clases intelectuales, una percepción negativa. ¿La leyenda negra vincula con esa visión pesimista?

Esto es una cosa para varias generaciones. No se quita de encima en cinco minutos. Ni en una generación ni en dos. Primero está esa visión absolutamente normalizada en la Europa Occidental, en la educación occidental. Hay que estudiar los libros de texto. No lo hacemos y hay que hacerlo. Hay que estudiar los libros de texto en inglés, en francés, en alemán… y en español, para ver las barbaridades que se leen ahí. Forman parte del paisaje y ni nos extraña. Mi libro de texto que he tenido este año, en el tema de la Ilustración, el párrafo primero era que España no había tenido Ilustración propiamente dicha, porque el atraso del país y la Inquisición lo habían impedido. Tú le metes a un españolito con dieciséis o diecisiete años eso en el coco e intenta que, con veinticinco, se desarme la cabeza para tener una percepción distinta de su país, cuando ha absorbido en edad previa a la reflexión profunda de un adulto que su país iba atrasado, que su país era un foco de barbarie en el siglo XVIII, de intolerancia, etcétera, etcétera.