La Fundación del Español Urgente (Fundeu), organismo vinculado a la Real Academia Española de la Lengua (RAE), ha elegido Arancel como palabra de 2025. Un término económico que se coló en el lenguaje más usual de los hispanohablantes durante el año por obra y gracia del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien nada más volver a la Casa Blanca anunció un aumento de las tarifas comerciales al resto del mundo en mayor o menor medida, dependiendo del grado de amistad o sumisión de cada país. Aunque luego haya sido más el ruido que las nueces, el desasosiego que generó en la población mundial fue de tal calibre que la palabra se instaló en las conversaciones habituales por delante de las otras 11 seleccionadas, entre las que también aparecía Trumpismo y en dura pugna con Apagón, vocablo que tuvo mucha repercusión en España por el fenómeno que se produjo el 28 de abril, pero ninguna en el resto de los países que comparten idioma y, además, durante menos tiempo.
El caso es que la política económica (la política, en general) de Trump marca la pauta mundial y determina las agendas del resto de Gobiernos, quizá con la excepción de China, que actúa de contrapeso. La consecuencia fue el establecimiento de negociaciones con el magnate americano, mientras este miraba el desarrollo de los conflictos en Ucrania y Gaza, se retorcía en el despacho oval por no haber recibido el Nobel de la Paz (al menos, recayó en su aliada venezolana María Corina Machado) o amenazaba a España con echarla de la OTAN.
España ha atravesado el ejercicio con unos resultados más que notables, que en el contexto europeo ha sido calificado como «el milagro español» frente a las dificultades generales
Y, con la mirilla enfocada hacia esa parte del mundo, España ha atravesado el ejercicio con unos resultados más que notables, que en el contexto europeo ha sido calificado como «el milagro español» frente a las dificultades generales. Los datos lo constatan. Quizá no haya mejor demostración para ello que los meses que tardó la oposición en interpelar al ministro de Economía, Carlos Cuerpo, en el Parlamento. A mitad de 2025, salía a una media de una intervención cada 35 días desde que asumió el cargo el 29 de diciembre de 2023, lo que resulta muy llamativo teniendo en cuenta la importancia que tiene la economía en el contexto nacional.
Este silencio, aprovechado por el propio ministro en su felicitación navideña, tiene una razón de peso para la derecha: no dar cuartos al pregonero cuando la economía va viento en popa. Cuerpo podría presumir (y lo hace donde y cuando tiene oportunidad) de que el PIB creció un 3,2% en 2024 y que en 2025 se va a acercar al 3%; que hay bases para empezar 2026 con un colchón inicial de crecimiento del 1,1% y repetir los buenos incrementos anteriores; que se ha creado medio millón de empleos, que los afiliados a la Seguridad Social han superado los 21,5 millones y los salarios suben por encima del 3%… Una buena senda para, asimismo, recortar el déficit del 2,5% al 2,1% del PIB, así como la deuda, que se aproximará al 100%, y que el paro disminuya, con una previsión del 9% en 2028, como hace 20 años, cuando estalló la gran crisis.
En efecto, tanto organismos internacionales como instituciones independientes españolas revisaron al alza sus proyecciones de crecimiento y las principales agencias de calificación crediticia (Standard & Poors, Moody’s y Fitch) elevaron la nota de España hasta la A y A+, es decir, en el primer escalón en el que están las grandes potencias del mundo y que invita a los inversores extranjeros a destinar sus dineros. Estos organismos destacaron que el modelo de crecimiento es equilibrado y que el mercado laboral muestra un gran dinamismo, impulsado por la inmigración y la reducción del empleo temporal.
La creación de empleo sigue en franca mejoría y el turismo continúa en marcadores récord. Todo esto reduce la dependencia del sector exterior. Ahora la demanda interna empieza a tener un papel clave, en parte por la bajada de tipos de interés y la fortaleza del mercado laboral. Ante esta bonanza, las empresas elevan la inversión en bienes de equipo y tecnología.
Pero, ante el reconocimiento de las fortalezas que suponen el mercado exterior, el turismo, la creciente inversión y la mejora de la productividad (la asignatura pendiente), hay algunas cosas que preocupan: la lentitud de la reducción de la deuda, el fracaso para aprobar los Presupuestos (abocado a prorrogarlos por tercer año consecutivo) y, ligado a ello, la debilidad parlamentaria de los partidos del Gobierno. Asimismo, no debe impedir ver que durante este año se ha acrecentado uno de los problemas más graves que tiene la economía española, la vivienda.
Ha sido también un año de movimientos empresariales, especialmente el energético y el financiero. En el primero, por el citado apagón, que supuso un revolcón en el sector, poniendo en evidencia la resistencia ante situaciones límite y resucitando el debate sobre la permanencia de la energía nuclear, cuya clausura definitiva está programada para 2035. En el sector financiero, el protagonismo lo tuvo la opa del BBVA sobre el Banco Sabadell y que, tras 17 meses de tensiones, se dilucidó en otoño con un estrepitoso fracaso. El largo proceso dejó la incógnita abierta sobre nuevos movimientos de integración en el sector bancario.
Miguel Ángel Noceda












