No hay mejor ejemplo de que las proyecciones económicas pueden terminar siendo un delirio que lo sucedido en diciembre de 2019. El Banco de España presentó ese mes sus nuevas previsiones para el año siguiente, como es habitual, y la apuesta era que continuaría la bonanza en 2020, aunque con una «desaceleración gradual». El Producto Interior Bruto crecería un 1,7% por debajo ya del 2% de años precedentes, pero aún notable. Y la inflación repuntaría a un manejable 1,2% y el déficit público bajaría al 2,1%. 

La realidad fue que el PIB y el déficit se hundieron más allá del 10% en el peor año desde de la posguerra y la inflación fue incluso negativa. Nada que reprochar a aquel Banco de España, porque ni siquiera su entonces ya respetado ‘chief economist’, promovido después al mismo cargo en el Banco Central Europeo, Óscar Arce, podía prever una sorpresa tan colosal y enmudecedora como la pandemia.

Con la esperanza de que no se repita un shock de esa magnitud en 2026, las proyecciones actuales del mismo servicio de estudios del Banco de España -dirigido actualmente por David López Salido- son en línea con las de aquel 2019, una cierta desaceleración, pero manteniendo apreciable nivel de bonanza y empleo al tiempo que se prevé un nuevo descenso de la deuda y el déficit aunque más por el crecimiento económico que por ajustes. 

El problema creciente es la inflación. El Banco de España ha revisado al alza sus previsiones y sitúa la subida de los precios otra vez por encima del 2% en 2026. Y, lo que es peor, la subyacente será del 2,4%, que es la calculada sin la volatilidad de los alimentos no elaborados y los productos energéticos. Esa tendencia no solo mina el poder adquisitivo de los ciudadanos, cuya renta real disponible se encuentra prácticamente congelada desde hace años por, entre otros motivos, la subida de presión fiscal, sino que empeora el diferencial con los principales socios comerciales del euro. La pérdida de competitividad mientras sigue estancada la productividad, pese a la supuesta transformación que iban a provocar los fondos europeos, son sombras muy oscuras. Las luces, en cambio, incluyen que el buen desempeño económico del segundo semestre del año impulsa el PIB más allá de lo previsto en 2026 y crecerá un 2,2%, por encima de las principales economías del euro y dejando cada vez más atrás el desastre de la pandemia, según el Banco de España. Éste no tiene en cuenta un posible efecto positivo adicional en el precio del crudo por la jugada de EEUU en Venezuela.

El organismo supervisor coincide, eso sí, con la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal, en que los gastos del Estado se acentúan al añadirse al capítulo de pensiones y defensa un acuerdo plurianual de subida salarial a los empleados públicos por encima del IPC. Eso llevará, según su pronóstico, a que en 2027 se confirmará un incumplimiento de las reglas europeas de gasto que forzará al Gobierno de turno entonces a tomar medidas de ajuste. 

El problema creciente es la inflación. El Banco de España ha revisado al alza sus previsiones y sitúa la subida de los precios otra vez por encima del 2% en 2026. Y, lo que es peor, la subyacente será del 2,4%, que es la calculada sin la volatilidad de los alimentos no elaborados y los productos energéticos

En ese año se habrá esfumado ya la inyección extra de los fondos europeos aprobados por la UE en el año de la pandemia y persistirá una inflación subyacente inquietante. 2026 puede ser, por tanto, un año de transición hacia escenarios peores que los de los últimos años que se verán con más claridad en 2027. 

Todo ello, con toda precaución, porque en un mundo tan incierto como el actual y con un presidente como Donald Trump al frente de la primera potencia económica mundial, cualquier previsión incluso a corto plazo es arriesgada como certifica su inicio del año con Nicolás Maduro. El propio Banco de España utiliza ahora el término «incertidumbre» 53 veces en sus últimas proyecciones, frente a las apenas cuatro menciones en aquel informe de 2019 previo a la pandemia. Por eso conviene estar lo mejor preparados posibles para una eventual crisis como evidencia este mal dato: el Gobierno estimó en enero de 2020 que iba a necesitar colocar en los mercados menos de 200.000 millones de deuda por primera vez desde 2011 y terminó con una emisión bruta de 277.000 millones en aquel año de Covid. ¿Y cuánto prevé colocar el Ministerio de Economía en 2026 pasada ya la pandemia y con alto crecimiento económico? 285.000 millones. Cifra peligrosamente creciente en un mundo incierto.

Carlos Segovia