En Múnich aún resuena el réquiem por el orden mundial. “Ya no existe”, aseveraba el canciller alemán; se desmorona, advertían otros. Un anhelo surge, en cambio, desde Asia: el advenimiento de una nueva era geopolítica.

Ciertamente, a la finalización de la Guerra Fría, la hegemonía estadounidense fue tal que dio paso a un mundo unipolar, cuyos destinos se regían desde Washington. Mucho dista aquella realidad de la competición estratégica y la polarización que hoy dominan la escena internacional. Las dinámicas de poder se siguen dirimiendo en este juego, nada menos, que por la supremacía global.

Hay quien profetiza una transición hacia un sistema multipolar, cuyo liderato recaería, por qué no, en un triunvirato entre Estados Unidos, Rusia y China. Otra apuesta nada desdeñable sería la de la división del mundo en esferas de influencia. Volveríamos a hablar de bloques, solo que, esta vez, la demarcación no obedecería tanto a consideraciones ideológicas, como a un pragmatismo que se antepondría a cualquier credo político.

Lo cierto es que Europa, más allá de especulaciones y presagios funestos para Occidente, bastante tiene con lidiar con el (des)orden mundial imperante. La lucha entre las grandes potencias ha regresado, por el momento, por medio de proxies. Las ansias expansionistas ya no se esconden, si bien unos siguen la otrora lógica imperialista de la imposición militar, y otros ven en la coerción económica una herramienta más sofisticada de conquista.

Ucrania, Israel e Irán protagonizan la actualidad informativa, mientras el Ártico aguarda la ocasión de convertirse en la última frontera. Los actores regionales ahora tienen aspiraciones globales. En África, las antiguas colonias diversifican sus alianzas, a medida que decae el prestigio de los países del Viejo Continente. Desde luego, abordar los motivos de incertidumbre global requeriría de un espacio muy superior al reservado para estas líneas.

En estos tiempos de disrupción y hegemonías quebradas, la Unión Europea se encomienda a su nuevo mantra predilecto: avanzar hacia la autonomía estratégica. Un propósito loable, sin duda, aunque obvie que no es lo mismo una Europa de la Defensa, que la defensa de Europa. Y esta última lleva demasiado tiempo externalizada.

Hay quien profetiza una transición hacia un sistema multipolar, cuyo liderato recaería, por qué no, en un triunvirato entre Estados Unidos, Rusia y China. Otra apuesta nada desdeñable sería la de la división del mundo en esferas de influencia

Es posible que la decisión de confiar la seguridad europea a Estados Unidos se probara acertada, y hasta conveniente, en algún punto, mas también ha perpetuado dependencias y ha traído consigo el declive de una defensa, que hasta los más optimistas califican de precaria.

Por si fuera poco, hace tiempo que Europa ha dejado de ser una prioridad estratégica para Estados Unidos. El tono se ha endurecido, sí, pero el viraje en su política exterior hacia Asia Pacífico y ese enfoque doméstico con visos nacionalistas ya resultaban palmarios en la era Obama.

El garante último del orden internacional pregona hoy abiertamente su hastío ante el desigual reparto de la carga y lo asimétrico de las contribuciones de los países miembros de la OTAN al sostenimiento económico de la Alianza.

Frustrado por una presunta falta de voluntad política a este lado del Atlántico, el presidente siembra dudas sobre la continuidad del apoyo estadounidense, a menudo con una retórica tan hiperbólica como histriónica. En palabras de un – véase – ex asesor de la Casa Blanca, “a Trump no hay que tomárselo al pie de la letra, pero sí hay que tomárselo en serio”.

La Unión se enfrenta, pues, a una difícil tesitura. Por una parte, podría optar por emprender la transición hacia esa autonomía estratégica, tan en boga. Capacidades, voluntad y medios habrán de alinearse si la empresa ha de tener éxito, con lo que el sempiterno fantasma del soberanismo nacional planea, una vez más, sobre los confines de Europa. La realidad es que aún queda, siquiera para lograr un grado de autosuficiencia aceptable.

Una segunda postura, a la que gráficamente se ha dado en llamar “vasallaje transatlántico”, rehuiría la confrontación, aun a costa de soportar la presión arancelaria y de realizar concesiones varias. Uno no puede evitar preguntarse si esta estrategia constituye una muestra de hábil diplomacia o, más bien, de servilismo. Quo vadis, Europa?

Llegó entonces Groenlandia, y la Unión evocó al fin el recuerdo del artículo 42.7. Y, poco después, Irán, y esta vez fue Estados Unidos quien descubrió que, después de todo, aún necesita a Europa.

En Bruselas reina el desconcierto, ¿es Estados Unidos un socio fiable? ¿Una amenaza? ¿Un aliado necesario? Los parámetros de la relación transatlántica están en plena redefinición; acaso sea el momento de poner a prueba su flexibilidad.

Con frecuencia, las crisis se abordan en términos de supervivencia; quizá sea hora de que la irrelevancia se considere un factor igualmente crítico.

Ana Gómez Adeva