Empezamos un nuevo año, y parece un momento adecuado para pensar sobre el que murió y el que ahora nace. Todos lo hacemos, consciente o inconscientemente, y es una costumbre que debemos fomentar. Mejorar nuestra vida, nuestra relación con los demás, nuestras capacidades, exige saber qué hacemos mal y proponernos una rectificación suficiente.
Todos los analistas coinciden en señalar la incertidumbre como la característica fundamental de nuestro tiempo. La época de un mundo dividido en dos partes, con un liderazgo natural en cada lado, terminó con los Estados Unidos como única potencia relevante. Enseguida, el equilibrio mundial se hizo mucho más complejo. La presidencia de Biden supuso un paréntesis inactivo, pero el retorno de Trump nos llena de dudas. Es imposible estar al día de la imposición de aranceles, no sabemos el verdadero propósito de los americanos en Ucrania o Venezuela, las señales que se emiten en relación con China son confusas, cuando no contradictorias. Sabemos que China quiere sustituir el liderazgo de Rusia, pero en el otro lado del mundo. El país se ha especializado, y se ha convertido en la fábrica del mundo. Empezó siendo el proveedor de todo lo barato, para terminar rivalizando con los alemanes en el sector de los automóviles.
¿Y qué decir de España? Un gobierno sin respaldo parlamentario. Una oposición sin posibilidad de sustituirlo sin elecciones. Constantes revelaciones sobre asuntos de corrupción. Puesta en duda constante del modelo institucional que tan bien ha funcionado durante 40 años. Y ningún modelo de lo que queremos ser como país
Los europeos decidimos suicidarnos abriendo las fronteras indiscriminadamente, y abrazando la secta verde, lo que sólo podía llevar a un empobrecimiento generalizado que se está volviendo contra sus promotores. Todas las capitales europeas comparten el diagnóstico: unas políticas profundamente equivocadas acompañadas de una burocracia disfuncional muy alejada de la realidad. Una obsesión enfermiza por construir Europa evocando una imagen mítica de una realidad más cultural que política. Una incapacidad de tomar decisiones que se impongan al establishment ideológico para mejorar la vida de los ciudadanos.
Todo ello nos lleva a la imposibilidad radical de saber cómo va a evolucionar el mundo, qué fuerzas tienen las mayores probabilidades de éxito, qué valores triunfarán en un entorno confuso. Estamos en el comienzo de otro salto tecnológico cuántico que va a cambiarlo todo. Mientras Elon Musk ha construido de la nada una empresa que ya está planeando llegar a Marte, la Inteligencia Artificial lo está cambiando todo, y no sabemos si será para bien o para mal.
¿Y qué decir de España? Un gobierno sin respaldo parlamentario. Una oposición sin posibilidad de sustituirlo sin elecciones. Constantes revelaciones sobre asuntos de corrupción. Puesta en duda constante del modelo institucional que tan bien ha funcionado durante 40 años. Y ningún modelo de lo que queremos ser como país.
Necesitamos pensar en el futuro, diseñar un modelo de prosperidad. Olvidarnos de lo irrelevante y de lo estéril, y concentrarnos en lo que sea útil para nuestro futuro. No soy optimista, pero me queda la esperanza de que ocurra. !Feliz 2026 esperanzador!












